Mérida, Junio Miércoles 03, 2026, 10:55 pm
Los agoreros de oficio y los profetas
del desastre suelen rasgarse las vestiduras cada vez que un proceso electoral
dibuja un mapa político polarizado. Con un dramatismo casi teatral, intentan
asustar a la opinión pública esgrimiendo que el país está "irreparablemente
fracturado" o al borde del abismo. Nada más distante de la realidad y de
la ciencia política.
La verdad histórica y sociológica nos
demuestra que la división de una sociedad en dos grandes bloques no es una
anomalía contemporánea ni un síntoma de enfermedad institucional; es, por el
contrario, la dinámica natural y tradicional de los sistemas democráticos
consolidados.
La normalidad del péndulo político
A lo largo de la historia, las
sociedades libres han canalizado sus diferencias a través del bipartidismo o de
la conformación de dos grandes coaliciones antagónicas. Lo vimos en la Colombia
histórica de liberales y conservadores; en la Venezuela de los tiempos de
Acción Democrática y COPEI; en el México del PRI y el PAN; y lo seguimos viendo
de forma nítida en democracias anglosajonas como el Reino Unido con laboristas
y conservadores, o los Estados Unidos con demócratas y republicanos. Los
partidos tradicionales sufren procesos metamórficos, cambian de nombre,
refrescan sus etiquetas, pero la estructura binaria del tablero permanece.
Esta tensión no determina el fin de
una sociedad, sino que la dinamiza. Cuando existe una ciudadanía consciente,
separación de los poderes del estado y un orden jurídico que se cumple y hacen
cumplir, la democracia se fortalece a través de dos mecanismos sagrados: la
alternabilidad y el voto castigo. Cuando un modelo de
gobierno agota sus promesas o comete errores graves, el ejercicio del sufragio
universal se convierte en la herramienta pacífica para producir un cambio de
rumbo. La alternancia es el oxígeno de la libertad, y el mapa dividido es solo
el reflejo de un pueblo procesando sus opciones. Colombia no es la excepción a
esta regla global; siempre ha sido un país de intensos debates ideológicos y
geográficos, incluso en medio de más de sesenta años de fuerzas irregulares
pretendiendo el poder mediante el usos de las armas y pretender alarmar con
ello hoy en día es ignorar la historia.
El conector de la realidad actual:
Encuestas vs. Coacción
Ahora bien, para entender el
escenario que enfrenta Colombia de cara al balotaje del próximo 21 de junio, es
indispensable engranar esta normalidad democrática con un factor distorsionante
y complejo: la realidad del orden público en las periferias y fronteras de la
nación.
Los recientes resultados de la
primera vuelta electoral han dejado ver un mapa aparentemente dividido en dos
mitades casi simétricas. Sin embargo, como aficionado del análisis de la
geopolítica y observador de los comportamientos electorales, sostengo la tesis
de que los fríos datos de las encuestas previas y los mapas del preconteo
ocultan un fenómeno sociológico subterráneo: el factor de la coacción y
la timidez del elector.
En ciencia política conocemos bien la
"espiral del silencio". En aquellas regiones del país golpeadas por
la intimidación criminal de grupos irregulares y disidencias —zonas periféricas
que hoy lucen pintadas con el color del oficialismo—, el ciudadano común se ve
obligado a mimetizarse por razones de estricta supervivencia. Ante la llamada
telefónica de una encuestadora o el abordaje en calle, el votante, por temor y
prudencia, prefiere responder alineándose con la fuerza que ejerce el control
territorial en su día a día. De ahí el aparente favoritismo inicial que los
sondeos le otorgaban a la opción de Iván Cepeda.
El viraje definitivo: La pérdida del
miedo en el balotaje
Es precisamente en este punto donde
visualizo, desde mi pericia y experiencia en el análisis político, la gran
sorpresa que descolocará a las firmas encuestadoras en la segunda vuelta.
Los resultados del pasado domingo no
solo demostraron la fortaleza y el crecimiento vertiginoso de la candidatura de
Abelardo de la Espriella, sino que enviaron un mensaje contundente a todo el
territorio nacional: la oposición al modelo actual es sólida, mayoritaria en el
corazón productivo del país y está lista para gobernar. Este hecho genera un
efecto psicológico de enorme magnitud en las regiones coartadas. Al ver que
existe una alternativa real y fuerte, el ciudadano de la periferia empieza a
romper su aislamiento; empieza a comprender que no está solo.
Mi previsión geopolítica es que, de
cara al balotaje, va a ocurrir una migración silenciosa pero masiva de
votos. El discurso de severidad institucional, la mano firme contra las
bandas delincuenciales y la promesa de restituir el orden que abandera "El
Tigre" De la Espriella, se convertirán en el refugio de confianza para
miles de colombianos que en primera ronda se sintieron coaccionados.
En los días venideros, las encuestas
probablemente seguirán mostrando un país en empate técnico o una fotografía
fija e inmóvil, porque el miedo en el entorno vecinal no se evapora para
responder un cuestionario. No obstante, en el secreto soberano de la urna
electoral, donde las armas de los grupos irregulares no tienen poder de
fiscalización, el pueblo colombiano perderá el temor. Una porción
significativamente alta de electores que en público o en encuestas dicen
respaldar la continuidad de Cepeda, terminarán depositando su voto por la
severidad y el rescate institucional que representa Abelardo de la Espriella.
La verdadera fractura no está en la
sociedad colombiana; la fractura se dará en los pronósticos de los agoreros
cuando la realidad del voto libre eche por tierra el relato del miedo. La
democracia, una vez más, demostrará su capacidad de autorregulación a través de
la contundencia de un pueblo que decide cambiar su destino dándole un severo
golpe de repulsión a la izquierda trasnochada representada hasta ahora por
Gustavo Petro e inspirada en el mal llamado “Socialismo del siglo XXI.