Mérida, Abril Miércoles 29, 2026, 07:34 am
La primera forma de justicia es la conciencia. —
Victor Hugo, Los miserables
La palabra miserable posee dos acepciones contrapuestas. Partiendo de su raíz original, miserabilis —«aquel que puede ser compadecido» o «digno de lástima»—, el término transmutó hacia el matiz despectivo que impera en la actualidad: «ruin, vil o avaro».
Esta dualidad semántica se despliega magistralmente en la novela Los miserables de Victor Hugo. La mayoría de sus protagonistas —Jean Valjean, Fantine, Cosette, Marius Pontmercy, Éponine, Gavroche o Enjolras— son "miserables" debido a la penuria material o al profundo sufrimiento que padecen. Sin embargo, a medida que sus historias avanzan, la piedad del lector se transforma en admiración. En medio de su desdicha, demuestran una elevación de espíritu tal que, por contraste, nos hace sentir un tanto miserables a nosotros.
No obstante, estos héroes que dignifican el término encuentran su contraparte moral en los Thénardier. A lo largo de la obra, el autor expone sus bajezas: se aprovechan de Fantine, una joven costurera huérfana que, acorralada por la pobreza, se ve obligada a confiarles el cuidado de su hija, Cosette. El matrimonio utiliza a la niña para extorsionar a la madre, simulando enfermedades y necesidades ficticias. Mientras reciben los pagos, reducen a Cosette a la servidumbre, maltratándola con crueldad mientras prodigan mimos a sus propias hijas. Años después, fingen amor por la pequeña para obtener dinero de Jean Valjean cuando este acude a rescatarla y, tiempo más tarde, lideran una banda criminal con el fin de secuestrar al protagonista. Incluso durante la insurrección de junio de 1832, monsieur Thénardier aparece en las barricadas no por convicción política, sino para saquear los cadáveres. Al final del relato, huye a América —dejando a su esposa en prisión— para dedicarse a la trata de esclavos.
Para los Thénardier, tanto los de la ficción como los de la realidad, las personas carecen de valor intrínseco; son solo instrumentos para su beneficio personal. Emplean la apariencia de virtud, la victimización o la religión según su conveniencia. Como bien sentenció Victor Hugo: «Hay hombres que son hienas; los Thénardier eran de esa especie».
Hoy, las hienas gobiernan el mundo. Imponen su hegemonía económica, militar y mediática mediante el aislamiento comercial, el chantaje, la devastación y la violencia masificada. Estos Thénardier contemporáneos son de la misma calaña que los de la novela, pero infinitamente más letales debido a su ingente poder destructivo y a la impunidad que este les otorga.
En la ficción, las leyes e instituciones intentaban, al menos, contenerlos: uno terminó en la cárcel y el otro huyó. En cambio, los canallas del mundo real no conocen freno. Se jactan de su poder, se pasean libremente por todos los escenarios internacionales e incluso se ufanan de sus matanzas. A su alrededor gravita otra clase de miserables: aquellos que se muestran obsequiosos con el poderoso, pero implacables con el menesteroso.
Existe otra diferencia fundamental: los Thénardier de Victor Hugo eran un producto nefasto de la miseria en la que vivían; sus privaciones no diferían de las de sus víctimas. Ellos tenían, al menos, el pretexto de su dura circunstancia. No ocurre así con los tiranos actuales: estos lo tienen todo, pero su codicia no conoce límites.
Para esta casta de poderosos y su imperio de sangre, sólo cabe la sentencia que Marius lanzó a Thénardier: «Habéis cometido todos los crímenes que he enumerado... ¡Salid de aquí, miserable!». Como ha señalado el Papa León XIV, el mundo está siendo destruido por unos pocos tiranos, mientras se sostiene gracias a la inmensidad de hermanos solidarios. En sus palabras se sintetiza la pugna eterna entre los dos tipos de miserables: la nobleza de Jean Valjean contra la ruindad de los Thénardier