Quedar para pedir limosna por Ricardo Gil Otaiza
Estaba feliz con los resultados de Paraíso olvidado, mi primer libro de cuentos, porque sin muchos aspavientos (un tomo de poco más de 100 páginas) había recibido una crítica y una atención nada desdeñables en un mundo literario receloso del éxito ajeno, poco dado a aceptar de buenas a primeras la irrupción de un nuevo autor. Aunque mi debut había sido el año anterior (1995) con la novela Espacio sin límite (que fue tratada con entusiasmo en el medio), pero con este nuevo libro me lanzaba por el despeñadero maravilloso de la narrativa breve y me hallaba expectante.
Por cierto, Paraíso olvidado recibió la atención generosa del gran poeta, ensayista, editor e intelectual venezolano Juan Liscano: tótem de la literatura venezolana del siglo XX y figura respetada en el contexto de América Latina, lo que consideré, con toda razón (aunque suene a indeseable vanidad), como mi bautizo literario, al tratarse de una figura clave, portento del medio cultural y crítico sagaz e incisivo: constructor de sólidos altares y destructor de inflamados egos, de allí su impronta.
Por aquellos años, mis dos primeras hijas estaban muy pequeñas y la tercera no había llegado a este mundo. Ambas estudiaban en un afamado colegio católico, regentado por un sacerdote de armas tomar: rígido y de cabeza cuadrada, pero de corazón noble, quien hacía lo indecible para imponer orden y llevar a los niños una educación basada en principios y valores cristianos, y en correspondencia con las tendencias educativas que buscaban formar de manera integral.
En ese contexto, comenzaron a desarrollarse las denominadas Escuelas para padres, que exigían de parte nuestra un poco de atención en eso de educar a los niños, y que desplegaban a todo lo largo del año escolar diversas actividades formativas: siempre bajo la modalidad interactiva y dinámica, lo que implicaba charlas, talleres y vivencias que representaran en cada hogar un vaso comunicante con la institución.
Un sábado en la mañana, mi esposa y yo tuvimos que asistir a una actividad en la escuela, coordinada y dirigida por un colega profesor de mi universidad, pero adscrito a otra facultad, a quien conocía con anterioridad y respetaba, por ser un hombre bienintencionado, amén de formado, y allá estuvimos a la hora indicada, junto a un nutrido grupo de padres y madres dispuestos a aprender acerca de un oficio complejo y exigente.
Que recuerde, fue aquella una mañana grata, el profesor dividió la jornada en diversas actividades, y dejó para el final la presentación de un documental que sería proyectado a modo conclusivo.
A eso de la 1 de la tarde, el profesor organizó el aula de manera tal que todos pudiésemos mirar a la pantalla, y dio inicio al documental. Ah, nos advirtió que sería breve, y que al terminar podríamos intervenir para dar nuestra opinión acerca del mismo, y con ello cerraríamos la actividad.
De entrada, el título del documental me sobresaltó, porque me recordó el del segundo cuento de mi libro (de un total de 10): Un extraño en la casa, y me puse en guardia. De pronto, un presentimiento se instaló en mi corazón y las pulsaciones se aceleraron a la espera de una sorpresa que creía intuir: “se trata de mi cuento”. Pero, no me llevé por la emoción, y dejé que el documental rodara.
Sin embargo, no pude contenerme al cerciorarme de que, de hecho, se trataba de mi cuento: allí, frente a mis ojos estaban mis personajes y argumentos, la tensión literaria y todo lo que yo había creado, por lo que me volteé y le susurré a mi esposa al oído lo que pasaba, y ella me miró incrédula: pensaba, tal vez, que yo deliraba, que veía fantasmas y siguió mirando a la pantalla, hasta que en un punto preciso del desenlace de la historia se volvió a mí y me dijo: “¡sí, es tu cuento, ya lo recuerdo!” (mi esposa siempre ha sido la primera lectora o escucha de mis textos).
La emoción era indescriptible, porque los productores del documental habían respetado la integridad del texto: ningún cambio sustancial se había producido que diera al traste con la intención autoral: hacer ver lo perjudicial que era para la familia centrar su atención en una pantalla, así como supeditar los intereses de cada uno de sus miembros a los vaivenes acomodaticios de una programación televisiva, que respondía más a lo dinerario, que a los principios y valores que deben reinar en la vida en común.
Conteniendo mis ímpetus internos, aguardé con calma hasta el final a la espera de lo ansiado, de lo esperado a lo largo de los casi 20 minutos de proyección: ver mi nombre y mi libro en los créditos del programa, pero esto no ocurrió.
Desconcertado, aguardé hasta que el evento finalizó, y con mi esposa fui a hablar con el profesor para ponerlo al tanto de todo, él me escuchó con atención y sorprendido me dijo que el audiovisual era mexicano, y me sugirió que tomara nota de la información legal, y que el lunes lo consultara con algún experto en propiedad intelectual para ver qué se podía hacer al respecto. Mi esposa y yo le agradecimos su preocupación, y nos marchamos.
El lunes, me entrevisté con el mayor experto en derechos intelectuales de mi universidad, quien además era poeta y podía comprender mi desazón. Me escuchó con atención, tomó nota, guardó un respetuoso silencio y cuando finalicé la exposición habló. De entrada, se solidarizó conmigo y me dijo que lamentablemente el hecho era muy común en los predios académicos, literarios y cinematográficos (y aquí esbozó una sonrisa sardónica), y agregó: “Ricardo, tendrás que contratar a un bufete internacional: si ganas la querella te forrarás en dólares, pero si la pierdes, como es lo más seguro, al tratarse de una poderosa empresa, quedarás para pedir limosna. ¡Traga saliva, amigo, y sigue adelante!”. Me dio una palmadita en el hombro y salí de allí con el alma desparramada.
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