Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 05:58 pm
Nunca hemos cultivado el pesimismo y mucho menos posturas
apocalípticas. Eso no quiere decir que no cultivemos la sana crítica y en
simultáneo tengamos un optimismo moderado. Y esto lo traemos a colación
precisamente por la complejidad que registra nuestro país antes y después del 3
de enero de 2026.
Si alguna palabra o término describe a Venezuela es
“complejidad” para no meternos con el tablero mundial que igual luce muy
“complejo”. Y el planteamiento original que deseo compartir con los apreciados
lectores está vinculado a la obligatoria parada y reflexión de hacer una
retrospectiva de lo registrado en nuestra Venezuela en estas últimas
décadas.
El catálogo de situaciones regresivas y degradantes a la
condición humana definen el grado de retroceso, atraso y penurias a las cuales
han sido sometidos los venezolanos, las familias y la propia sociedad
venezolana segmentada y partida como consecuencia de la diáspora y éxodo (sólo
comparable a Siria).
De manera que si algo debe ser nítido para “todos” los
venezolanos es la claridad que debemos tener al juzgar, valorar o catalogar lo
registrado, y, por ende, cuán difícil ha sido y será recuperar lo perdido.
Nuestros vecinos han registrado problemas diversos, narcotráfico, terrorismo,
dictaduras, turbulencias, golpes de Estado, avances y retrocesos en sus
democracias, pero a los niveles de retroceso de Venezuela, y para no dejar
ideas guindando, Bolivia, Perú, Ecuador en los finales del siglo XX e inicios del
XXI registraron asonadas, golpes de Estado, vacíos de poder, revueltas
populares y demás, y sin embargo, el retorno a la democracia fue relativamente
sencillo en sus procesos de transición democrática. Ni hablar del Cono Sur en
los años ochenta en los procesos de transición de Brasil, Argentina, Paraguay o
Chile.
El caso venezolano es distinto, es diferente, es peliagudo
por el propio nivel de deterioro y complejidad al que llegamos. Y por ende las
condiciones propias de nuestros actores, partidos, clase políticas, tejido
institucional, precariedad jurídica, ausencia total de autonomía e
independencia de los poderes públicos, militarismo y pretorianismo, secuestro
de las elecciones y de la soberanía popular, poderes ocultos, carteles y
mafias, una clase política inmunda, impúdica, desvertebrada, profundamente irresponsable
e ignorante tanto en el gobierno como en la oposición (salvo algunas
excepciones) son las variables que pueden explicar a la Venezuela actual y por
ende lo complejo en la tarea de recuperación democrática.
Y para reiterar y recalcar la “complejidad” que registramos
(siendo críticos mas no pesimistas o apocalípticos) se suma el tutelaje
norteamericano en nuestra realidad actual. Venezuela terminó siendo un país de
paradojas, ríos por doquier y falla el agua en parte del territorio, la mayor
reserva de petróleo del mundo y aparte de tener una gasolina costosa con
relación al ingreso promedio del venezolano, por no hablar de los periodos de
escasez donde se gastan noches y madrugadas en colas para surtir combustible.
Con el gas no es muy distinto, en el Zulia se queman los mechurrios y a medio
país le toca parir por una bombona de gas.
Y las paradojas no quedan ahí. No podemos olvidar que fuimos
un referente de estabilidad democrática en la segunda mitad del siglo XX
latinoamericano y hoy adolecemos de la misma, fuimos modelo y promotor en la
región de los grandes acuerdos y tratados de derechos humanos y en estas
décadas se han vulnerado como nunca antes, y en términos de economía, petróleo
e integración fuimos, en parte por nuestra ubicación geopolítica y recursos,
los mayores promotores de tratados, esquemas y acuerdos de integración regional
y subregional (ALAC, Aladi, Pacto Andino, Caricom, etc.) y hoy estamos aislados
y desconectados del progreso, industrialización y tecnología.
Con estos previos sí corresponde intentar ahondar y analizar
la Venezuela 2026. Recientemente estuvo en la ciudad de Mérida, asiento
permanente e indivisible de la Universidad de los Andes, el profesor
universitario, analista y colega politólogo John Magdaleno, como orador de
orden en el Aula Magna con motivo de la celebración de los 241 años del origen
y fundación de nuestra Alma Mater, la Universidad de los Andes. Conmemoración
académica que reunió no sólo a las autoridades universitarias, profesor Mario Bonucci
Rosinni; decanos, directores y coordinadores de dependencias centrales; al
arzobispo de Mérida, monseñor Helizandro Terán Bermúdez; el ciudadano
gobernador del estado Mérida, Arnaldo Sánchez; el ciudadano alcalde de Mérida,
Nelson Álvarez; diputados a la Asamblea Nacional y diversas personalidades del
estado y universidad.
La intervención del profesor Magdaleno sin dudas fue sesuda, densa,
reflexiva, en un tono crítico y reflexivo, como corresponde a una persona
formada y cultivada. Más allá de su vinculación afectiva, intelectual y
profesional a Mérida, a nuestra Escuela de Ciencias Políticas – Facultad de
Ciencias Jurídicas y Políticas, hizo un recuento por demás significativo y
argumentativo de los procesos de transición, fenómenos y episodios que nuestro
dilecto amigo ha venido estudiando en estos años, a tal punto de ser catalogado
en el gremio profesional de transitólogo.
Su disertación y radiografía dejó claro que, si bien puede haber los
intentos o atisbos de un proceso de transición, la realidad deja claro que los
indicadores que se registran son tenues en términos de categóricas decisiones
en la procura de iniciar formalmente una “transición democrática”, precisamente
dadas las carencias de condiciones reales y objetivas. Ciertamente las
transiciones requieren un conjunto de condiciones, ambientes y variables que
presionen realmente a la modificación – alteración del tablero político, de los
centros de gravedad del poder, establecimientos de ciertas garantías y
reducción de los costos de salida, a lo cual se suma una variable no menos
importante el tutelaje norteamericano.
Es importante destacar que para hablar categóricamente de un proceso de
transición hacia la democracia se requieren unas condiciones sine qua non,
entre ellas, el fin de la represión a la disidencia, la liberación de todos los
presos políticos, la restitución de la plena libertad de opinión y expresión,
legalizar nuevamente a los partidos políticos, la recomposición de los poderes
públicos, aunado a la recuperación urgente de condiciones dignas de la
población en términos de salarios, poder adquisitivo, servicios públicos entre
otros aspectos que eviten cualquier tipo de ruptura o disolución
institucional.
Si bien en la Venezuela post 3E, con la intervención de Estados Unidos,
se intenta un proceso de estabilización con una cartilla básica por parte de la
administración Trump; se requieren un conjunto de garantías fundamentales en la
búsqueda de una liberalización y posterior democratización como pasos y etapas
previas a un claro proceso de transición democrática.
Giovanni Sartori, Leonardo Morlino, Guillermo O´Donnell, Philippe
Schimitter han sido citados ampliamente por John Magdaleno en sus estudios de
transición y en su intervención en el Aula magna de la Universidad de los
Andes, el pasado 26 de marzo de 2026, dejó claro que sin la restitución de
ciertas libertades civiles esenciales y fundamentales como libertad de
pensamiento, libertad de prensa, libertad de reunión y libertad de asociación,
sin el ejercicio y disfrute de estas libertades plenas, es cuesta arriba un
proceso de cambio y por ende de enrumbar una transición democrática.
No tengo dudas de que la Venezuela post 3E tiene nuevas condiciones y
variables, o mejor dicho, condiciones positivas y medioambientales para un
proceso de transformación y cambio político, en sus actores, estructuras y
decisiones, pero se requiere de un gran esfuerzo de prudencia, tolerancia, a la
vez firmeza y decisión hacia donde gravitar, hacia donde ir, por parte de los
actores, tanto internos como externos que inciden en la gobernabilidad, y
especialmente, en el intento de estabilización macroeconómica, política,
diplomática y demás del liderazgo político y reglas de juego, en términos de
madurez y claridad hacia donde transitar un proceso que hemos catalogado de
complejo mas no imposible.
Soy de la opinión que la experiencia venezolana no puede pasar inadvertida, y, sobre todo, insistir en la necesidad de dejar un aprendizaje de cómo por acciones deliberadas y a la vez indiferencia se va destruyendo una democracia. Una democracia con imperfecciones, pero que fue modelo en nuestra región. Por lo pronto, nos corresponde mirar con mucho detenimiento la evolución de la realidad y dinámica actual en Venezuela en lo que será este complejo 2026. Amanecerá y veremos.