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Por Ricardo Gil Otaiza

Mi biografía son mis libros por Ricardo Gil Otaiza



Mi biografía son mis libros por Ricardo Gil Otaiza

Emigrar no es nada fácil, sobre todo cuando se tiene cierta edad a cuestas, y en lo que a mí respecta, fue una decisión postergada por mucho tiempo, ralentizada por la efímera esperanza de un quiebre (que no llegaba y se hacía ilusorio y utópico), y en un abrir y cerrar de ojos pasaron los años, y allí estaba yo: solo en casa, sostenido del silencio y la esperanza, con mis perritos como única compañía, sentado frente a la pantalla de mi laptop escribiendo mis columnas y mis obras, o en mi sillón favorito releyendo mis amados libros: forjados en mi propia prehistoria desde la pérfida pasión lectora, que me hunde en el solipsismo, pero que a la vez me sostiene en el abismo.

El atardecer era una tortura, porque los espacios se teñían de claroscuros que no eran disipados por la luz eléctrica, debido a los permanentes apagones, que se eternizaban durante largas horas (a veces días) hasta que, cabeceando de sueño en mi sillón, me levantaba atontado y les preparaba la camita a los perritos, y luego subía quejumbroso a mi habitación con un libro en la mano que no podría leer, a tientas o con la ayuda de la lámpara del móvil, farfullando insultos a la nada, maldiciendo la suerte de un país secuestrado por hampones y la mía también, luego del ejercicio de una larga y exitosa carrera académica, con todo y sus enormes afanes, y que de ello solo quedara el olvido.

Me sostenían, mi familia a distancia, los animalitos, mis amigos, la escritura y los libros (que fueron incondicionales también), y a pesar de las vicisitudes y contratiempos las cosas fluían, a su manera, pero fluían, y en medio del inmenso vacío existencial mi biblioteca era un refugio, una suerte de búnker que me blindaba del mundo, que me sumergía en universos maravillosos que les daban sentido y rumbo a mis días, y a esos volúmenes, no tantos como hubiera querido (unos cuatro mil, supongo, nunca los contabilicé en serio), les hablaba y les contaba acerca de mi vida, les arrancaba mil cuestiones y vivencias, los escudriñaba en detalle para que se grabaran en mi laxa memoria, y nunca me abandonaran por muy extremas que fueran las circunstancias.
Pero, sabía que un día partiría y tendría que decirles adiós, y surgió así la duda acerca de cuáles me llevaría en las maletas, y esto me generó angustia, porque es equivalente a tener que escoger entre los seres amados, a dar prioridad a unos en detrimento de otros, a decidir con cabeza fría cuáles estarían en mi nuevo derrotero (pocos, obviamente, porque la vida no cabe en dos maletas) y los que se quedarían en su anaquel, a la espera de un hipotético regreso, que estaba lejos aún de vislumbrar, máxime cuando ni siquiera tenía los pasajes de ida en las manos.

Entrenar la memoria era un buen ejercicio, pero insuficiente, tendría que echar mano de soportes que representaran a posteriori todo lo que se quedaba, o por lo menos una muestra representativa, porque hay libros de libros: los que relees hasta la saciedad, los que llevas de viaje y te sostienen en la distancia, los que son referentes y clásicos de los que te sientes orgulloso, los que volverías a leer en una próxima oportunidad, los que jamás dejarías de lado, los que son parte consustancial de tu vida y que te han acompañado en las buenas y en las malas, los que son íconos de tu biblioteca, los que te costaron conseguir y que cuando adquiriste sentiste que eran un logro, los que recibiste como regalo de gente que amabas, los que dejaron huella perenne en tu memoria, los que trajinaste hasta el cansancio en una época particular de la vida, y los que envejecieron contigo.

Me puse como loco a tomarles fotografías a muchos de los libros y escribí pequeñas reseñas que publicaba en mi Instagram, pero eso no bastaba, había algo que se me escapaba y no lograba dar en el clavo: necesitaba que la memoria libresca quedara asentada como parte de mi ser, pero en medio de mi tribulación no encontraba el camino, y fue entonces cuando surgió una frase que leí y copié de algún sitio (que ya no recuerdo), que me redimió en medio de la oscuridad de aquellos días.

La frase en cuestión es del escritor cubano Leonardo Padura, y dice: “Mi biografía son mis libros”, eso fue todo, y sentí el mazazo en el rostro por mi torpeza: ¿cómo no caía en la cuenta?, me preguntaba a cada instante y un fogonazo de luz llegó a mi interior y me dije: hallé el camino, lo tengo, manos a la obra.

Por supuesto, la frase es también escurridiza y si se quiere enigmática, porque si le metemos el seso podríamos llegar a la conclusión de que el novelista se refiere con ella a su propia obra, pero decidí extrapolarla a mi biblioteca, porque comencé a crearla siendo muy joven (unos 22 años, una vez graduado y con trabajo que pude empezar a comprar libros al Círculo de Lectores), y de aquel tiempo a esta parte han pasado todos los años del mundo: como quien dice, toda una vida.

El 1 de enero de 2023 me hice un propósito que cumpliría porque sí: escribir cada día acerca de los libros más representativos de mi biblioteca, y su relación con mi biografía. En otras palabras: contar los distintos períodos de mi existencia desde los libros atesorados en mis anaqueles, aunque con énfasis en el ahora: algo así como una biografía literaria o libresca.

Y así aconteció. El 24 de febrero de ese mismo año puse el punto final al libro y al Prólogo, que es, ni qué decirlo, lo último que agrego a la lista de los libros de mi autoría, y la obra la titulé Vuelta a mi mundo. Considero que el título es lo suficientemente explícito: un recorrido por mi vida desde uno de sus leitmotiv.

rigilo99@gmail.com