Mérida, Julio Viernes 10, 2026, 01:30 pm
Temblor y desgracia
Es difícil escribir sobre este tema sin que
a uno se le acelere el pulso, principalmente por la indignación. Han pasado
ocho días desde el «doblete sísmico» que sacudió a Venezuela (magnitudes 7,2 y
7,5) y se ha visto que eventos como estos sacan lo mejor y lo peor de muchos.
En cuanto a nuestra comunidad religiosa, lo
viví en plena misa. Me sorprendió gratamente el aviso de Android segundos antes
de sentir el sismo. No tuvimos ni muertos ni heridos; solo hubo daños en
paredes, pero no en vigas ni columnas. Eso, al menos, nos deja únicamente
gastos de reparación.
Respecto a la realidad del país, el
gobierno venezolano ha dado muestras de la gran desgracia que significa vivir
bajo el comunismo. Se evidenció que nada aprendió de la pasada «Tragedia de
Vargas» ocurrida en diciembre de 1999, considerada aún hoy como el peor
desastre natural en la historia contemporánea de Venezuela y uno de los aludes
de barro más mortíferos del siglo XX a nivel mundial.
Ha sido triste ver que su única
preocupación real ha sido proyectar una imagen de eficiencia, una pretensión
que la furia colectiva y las redes sociales, enardecidas también, se han
encargado de desmentir con mucha facilidad.
Siente vergüenza ajena ver que la ayuda
extranjera llegó a los sitios más afectados antes que la nacional. Esto se
debe, en gran medida, a que los cuerpos encargados no cuentan con la dotación
adecuada y, para colmo de males, se ha visto a funcionarios robando y saqueando
propiedades.
Ha sido la ciudadanía, en especial los
habitantes sobrevivientes, la que se ha dedicado a levantar escombros e
intentar rescatar a quienes siguen atrapados, la mayoría sin instrumentos ni la
protección mínima.
Se sabe que, en desgracias como esta, cada
hora que pasa es crucial para salvar vidas. Sin embargo, a lo que se dedicaron
nuestras autoridades fue a entorpecer todo el proceso: retrasaron la entrada de
rescatistas, impusieron un «registro» de voluntarios extremadamente lento,
obstaculizaron la logística y decomisaron cargamentos de ayuda. Incluso
obligaron a camiones con insumos a colocarse calcomanías gubernamentales para
aparentar que la asistencia provenía del Estado. También existen denuncias
sobre mafias que están sacando provecho de esta tragedia secuestrando personas,
especialmente niños, para la trata.
Es cierto que entre la población también
han aparecido personas fingiendo ser damnificados (igual que en 1999); pero que
sean los propios cuerpos de seguridad de la nación los que se presten a la
corrupción genera aún más rabia.
La esperanza de levantamiento y
reconstrucción ante tanta desgracia proviene más de la seguridad que genera el
actual tutelaje del gobierno norteamericano que de la gestión local.
No me queda más que dar las gracias a todas
las personas que han venido de fuera, y a quienes, desde dentro y a pesar de
los obstáculos, han aportado su grano de arena para sobrellevar de la mejor
manera esta tragedia, en parte natural y en parte comunista. Se sabe que,
pasados tantos días, aún ocurren rescates milagrosos; por ello hay que seguir
rezando. Cuando un hecho deja de ser noticia, el apoyo disminuye, aunque sigue
siendo vital ayudar a superar las secuelas. Dios bendiga a Venezuela, Dios
bendiga a cada uno de los que ha ayudado. Dios con nosotros.