Mérida, Junio Martes 02, 2026, 01:43 am
Acompañar
a un familiar gravemente enfermo en un hospital público venezolano se ha
convertido en una experiencia que desborda el dolor propio de la enfermedad.
Quien atraviesa hoy las puertas del Hospital Universitario de Los Andes (HULA),
en Mérida, no solo se enfrenta al temor por la vida de un ser querido, sino
también a una realidad marcada por la precariedad, el agotamiento y la
incertidumbre.
El
HULA, uno de los principales centros asistenciales de la región andina, recibe
pacientes provenientes de distintos estados del país. Durante décadas fue
símbolo de referencia médica y formación académica. Sin embargo, la prolongada
crisis del sistema de salud venezolano ha deteriorado profundamente sus
capacidades. Lo que antes era un hospital universitario de prestigio funciona
hoy bajo condiciones extremas que recuerdan escenarios de emergencia
humanitaria.
Recorrer
sus instalaciones permite observar una realidad difícil de ignorar. La
emergencia permanece saturada. Las camillas ocupan pasillos y áreas destinadas
originalmente a la circulación. Pacientes, médicos, enfermeras y familiares
comparten espacios reducidos en medio de un movimiento constante, donde el
ruido, la tensión y la espera forman parte de la rutina diaria.
La
pérdida de privacidad es una de las consecuencias más visibles de este colapso.
Personas enfermas son atendidas en espacios abiertos, expuestas a miradas
ajenas mientras reciben tratamientos, expresan dolor o atraviesan momentos de
extrema vulnerabilidad. La intimidad, elemento esencial de la dignidad humana,
desaparece entre la urgencia y la falta de capacidad instalada.
Pero
el problema va mucho más allá del hacinamiento. Las condiciones materiales del
hospital revelan un deterioro acumulado durante años. Techos con filtraciones,
paredes húmedas, baños inoperativos, lavamanos sin grifería y conexiones
deterioradas forman parte del paisaje cotidiano. La falta de agua continua
obliga en ocasiones a utilizar recipientes improvisados para almacenar líquidos
o realizar tareas básicas de higiene.
Estas
deficiencias no representan únicamente un problema estético o administrativo.
Constituyen riesgos directos para la salud. En cualquier centro hospitalario,
la limpieza, la esterilización y el acceso al agua potable son elementos
fundamentales para prevenir infecciones y proteger la vida de los pacientes.
Cuando esos servicios fallan, aumenta el peligro de complicaciones médicas y se
deterioran las condiciones mínimas de bioseguridad.
La
crisis hospitalaria también transforma profundamente la experiencia de los
familiares. En Venezuela, el acompañante ya no cumple solamente una función
emocional. Muchas veces se convierte en cuidador, enfermero improvisado,
proveedor de insumos y gestor de recursos. Son los familiares quienes
frecuentemente deben buscar medicamentos, comprar materiales médicos, conseguir
agua, trasladar alimentos y resolver necesidades básicas que el hospital no
puede cubrir.
Esa
carga cotidiana implica enormes sacrificios físicos, económicos y emocionales.
Muchas personas pasan noches enteras en las afueras del hospital, duermen
sentadas o sobre cartones y enfrentan jornadas agotadoras bajo condiciones
adversas. A ello se suma la angustia permanente de no saber si podrán conseguir
los medicamentos necesarios o reunir el dinero para costear exámenes y
tratamientos.
En
un país marcado por salarios insuficientes y una inflación persistente,
enfermarse puede convertirse en una tragedia financiera para cualquier familia.
Numerosos hogares terminan endeudados o dependen de redes de solidaridad para
sostener tratamientos médicos básicos. La enfermedad deja entonces de ser
únicamente un problema clínico y se convierte en una experiencia de sufrimiento
social.
Sin
embargo, en medio de estas carencias, existe otro elemento que merece
reconocimiento: el esfuerzo del personal de salud.
Médicos,
enfermeras, camilleros, obreros y trabajadores de mantenimiento sostienen el
funcionamiento del hospital en condiciones extremadamente difíciles. Muchos
cumplen jornadas prolongadas, enfrentan escasez de equipos e insumos y trabajan
bajo una presión emocional constante. A pesar de ello, continúan atendiendo
pacientes y buscando soluciones improvisadas para enfrentar la precariedad.
La
crisis del sistema sanitario venezolano ha golpeado duramente a estos
profesionales. Los bajos salarios, el deterioro de las condiciones laborales y
la falta de recursos han provocado migración de personal especializado y un
profundo desgaste emocional. Aun así, dentro del hospital persisten gestos
cotidianos de compromiso y humanidad: áreas que se limpian pese a la falta de
agua, equipos médicos que se mantienen operativos gracias al ingenio técnico y
trabajadores que continúan atendiendo pacientes aun cuando ellos mismos
enfrentan necesidades personales severas.
Esa
capacidad de resistencia no debería confundirse con normalidad. La vocación del
personal sanitario no puede reemplazar indefinidamente las obligaciones
estructurales del Estado ni compensar el deterioro acumulado del sistema
hospitalario.
Uno
de los problemas más graves es el colapso de los servicios básicos. La
interrupción frecuente del suministro de agua compromete tareas esenciales como
la limpieza de áreas, el lavado de manos y la esterilización de equipos. En un
hospital, la ausencia de agua no es una incomodidad menor: representa una
amenaza directa para la seguridad de pacientes y trabajadores.
A
esto se suma la dificultad para orientarse dentro de las instalaciones. Para
muchos usuarios, el hospital se asemeja a una ciudad laberíntica, con
señalización insuficiente y espacios improvisados que aumentan la
desorientación y el estrés de quienes ya atraviesan situaciones emocionalmente
complejas.
Las
causas de esta situación son múltiples y se han acumulado durante años. La
insuficiente inversión en infraestructura hospitalaria, la falta de
mantenimiento preventivo, el deterioro de los servicios públicos y la creciente
demanda de atención médica han terminado desbordando la capacidad del sistema.
El
HULA no solo atiende a la población de Mérida. También recibe pacientes
remitidos desde otras regiones donde los servicios de salud son aún más
precarios. Esa concentración de demanda ha convertido áreas temporales de
emergencia en espacios permanentes de hospitalización improvisada.
Diversos
anuncios oficiales han prometido planes de recuperación y optimización
hospitalaria. Aunque algunas intervenciones parciales representan avances
importantes, la magnitud del deterioro exige soluciones mucho más profundas y
sostenidas en el tiempo. Reparar un hospital no significa únicamente pintar
paredes o rehabilitar áreas específicas; implica garantizar agua, electricidad,
insumos, salarios dignos, mantenimiento continuo y condiciones humanas de
atención.
La
recuperación del sistema sanitario venezolano requiere políticas integrales y
sostenibles. También demanda transparencia en el uso de recursos, supervisión
ciudadana y planificación a largo plazo. Sin esos elementos, cualquier mejora
terminará siendo temporal.
Frente
a este panorama, resulta indispensable colocar nuevamente la dignidad humana en
el centro de las prioridades hospitalarias.
Eso
implica crear espacios adecuados para familiares que pasan días enteros
acompañando pacientes; rehabilitar baños y redes hidrosanitarias; garantizar
protocolos mínimos de bioseguridad; mejorar los sistemas de información para
reducir la incertidumbre de los familiares; y fortalecer el apoyo emocional y
profesional al personal sanitario.
También
es urgente reducir la carga económica que actualmente recae sobre las familias.
Ninguna persona debería verse obligada a recorrer farmacias desesperadamente o
endeudarse para conseguir insumos básicos mientras acompaña a un ser querido
hospitalizado.
Sin
embargo, la crisis del HULA no puede interpretarse únicamente como un problema
técnico o administrativo. Lo que ocurre dentro de sus paredes refleja tensiones
mucho más profundas de la sociedad venezolana: desigualdad, deterioro
institucional, precarización de la vida cotidiana y debilitamiento de los
servicios públicos esenciales.
El
hospital se convierte así en una especie de retrato concentrado del país. Allí
convergen el sufrimiento, la espera, la solidaridad y también la resistencia
humana. En medio del colapso emergen redes espontáneas de apoyo entre
familiares desconocidos, trabajadores que comparten soluciones improvisadas y
pacientes que aprenden a sobrevivir colectivamente a la precariedad.
Esa
dimensión humana suele quedar invisibilizada detrás de cifras, estadísticas y
discursos oficiales. Pero comprenderla resulta fundamental para dimensionar la
gravedad de la crisis sanitaria venezolana.
Hablar
del HULA es hablar de personas concretas: madres que duermen en una silla junto
a sus hijos enfermos, ancianos que esperan durante horas atención médica,
médicos agotados que continúan trabajando pese a las limitaciones y familias
enteras que viven la enfermedad bajo condiciones de enorme vulnerabilidad.
La
situación exige mucho más que diagnósticos. Requiere voluntad política,
inversión sostenida y sensibilidad social. Pero también necesita recuperar algo
esencial: la capacidad colectiva de indignarnos frente al deterioro de la
dignidad humana.
Porque
cuando un hospital deja de ofrecer condiciones mínimas para cuidar la vida, lo
que entra en crisis no es únicamente el sistema de salud. Es el vínculo mismo
de una sociedad con sus ciudadanos más vulnerables.
Y esa herida, silenciosa pero profunda, termina afectándonos a todos.
(*) Coordinador del Centro de Investigaciones en Ciencias Humanas (HUMANIC) de la Universidad de Los Andes