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Por uan José Cañas Zambrano

Herederos del vacante: La ilusión de la Dinastía y la obsesión por el Poder por Juan José Cañas Zambrano



Herederos del vacante: La ilusión de la Dinastía y la obsesión por el Poder por Juan José Cañas Zambrano

Hay un momento crítico en la evolución de los regímenes autoritarios en el que la política deja de ser la búsqueda de gobernabilidad para convertirse en un mero ejercicio de supervivencia defensiva.

Cuando las fuentes de legitimidad popular o electoral se agotan por completo, la estructura del Estado sufre una metamorfosis hacia el neopatrimonialismo la convicción de que el poder público es un bien heredable y que las instituciones son parcelas privadas destinadas al resguardo de una facción o clan.

​El panorama político de Venezuela ofrece una radiografía aleccionadora sobre esta tensión entre la vocación republicana y la lógica dinástica.

​Las repúblicas nacieron precisamente como el antídoto contra la herencia del mando. El principio fundamental del republicanismo radica en que el poder no se posee, se ejerce de manera temporal y delegada por el soberano: el pueblo.

Sin embargo, cuando los proyectos políticos pierden la capacidad de convencer o de permitir la alternancia democrática, apelan al atrincheramiento.

​En el contexto venezolano contemporáneo, la dinámica de la cúpula de mando refleja con claridad este fenómeno. La rotación incesante de altos cargos entre una red reducida de apellidos, familiares y aliados de extrema confianza no responde a criterios de eficiencia administrativa ni de renovación institucional.

Responde a la necesidad de garantizar lealtad absoluta e invulnerabilidad mutua. Cuando la confianza en las instituciones se derrumba, solo subsiste la confianza consanguínea o de facción.

​La paradoja del poder dinástico es que mientras más busca perpetuarse, más frágil se vuelve su arquitectura social. Un gobierno que sustituye el pacto social por la endogamia política se vuelve incapaz de procesar el descontento, atender la crisis económica o reconectar con las necesidades reales de la población.

​Cuando el ejercicio del poder se concibe únicamente como la defensa de un feudo frente a amenazas externas o disidencias internas, se pierde de vista la razón básica de existencia del Estado: garantizar derechos, bienestar y futuro a sus ciudadanos.

La historia demuestra repetidamente que las estructuras sostenidas únicamente por el reparto cerrado del mando terminan siendo víctimas de su propia rigidez, incapaces de responder a las presiones del cambio ni a las demandas de soberanía popular.

​El dilema de fondo en Venezuela no es simplemente quién ocupa la silla ejecutiva hoy o mañana, sino bajo qué reglas se ejerce el mando.

La sustitución de liderazgos dentro del mismo cerco de poder no constituye una transición ni una solución real a la crisis; representa apenas la reordenación de la misma lógica del monopolio.

​La verdadera reconstrucción política comenzará cuando el país logre desmantelar la noción de que el poder pertenece a una cúpula, una familia o un partido, y recupere el principio básico sobre el cual se fundó la nación: que la autoridad solo es legítima cuando emana de la voluntad libremente expresada de los ciudadanos.