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Por Jorge Pérez

Hablando de Colombia

El mito de la fractura irreparable y la fuerza del voto silencioso por Jorge Pérez



Hablando de Colombia

El mito de la fractura irreparable y la fuerza del voto silencioso por Jorge Pérez

Los agoreros de oficio y los profetas del desastre suelen rasgarse las vestiduras cada vez que un proceso electoral dibuja un mapa político polarizado. Con un dramatismo casi teatral, intentan asustar a la opinión pública esgrimiendo que el país está "irreparablemente fracturado" o al borde del abismo. Nada más distante de la realidad y de la ciencia política.

La verdad histórica y sociológica nos demuestra que la división de una sociedad en dos grandes bloques no es una anomalía contemporánea ni un síntoma de enfermedad institucional; es, por el contrario, la dinámica natural y tradicional de los sistemas democráticos consolidados.

La normalidad del péndulo político

A lo largo de la historia, las sociedades libres han canalizado sus diferencias a través del bipartidismo o de la conformación de dos grandes coaliciones antagónicas. Lo vimos en la Colombia histórica de liberales y conservadores; en la Venezuela de los tiempos de Acción Democrática y COPEI; en el México del PRI y el PAN; y lo seguimos viendo de forma nítida en democracias anglosajonas como el Reino Unido con laboristas y conservadores, o los Estados Unidos con demócratas y republicanos. Los partidos tradicionales sufren procesos metamórficos, cambian de nombre, refrescan sus etiquetas, pero la estructura binaria del tablero permanece.

Esta tensión no determina el fin de una sociedad, sino que la dinamiza. Cuando existe una ciudadanía consciente, separación de los poderes del estado y un orden jurídico que se cumple y hacen cumplir, la democracia se fortalece a través de dos mecanismos sagrados: la alternabilidad y el voto castigo. Cuando un modelo de gobierno agota sus promesas o comete errores graves, el ejercicio del sufragio universal se convierte en la herramienta pacífica para producir un cambio de rumbo. La alternancia es el oxígeno de la libertad, y el mapa dividido es solo el reflejo de un pueblo procesando sus opciones. Colombia no es la excepción a esta regla global; siempre ha sido un país de intensos debates ideológicos y geográficos, incluso en medio de más de sesenta años de fuerzas irregulares pretendiendo el poder mediante el usos de las armas y pretender alarmar con ello hoy en día es ignorar la historia.

El conector de la realidad actual: Encuestas vs. Coacción

Ahora bien, para entender el escenario que enfrenta Colombia de cara al balotaje del próximo 21 de junio, es indispensable engranar esta normalidad democrática con un factor distorsionante y complejo: la realidad del orden público en las periferias y fronteras de la nación.

Los recientes resultados de la primera vuelta electoral han dejado ver un mapa aparentemente dividido en dos mitades casi simétricas. Sin embargo, como aficionado del análisis de la geopolítica y observador de los comportamientos electorales, sostengo la tesis de que los fríos datos de las encuestas previas y los mapas del preconteo ocultan un fenómeno sociológico subterráneo: el factor de la coacción y la timidez del elector.

En ciencia política conocemos bien la "espiral del silencio". En aquellas regiones del país golpeadas por la intimidación criminal de grupos irregulares y disidencias —zonas periféricas que hoy lucen pintadas con el color del oficialismo—, el ciudadano común se ve obligado a mimetizarse por razones de estricta supervivencia. Ante la llamada telefónica de una encuestadora o el abordaje en calle, el votante, por temor y prudencia, prefiere responder alineándose con la fuerza que ejerce el control territorial en su día a día. De ahí el aparente favoritismo inicial que los sondeos le otorgaban a la opción de Iván Cepeda.

El viraje definitivo: La pérdida del miedo en el balotaje

Es precisamente en este punto donde visualizo, desde mi pericia y experiencia en el análisis político, la gran sorpresa que descolocará a las firmas encuestadoras en la segunda vuelta.

Los resultados del pasado domingo no solo demostraron la fortaleza y el crecimiento vertiginoso de la candidatura de Abelardo de la Espriella, sino que enviaron un mensaje contundente a todo el territorio nacional: la oposición al modelo actual es sólida, mayoritaria en el corazón productivo del país y está lista para gobernar. Este hecho genera un efecto psicológico de enorme magnitud en las regiones coartadas. Al ver que existe una alternativa real y fuerte, el ciudadano de la periferia empieza a romper su aislamiento; empieza a comprender que no está solo.

Mi previsión geopolítica es que, de cara al balotaje, va a ocurrir una migración silenciosa pero masiva de votos. El discurso de severidad institucional, la mano firme contra las bandas delincuenciales y la promesa de restituir el orden que abandera "El Tigre" De la Espriella, se convertirán en el refugio de confianza para miles de colombianos que en primera ronda se sintieron coaccionados.

En los días venideros, las encuestas probablemente seguirán mostrando un país en empate técnico o una fotografía fija e inmóvil, porque el miedo en el entorno vecinal no se evapora para responder un cuestionario. No obstante, en el secreto soberano de la urna electoral, donde las armas de los grupos irregulares no tienen poder de fiscalización, el pueblo colombiano perderá el temor. Una porción significativamente alta de electores que en público o en encuestas dicen respaldar la continuidad de Cepeda, terminarán depositando su voto por la severidad y el rescate institucional que representa Abelardo de la Espriella.

La verdadera fractura no está en la sociedad colombiana; la fractura se dará en los pronósticos de los agoreros cuando la realidad del voto libre eche por tierra el relato del miedo. La democracia, una vez más, demostrará su capacidad de autorregulación a través de la contundencia de un pueblo que decide cambiar su destino dándole un severo golpe de repulsión a la izquierda trasnochada representada hasta ahora por Gustavo Petro e inspirada en el mal llamado “Socialismo del siglo XXI.