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Por Jesús Rondón Nucete

Se desvanece el espejismo por Jesús Rondón Nucete



Se desvanece el espejismo por Jesús Rondón Nucete

Casi de improviso se tuvo una visión. Venezuela volvía a la democracia. Pareció que terminaba la dictadura de un partido (instrumento de un grupo de ambiciosos), apoyado por los cuadros altos de la fuerza armada, y que por la acción de una potencia exterior se ponía fin a un sistema fundado en la usurpación del poder para la apropiación de las riquezas en beneficio de unos pocos. ¡Ilusión de un día! A poco se observó a la cabeza del nuevo orden a protagonistas de las décadas anteriores: extrañamente habían pactado con el enemigo (que reivindica su hegemonía en el hemisferio).

Algunos noctámbulos que en la madrugada del 3 de enero pasado miraban el cielo de Caracas observaron (2:01 a. m.) varios helicópteros que llegados del norte volaban hacia el suroeste. Entretanto, se escuchaban explosiones. Cuarenta minutos después los vieron de retorno alejarse sin que nada los siguiera. Casi de inmediato, Donald Trump anunciaba que Nicolás Maduro y su esposa habían sido “extraídos” de un búnker en Fuerte Tiuna (Caracas) y eran llevados a New York donde serían juzgados. Mientras oficiales venezolanos afirmaban no tener contacto (¡!) con su comandante en jefe (cuya ubicación desconocían), funcionarios norteamericanos precisaban que la operación de sus fuerzas armadas se había concluido sin ninguna pérdida (de hombres o aparatos). Más tarde se reveló que 53 militares (32 cubanos) habían muerto en defensa del “usurpador”: estos formaban el primer círculo de su anillo de seguridad. Confiaba más en los soldados de la isla que en los de sus cuarteles.

Los más viejos entre aquellos trasnochadores recordaron un hecho ocurrido 68 años antes, también una madrugada, la del 23 de enero. Entonces, un avión muy conocido –lo llamaban la vaca sagrada– sobrevoló el cielo de Caracas en dirección este-oeste hasta desaparecer por Catia rumbo al Caribe. Pero luego el pueblo, que los días anteriores había apoyado el llamado a huelga general formulado por una Junta Patriótica, integrada por los partidos políticos ilegalizados, se lanzó a las calles, como pocas veces, para concluir la tarea iniciada meses antes: conquistar la democracia. Aquella movilización popular impidió que pudiera consolidarse la intención inicial de sustituir la dictadura por un régimen tutelado por las fuerzas armadas. El mismo día se constituyó una Junta (con poderes constituyentes) que incluyó civiles y al poco tiempo se convocó a elecciones para escoger a los titulares de los poderes del Estado. Comenzaba el mejor tiempo de nuestra historia.

Para algunos la situación actual parece la de los meses siguientes a la muerte del general Juan Vicente Gómez (diciembre 1935-febrero 1936). Entonces muchos pensaban que se demoraban, sin justificación, los cambios necesarios. Ciertamente se habían restablecido las garantías, liberado a los presos políticos y permitido el regreso de los exiliados. Pero Eleazar López Contreras mantenía en el gobierno a hombres del “benemérito” que intentaban frenar la democratización y, especialmente, limitar las libertades ciudadanas. El 14 de febrero de 1936 estalló la ira popular. Una enorme manifestación (¿20.000 personas?), encabezada por estudiantes, exigió el fin del gomecismo. Aunque fue reprimida a tiros (hubo muertos y heridos) logró parcialmente su propósito. Se elaboró (por gente competente) un programa de acción (llamado “de febrero”) y se designó en los altos cargos a venezolanos muy capaces (algunos antigomecistas). Se aceleraron tanto las reformas como nuevas iniciativas para encaminar al país hacia la modernización.

Fue la primera vez en nuestra historia que el pueblo llano –y no solo sus clases propietarias o ilustradas– participó (en papel distinto al de soldado de algún caudillo afortunado) en la orientación del destino nacional. Individualmente o como miembro de las nuevas agrupaciones (partidos, gremios, sindicatos, federaciones estudiantiles) su actuación fue decisiva. En adelante esa participación determinó el éxito de los proyectos políticos: durante el tiempo de vigencia de la democracia nutrió a las organizaciones partidistas y concurrió al triunfo de algunas de ellas y cuando aquellas olvidaron su razón de ser, sustentó el liderazgo de un caudillo populista. Después batalló sin contar con dirección acertada contra el intento de instalar una dictadura grupal en beneficio de pocos, hasta que la dirigente de un pequeño movimiento asumió la tarea de rescatar los objetivos históricos: procurar la justicia en libertad. Se convirtió así en expresión –no en depositaria– de la voluntad popular.

La democracia es pueblo. Y el pueblo –desde que se entiende por tal el conjunto de los ciudadanos– se encuentra en la calle. No es otro el espacio donde pueden socializar. Por eso, la elección popular se prepara en vías y plazas públicas y allí se ratifica, al conocerse el resultado. Todos los grandes acontecimientos se originan y desarrollan en la calle (ágora o foro moderno), no en espacios cerrados, propicios al secreto, a espaldas de la gente. Ese es el mensaje que tradujo Eugéne Delacroix en su mítico La libertad guiando al pueblo: es este quien logra con su esfuerzo el efecto final. No ocurrió así en Venezuela en enero pasado. No se conocen ni las circunstancias ni los compromisos que llevaron al traspaso del mando y al inicio de una “transición” (¿?), cuya hoja de ruta apenas comienza a esbozarse tres meses después. ¿Qué se quiere ocultar?

Ocurrió un hecho insólito el 28 de julio de 2024. Los ganadores –todos conocían los resultados transmitidos por internet– no proclamaron su triunfo en las calles ni lo celebraron en sus locales de campaña. En actitud cívica se mantuvieron en sus casas en espera del reconocimiento del hecho por el organismo electoral (de mayoría oficialista). ¡Craso error! Quienes estaban en el poder no aceptaron la derrota. Anunciaron un resultado diferente al que arrojaban las actas y lo hicieron validar por el Tribunal Supremo. La fuerza armada procedió a “hacer respetar” aquel anuncio “oficial e irreversible”, aunque conocían las cifras verdaderas, porque custodiaban las actas originales. Con alevosía, soldados y policías asesinaron a 28 personas y detuvieron varios miles (muchos adolescentes) que protestaban contra el fraude. El mundo escuchó la denuncia: incluso algunos de sus antiguos aliados rechazaron las acciones del usurpador y sus cómplices y se negaron a otorgarle reconocimiento.

El pasado 3 de enero el pueblo no salió a las calles a celebrar la extracción de Nicolás Maduro, aun cuando la inmensa mayoría (92,2%), según muestran los sondeos, apoyó la medida ejecutada por fuerzas de Estados Unidos. Los adversarios del usurpador no llamaron a manifestaciones públicas ni exigieron la instalación de un nuevo gobierno presidido por quien había sido electo con tal fin en 2024. Aparentemente se quiso evitar una nueva ola represiva. ¿Podía hacerlo la fuerza armada sumida en la mayor vergüenza de su historia? Cabe preguntarse: ¿tenían sus comandos algún plan en tal sentido? En todo caso, se confió el poder a los colaboradores inmediatos del apresado. Se ha dicho que para mantener la estabilidad y evitar el caos. Acaso haya otra explicación: un gobierno democrático –orientado por María Corina Machado– no concedería a Estados Unidos las ventajas (en materia petrolera) que garantizaba el clan de los hermanos Rodríguez.

Se comprende ahora que la extracción no se produjo para resolver un problema del pueblo venezolano. Más bien para fortalecer la hegemonía regional, muy debilitada, de la potencia del Norte. En efecto, Estados Unidos asumió el control (como anhelaba) de la explotación petrolera del país con las mayores reservas del mundo. Así, además, hizo difícil la situación de Cuba, principal agente de sus rivales (Rusia y China) en el hemisferio. Pero, si bien Venezuela no es “el cuero seco que cuando se le pisa de un lado se levante del otro” (en la expresión atribuida a Guzmán Blanco) sino una sociedad moderna, expresa constantemente y con fuerza su aspiración a vivir en libertad en un sistema democrático. Esa no es una tarea para extraños, sino de los ciudadanos, y no puede realizarse sino con su presencia activa en las luchas políticas en todos los espacios y, especialmente, en la calle.

Pasados tres meses de la extracción de Nicolás Maduro, pocas cosas positivas, en el orden interno, han ocurrido en Venezuela. Apenas si la liberación de casi la mitad de los presos políticos. Pero continúa al mando –ilegalidad, corrupción, ineficiencia– el mismo grupo que el pueblo rechazó reiteradamente con votos y protestas desde, al menos, 2012. Mientras, todavía los venezolanos no pueden ejercer sus derechos y la mayoría de los emigrados sigue en el exterior. En el país se mantienen las mismas condiciones de vida para altísimo porcentaje de la población, con salarios de miseria y sin acceso a los servicios públicos indispensables.

X: @JesusRondonN