El águila que convirtió el Coliseo en rojo" por Giovanny Marquina
Hace más de dos milenios, el Imperio Romano no cimentó su hegemonía global únicamente en el filo de sus gladios o en el bronce de sus corazas, sino en un principio de ingeniería política mucho más letal: el "Divide et impera" o "Divide y vencerás".
Roma entendió que para dominar a pueblos enteros no hacía falta exterminarlos a todos en el campo de batalla, bastaba con estudiar sus fracturas internas, alimentar los celos de sus líderes, otorgar privilegios asimétricos a unos sobre otros y quebrar cualquier posibilidad de un frente común. Así, atomizados y ocupados en destruirse entre sí, los rivales de Roma terminaban implorando la mediación del propio conquistador.
Esta sofisticada tecnología de dominación política no murió con la caída del César, Imperios posteriores perfeccionaron el manual. En el siglo XX y XXI, la geopolítica exterior de los Estados Unidos asimiló la lección con precisión quirúrgica, aplicando la doctrina de la fragmentación en regiones estratégicas como el Medio Oriente o la antigua Yugoslavia. La premisa sigue intacta, un adversario dividido es un adversario estéril, una fuerza política incapaz de proyectar poder real porque consume toda su energía en su propia combustión interna.
Hoy, si trasladamos esta implacable analogía histórica al tablero venezolano, nos encontramos con un fenómeno fascinante y crudo, la fragmentación irreversible del ecosistema gobernante. Durante años, el libreto oficialista acusó a agentes externos de intentar fracturar sus filas. Sin embargo, el verdadero "divide y vencerás" no vino de afuera, germinó en las entrañas de un sistema que, al quedarse sin el pegamento de la chequera petrolera ilimitada y sin el liderazgo carismático del pasado, comenzó a aplicar la máxima romana contra sí mismo para asegurar la supervivencia de facciones particulares.
El partido de gobierno, que alguna vez se jactó de ser una estructura monolítica e inquebrantable, ha entrado en su fase de balkanización. Lo que hoy presencia el país no es un debate ideológico ni una reestructuración programática, es una descarnada confrontación interna donde los factores de poder real se están, metafóricamente, "cayendo a cuchillos" en la penumbra.
Cuando los recursos escasean y el espacio en la cúspide se reduce, la lealtad grupal desaparece y entra en juego el instinto más primitivo; la sobrevivencia selectiva. Al igual que aquellas tribus de la Galia que traicionaban a sus vecinos para ganarse el favor o la indulgencia del Senado Romano, hoy vemos cómo sectores de las cúpulas de gobierno se canibalizan entre sí, utilizando la delación, las purgas internas y el linchamiento político como armas para no ser los próximos sacrificados en el altar de la crisis.
La paradoja del Divide et impera aplicado al entorno doméstico es que, aunque a corto plazo le permite a un grupo fáctico concentrar el control eliminando disidencias internas, a largo plazo destruye las bases del propio Estado.
Roma demostró que la división debilita al conquistado, pero el canibalismo político interno siempre precede a la caída de los imperios. La periferia nacional observa el desgaste de un modelo que se fractura desde adentro, recordándonos que ninguna estructura sostenida sobre el miedo y la exclusión es eterna. La historia, implacable en sus ciclos, ya ha escrito el destino de los que eligen dividir para reinar, terminar vencidos por su propia división.