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Por Jesús Rondón Nucete

La copa mundial y el alma de los pueblos por Jesús Rondón Nucete



La copa mundial y el alma de los pueblos por Jesús Rondón Nucete

Que los pueblos tienen “alma”, lo demostraron españoles y argentinos en los estadios de Norte América durante la celebración de la XXIII Copa Mundial de Fútbol (evento, paradójicamente, muy comercializado). “Alma” entendida como aquello que “da aliento y fuerza a algo” (DEL). Más allá del natural apoyo que los naturales de un país brindan a quienes los representan en las competencias deportivas, algo más profundo —espiritual— mostraban los fanáticos de aquellas selecciones en las tribunas la semana pasada. Asombraron al mundo al revelar su conexión (total) con los jugadores en las canchas. Como si fueran parte de sus equipos.

El “espíritu de la Nación” fue inicialmente una idea francesa del siglo XVIII que divulgaron Montesquieu y Voltaire (L’esprit des nations). Lo atribuyeron a diversos factores. De ellos, decía Ortega y Gasset, la tomaron y desarrollaron los alemanes. Se hizo esencial en la concepción de la historia de Hegel (nationalgeist), de tanta influencia en la modernidad. Cada pueblo tiene una idea de sí mismo, determinada por la historia, que contiene y orienta sus fines, sentimientos, intereses, realizaciones. Se manifiesta, aunque no siempre conscientemente, en forma permanente en sus acciones, con mayor o menor intensidad, según la adhesión al mismo espíritu. Pero, producto de la historia, no es inmutable. De hecho, varía. Era inevitable no pensar en aquellas expresiones, mientras miraba los encuentros (como si “asistiera”, gracias a la IA) disputados por Argentina y España (entre otros), durante el desarrollo de la Copa Mundial de Fútbol de 2026.

Los argentinos aman su país, el más joven de América Latina. Para 1809 se estimaba su población en apenas 609.200 habitantes. El estado no existió hasta 1853. Pero, 70 años después —tras la inmigración masiva y una economía exportadora— tenía casi ocho millones y figuraba entre las naciones más ricas y cultas. Los ensayos políticos (a partir de 1930) provocaron la decadencia. El fútbol —conocido desde el siglo XIX— ha sustituido aquellos éxitos y le da grandeza. En España, aunque la larga decadencia comenzó a superarse hace más de medio siglo, el pueblo había encontrado motivos de satisfacción en los triunfos de sus equipos de fútbol en los torneos europeos. Sin embargo, solo después del fin de la dictadura comenzó a reafirmarse la antigua unidad y —no por azar— también el apoyo a su selección nacional. En ella destacan las figuras regionales. La fanaticada se hace sentir: despierta ánimo y entusiasmo.

No es casualidad que los juegos, surgidos en forma espontánea, se hayan organizado en Grecia. Antes los hubo en otros lugares; pero fue en la Hélade, donde se fijaron normas a algunas “disciplinas” y se celebraron las primeras competencias (o, por lo menos, donde se dejó constancia de ello). Existe una relación completa de los ganadores en Olimpia, los más famosos. Conviene aclarar que “el juego de pelota” mesoamericano (pitz en maya clásico), muy anterior (+1600 a. C.), era más bien una práctica ritual, que pretendía distintos fines. Se han localizado 1.300 campos de juego (tlachtli, en náhuatl) en Mesoamérica. El fútbol, reglamentado por los ingleses en el siglo XIX, proviene más bien de la soule medieval francesa que pasó a las islas británicas: habitantes de un pueblo trataban de llevar una bola por caminos y campos a un lugar escogido en otra localidad, cuyos vecinos se oponían con fuerza.


Los juegos griegos fueron reseñados por los historiadores. Consagraban como héroes a los ganadores que daban honor a la ciudad de su procedencia. Filósofos y pensadores recomendaban la actividad física en la formación del hombre. Además, convenía a la ciudad la salud de sus habitantes. En Roma, donde inicialmente cumplían fines rituales, se transformaron en eventos con intención política (como sucedió con otras prácticas). En efecto, desde la República quienes ejercían el poder, los utilizaron para ganar apoyo. Lo denunció Juvenal (Sátiras) en 140 a. C.: “(el pueblo) si antes concedía mandos, haces, legiones, en fin, todo, ahora deja hacer y solo desea con avidez dos cosas: pan y juegos de circo”. De allí deriva la expresión “pan y circo”. Aunque el mundial y las Olimpiadas se iniciaron con fines humanísticos, muy pronto, como en la antigüedad, sirvieron a otros intereses: políticos y, más recientemente, económicos. Asombran las sumas que se mencionan.

La Copa del Mundo, sin duda la competencia internacional de mayor atracción (o ¿son los juegos olímpicos?), es un evento extraño. Se mezclan, al menos, tres elementos distintos que interesan a las personas: sentimientos nacionalistas, luchas deportivas, intereses económicos. Las gentes se agrupan en torno a sus banderas. Siguen al equipo que los representa. Muchos lo hacen, incluso, en conocimiento de sus escasas posibilidades de triunfo o de marcar algún punto (por un empate contra otro participante). En realidad, por su formato, permite exaltar las nacionalidades o exhibir hechos positivos (la renovación de Alemania en 1954 o la capacidad de gestión de la mayoría africana en 2010). También el éxito de un modelo político (como pretendió Mussolini en 1934). A veces, un encuentro revela rivalidades seculares (como la de Argentina frente a Inglaterra). Por eso, no es raro que alguno termine (como en los orígenes medievales), en auténtica mêlée.

Pero la Copa tiene aún un aspecto que interesa —algunos llegan a negarlo— a un alto número de personas: la actividad propiamente deportiva. Es el verdadero objeto de la competición. Se quiere presenciar las hazañas de los atletas, que lo son en el sentido más propio. Y, por supuesto, conocer las personas ocultas tras números. Asombra el 19 de España, pero la curiosidad impulsa a averiguar quién porta esa camiseta: Lamine Yamal, un ser humano que todavía juega con su hermanito y comparte espontáneamente con los demás. También otros aspectos, ajenos a muchos espectadores: la reglamentación, las estrategias y tácticas, las diversas jugadas. Poco a poco se ha acumulado saber y experiencias. Por su parte, los grandes clubes (Barça, Real Madrid) tienen sus escuelas, en las que se preparan los jugadores. La popularidad de aquellos y estos sobrepasa el mundo del deporte. Se corre el riesgo de convertirlo en espectáculo.

No hay duda que la Copa Mundial de la FIFA genera una importantísima actividad económica, que se estima en millardos de dólares. La cifra es superior al PIB de muchos países. No todo se traduce en ingresos para el organismo (principalmente, por venta de entradas, contratos de publicidad y derechos de transmisión). Asimismo, se benefician los países y las ciudades sedes de los partidos: especialmente por los gastos de miles de fanáticos que concurren y por la publicidad que reciben. También se crean muchos empleos. Pero ese éxito produjo un efecto inesperado: la aparición de prácticas de corrupción o beneficio personal en los órganos de dirección del fútbol. Se han visto involucrados los más altos dirigentes, algunos de los cuales fueron sancionados y separados de sus cargos. Con todo, 6.810.96 personas asistieron a los encuentros en las 16 ciudades de los tres países donde tuvieron lugar. ¿Cuántas pueden organizar algo semejante?

Las multitudes en las calles de Madrid el pasado lunes 20 de julio atestiguan el valor que se confiere al triunfo obtenido en la Copa Mundial de la FIFA. Se lo tiene como una hazaña nacional. Lo mismo ocurrió en Buenos Aires hace cuatro años. Perderla puede ocasionar una catástrofe: Harold Wilson (primer ministro británico, progresista y apreciado) no sobrevivió a la profunda decepción que sufrían sus flemáticos electores cuando fueron a votar 4 días después de ser eliminados para disputar la final de la Copa (que detentaban) en junio de 1970. Pero, el éxito del evento, con tantas implicaciones, puede encerrar un gran peligro: su conversión en un espectáculo, que solo puede organizar un país muy rico, reservado a quienes puedan pagar el alto costo de sus entradas, que siempre serán un porcentaje muy pequeño de la población. El fútbol desde la Edad Media es un deporte popular del común.

Pareciera que el fútbol vive un momento estelar. En realidad, le esperan tiempos de expansión y nuevos héroes. Hasta ahora es un producto occidental que ha llegado bastante lejos de su lugar de invención, pero todavía puede ampliar sus dominios hacia los países asiáticos, donde imperan otros valores y se asienta más de la mitad de la población mundial (más del 40% en solo cuatro países: India, China, Indonesia y Pakistán). Tardará años penetrar esos espacios, dado el espíritu de sus gentes. Pero, entretanto, los latinoamericanos —especialmente Brasil y Uruguay— deben reencontrar su espíritu para recuperar la posición que ocuparon antes.

X: @JesusRondonN