De la insustancialidad por Ricardo Gil Otaiza
La existencia precede a la esencia, y, en su
absurdo, cada vida se enfrenta a su propia nada.
Jean-Paul Sartre
Nadie sabe cuándo, por karma, sincrodestino, casualidad, causalidad, o por mero cruce de caminos, se topa con algo que cambia para siempre su vida y marca un antes y un después en su ser, y a partir de entonces ya nada será igual, porque su visión del mundo tiene así una nueva lente a través de la cual percibe aquello que nunca había intuido ni sospechado, y es aquí, en este punto de inflexión, de quiebre o de ruptura con el pasado (y el presente, sin duda alguna), cuando se abre ante sus ojos una noción distinta a la que siempre tuvo de su existencia, de sus circunstancias y referentes, y nace así otro derrotero: una manera de sentir y de relacionarse distintas; de estar aquí y en el ahora, o de no estar.
Y esto fue lo que le pasó a Ignacio (y que luego les contaré): docto profesor de filosofía de la Universidad de Londres, a cuya cátedra había accedido por méritos propios, al ser inmigrante hispanoamericano en un entorno duro, por demás exigente hasta lo inhumano, y él se había blindado contra todo, incluso contra sus propias dudas e inseguridades existenciales, que muchas veces habían resquebrajado su fortaleza interior, hasta llegar al punto de plantearse el retorno a Lima, su ciudad de origen, para así engrosar la no tan corta lista de universitarios desempleados, aprovechados por los explotadores de talento (que buscan manos hacedoras y cabezas pensantes), que sacan de ellos hasta el último efluvio de su saber y de su experiencia, a cambio de poco, o de casi nada: breves estancias pagadas con salarios de miseria, adjuntos a renombrados personajes que no les llegan ni por los talones en su formación y producción intelectual, pero que en su juventud aprovecharon la bonanza de tiempos mejores, para atornillarse a cargos relevantes, que no podrían ostentar jamás en una universidad del primer mundo.
Como profesor de filosofía, Ignacio se adentraba casi a diario en los predios de autores como Platón, Jean-Paul Sartre, Voltaire, Albert Camus, Friedrich Nietzsche, Denis Diderot, Jean-Jacques Rousseau, S. Kierkegaard, Miguel de Unamuno, Simone de Beauvoir, Iris Murdoch, Gabriel Marcel, Ayn Rand, George Santana, José Ortega y Gasset, Umberto Eco y María Zambrano, pero su interés en ellos era también literario: le fascinaba la fusión del pensamiento duro con la ficción, y llegado a este punto posaba su mirada en el escuálido anaquel en donde reposaban sus libros, y sin pensarlo tomaba las Obras Completas de Jorge Luis Borges quien, sin ser filósofo, propiamente dicho, impregnó toda su obra con temas esenciales de la metafísica y de otras ramas del saber filosófico.
Nuestro personaje gustaba también de Fiódor Dostoyevski, Franz Kafka, Herman Hesse, Samuel Beckett, Ítalo Calvino, Milan Kundera, Fernando Pessoa, Virginia Woolf, y Octavio Paz.
Volviendo a Borges, Ignacio disfrutaba sobre todo de sus cuentos y ensayos, por esa fascinación propia de quien ama el arte, pero que se cree incapaz de alcanzar una tímida cima en la escritura, y en el duermevela, a eso de las once de la noche, leyó algo de pasada en uno de sus ensayos, específicamente en el celebrado texto Nueva refutación del tiempo, del libro Otras inquisiciones, que le borró el sueño: “Hablar de la existencia absoluta de cosas inanimadas, sin relación al hecho de si las perciben o no, es para mí insensato (refiriéndose al idealismo de George Berkeley). Su ese est percipii; no es posible que existan fuera de las mentes que las perciben.” Si para Berkeley y para Borges, Ser es ser percibido, su deducción lógica fue que no solo era aplicable a lo inanimado, sino a los seres vivos también, y esto lo perturbó hasta el insomnio.
Lógicamente, esta expresión latina abrió en la mente de Ignacio un boquete de duda filosófica, que asoció de inmediato con otra frase manida y hartamente conocida por el vulgo, de René Descartes: Cogito, ergo sum; Pienso, luego existo. Por lo tanto, si pienso, se dijo Ignacio en su reflexión, es porque existo, pero bajo la lupa berkeliana ampliada a mi manera (como debe ser; y aquí se justificó): si no soy percibido, aunque piense, no soy, por lo tanto, no existo. De inmediato, se preguntó alarmado: ¿los otros me perciben?, ¿o soy tan solo una entelequia? En este punto reflexivo cayó en pánico, porque siempre había sido un hombre solitario, sin mujer y sin amigos, encerrado en su burbuja filosófica que pretendía protegerlo del exterior, y ahora era ella la que explotaba ante sus ojos espantados y perplejos.
Sin pretenderlo, entró Ignacio en la noción de su escasa visibilidad social, de su ser afantasmado y etéreo, de su paso por la vida sin hacerse notar y sin ser percibido en ningún contexto, salvo en los reducidos grupos de sus alumnos de la cátedra universitaria, que al finalizar los seminarios filosóficos se perdían en la nada de los pasillos universitarios, así como en las frías calles de la gran urbe inglesa, en las que era un perfecto desconocido, en las que no tertuliaba ni tenía con quién hacerlo, en las que a nadie saludaba ni reconocía.
Entonces, si Ser es ser percibido, como afirmaba el lejano obispo Berkeley, él no existía, su paso era innecesario y perfectamente anodino. Él era, por lo tanto, insignificante e insustancial, y su vida, que hasta entonces apreciaba como un tesoro, sencillamente no tenía el valor que le otorgaba si los otros no la percibían así, por lo que al día siguiente presentó su renuncia a la cátedra, en la que llevaba cinco años, hizo las maletas, entregó el pequeño piso en el que habitaba, compró un ticket de tren, y se perdió en la masa informe e imperceptible, de los que, como él, no tenían ni rostro ni identidad propios.
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