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Por Bernardo Moncada Cárdenas

Sueltos de un peregrino

Para la reconstrucción, la comunión como tarea política por Bernardo Moncada Cárdenas



Sueltos de un peregrino

Para la reconstrucción, la comunión como tarea política por Bernardo Moncada Cárdenas

No quiero imponer como un fundamentalista criterios confesionales para regir asuntos civiles y, más específicamente, políticos; pertenezco a un camino de fe que, aunque haya sido frecuentemente llevado a la picota por los proyectos de poder, define claramente –desde aquel célebre “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22)- el límite entre poder político y autoridad religiosa. Precisamente por ello propongo con confianza, y sin pretensiones proselitistas, un término poco comprendido (aunque muy utilizado) como paradigma para la reconstrucción de la vida pública, en el circunstancial desconcierto que en el momento vivimos en Venezuela. Es la palabra comunión.

La comunión es la unión de quienes conscientemente valoran una bien que todos disfrutan: un bien común.

Paradójicamente, en la contemporaneidad muchas veces pareciera que esa congregación de voluntades alrededor de lo que se percibe como un bien se da más en ideologías totalitarias o corporaciones orientadas al lucro, que en el vasto mundo de la cristiandad. Predomina, en cambio, una cultura que encuentra mayor facilidad para acentuar lo que divide que aquello que une.

Esa generalización del desacuerdo, esa desbandada de voluntades procurando la fortuna personal, ese “en la puerta del cielo, primero yo que mi madre”, se manifiesta en la fracasada lucha política de hoy. Con demasiada frecuencia el bien común parece ceder ante los cálculos particulares, la disgregación sigue imponiéndose para regocijo de proyectos que sí permanecen unidos y que más bien imponen “el mal común”.

No están muy lejos en nuestra historia movimientos y procesos que encontraron su éxito en esta fundamentación; hemos tenido líderes modernos capaces de sacrificar su prosperidad por conseguir para su pueblo las mejoras que ofrece la democracia.

La dinámica política que tales proyectos y tales líderes han realizado bien puede llamarse una política de comunión. Un estilo que genera la confianza para atraer a la misma mesa a tirios y troyanos, persuadidos de un común y duradero beneficio. La restitución de la política que necesita Venezuela (y el mundo entero) va a contrapelo del tipo de cultura que hoy se impone, pero no es imposible, precisamente en este momento, cuando ha de sopesarse la manera de actuar de las diversas dirigencias, pensar que una dinámica “comunional” de la política sea el norte.

La devastación reciente nos ha recordado una verdad elemental: cuando la naturaleza golpea, las etiquetas partidistas deberían perder sentido. El agua, el barro y el dolor no distinguen entre oficialistas y opositores, entre ricos y pobres, entre vencedores y vencidos. Todos descubrimos que dependemos unos de otros.

Quizá eso sea, en el fondo, lo que la antigua palabra griega koinonía todavía puede enseñarnos. No como un concepto exclusivamente religioso, sino como una forma de comprender la vida colectiva: la comunión es la decisión libre de personas diferentes de custodiar un bien que pertenece a todos y que sólo puede alcanzarse entre todos.

Venezuela ha sufrido demasiado por convertir la política en un campo de afirmaciones personales, de liderazgos excluyentes y de estrategias donde el éxito propio termina prevaleciendo sobre el destino común. Ninguna reconstrucción será duradera mientras esa lógica permanezca intacta.

La hora que vivimos reclama una clase de liderazgos: unos capaces de convocar antes que dividir, de sumar antes que sustituir, de persuadir antes que imponerse. Un liderazgo que comprenda que la unidad no exige uniformidad, sino la voluntad de caminar juntos hacia un bien compartido.

Y luego sería una amarga ironía que esa comunión espontánea, nacida del sufrimiento, se evaporara apenas cedan las aguas. Porque el verdadero desafío no consiste únicamente en reconstruir carreteras, viviendas o puentes. El desafío mayor es reconstruir la confianza pública, la capacidad de deliberar juntos y de reconocer que existe un bien que trasciende las ventajas particulares.

Sería esa la verdadera reconstrucción del país: cuando la política vuelva a parecerse menos a un antagonismo permanente y más a la confrontación libre de ideas orientadas por un mismo bien común. A diferencia de la unidad, la comunión no exige uniformidad; exige que incluso las diferencias se ordenen al servicio de un destino compartido.