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Por Pbro. Edduar Molina

Desde mi Parroquia

“Reconstruir la Nación” por Pbro. Edduar Molina



Desde mi Parroquia

“Reconstruir la Nación” por Pbro. Edduar Molina

Venezuela está rota. Hay escombros y rendijas mayores que los dejados por los sismos de la Guaira y Caracas. Estamos con los corazones agrietados por el dolor la desesperanza y el agotamiento espiritual.

A un mes de la tragedia, nuestra mirada se une a la de tantos hombres y mujeres de buena voluntad que apostamos de manera firme y decidida en un solo propósito: “reconstruir la nación”.

La reconstrucción exige manos, maquinaria, conocimiento científico y recursos. Pero también necesita una nueva arquitectura espiritual. Un solo equipo de emergencia no resolverá por sí sola todos los problemas del país. Se requiere la disposición y voluntad de todos, una verdadera metanoia, palabra bíblica que proviene del griego y significa "transformación espiritual", es decir, el cambio de la forma de ser, pensar, vivir y sentir de cada venezolano.

No basta con remover los escombros. Es apremiante la remoción de corazones endurecidos, tal como lo reclamó Isaías: “Endurece el corazón de este pueblo, y cierra sus oídos” (Is 6,10).

Venezuela, la patria que amamos y nos duele a todos, nos llama a asumir la actitud del buen samaritano, como lo recuerdan los obispos en la reciente pastoral, estamos llamados a ser “Samaritanos, testigos de la esperanza” (Lc 10, 33-34), tenemos el compromiso de acompañar el dolor de las familias damnificadas. Pero también de responder a las inquietudes de fe y trazar un camino para la reconstrucción espiritual y material de la patria.

En cada corazón venezolano existen profundas heridas como la intolerancia, los enfrentamientos, la descalificación hacia quienes piensan distinto, la crueldad hacia los más débiles y las distintas formas de discriminación que han dividido el país en dos pedazos, la llamada es a asumir una actitud de compasión verdadera que lleve a aliviar el sufrimiento de quienes lo han perdido todo. Actuar con compasión y cercanía en favor de los que más sufren, es la opción preferencial, nos exhortan los pastores venezolanos.

Una sociedad que se reconoce en el dolor del otro, forma un espíritu de solidaridad desde el más profundo sentimiento de entender que esto que nos pasó, nos pasó a todos y que todos podemos tenemos algo por hacer y aportar. Que nadie se quede indiferente.

El manifiesto del Movimiento Comunión y Liberación, ante la tragedia del 24 de junio, reflexiona: “es necesario dejarse conmover por el dolor del otro, orar por las víctimas y los afectados, favorecer el encuentro y la escucha, y reconocer que el otro que sufre es parte de mí. Con el corazón desarmado y en esta hora tan dramática, le pedimos al Señor: ¿cómo seguirte y servirte mejor en este momento histórico? Porque el verdadero desafío para nosotros los cristianos no será solo levantar de nuevo hogares e infraestructuras: será reconstruir la humanidad de cada persona…

En la sabiduría africana, en la cultura ubuntú, existe esta sentencia: “Yo soy porque nosotros somos”. Es el momento de ser con y para los otros, es la verdadera resiliencia y compasión, dos palabras que cobran sentido, y que suponen la experiencia real de sufrir con los que sufren, no decir mucho sino escuchar, aliviar el dolor acompañando con libertad, y alegría sin esperar nada a cambio.

En el mensaje pastoral de los Obispos venezolanos se insiste en que “la reconstrucción nos exige también hacernos eco de la indignación de las víctimas de los terremotos que se vieron desatendidas por las instituciones públicas”. Ser voz de los que no la tienen, “velar para que en las labores de reconstrucción no se repitan los mismos errores que en el pasado, ya que, de lo contrario, los más débiles volverán a sufrir las consecuencias de la corrupción y la indolencia”.

Que el Señor nos ayude a ser samaritanos compasivos, sufrir con el otro, reconocer su dignidad sagrada y comprometernos gratuitamente para aliviar su dolor y para acabar con sus causas. La compasión verdadera nace de haber experimentado las entrañas de misericordia del Padre, que entrega lo que más ama por nuestro bien: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

No olvidemos la experiencia colectiva que generó los logros del mundial de fútbol, el valor del trabajo en equipo y de los sueños compartidos. Con ese espíritu, mantengamos en Venezuela la pasión por el bien común y la confianza en que los venezolanos somos como el junco, nos doblegan las adversidades, pero la esperanza y la fe de este pueblo nos levantan para alcanzar grandes objetivos cuando soñamos y trabajamos juntos.


Mérida, 26 de julio de 2026