Mérida, Julio Domingo 26, 2026, 08:41 am
Venezuela está rota. Hay escombros y rendijas
mayores que los dejados por los sismos de la Guaira y Caracas. Estamos con los
corazones agrietados por el dolor la desesperanza y el agotamiento espiritual.
A un mes de la tragedia, nuestra mirada se une a la
de tantos hombres y mujeres de buena voluntad que apostamos de manera firme y
decidida en un solo propósito: “reconstruir la nación”.
La reconstrucción exige manos, maquinaria,
conocimiento científico y recursos. Pero también necesita una nueva
arquitectura espiritual. Un solo equipo de emergencia no resolverá por sí sola
todos los problemas del país. Se requiere la disposición y voluntad de todos, una
verdadera metanoia, palabra bíblica que proviene del griego y significa
"transformación espiritual", es decir, el cambio de la forma de ser,
pensar, vivir y sentir de cada venezolano.
No basta con remover los escombros. Es apremiante
la remoción de corazones endurecidos, tal como lo reclamó Isaías: “Endurece el corazón de este pueblo, y cierra
sus oídos” (Is 6,10).
Venezuela, la patria que amamos y nos
duele a todos, nos llama a asumir la actitud del buen samaritano, como lo recuerdan
los obispos en la reciente pastoral, estamos llamados a ser “Samaritanos, testigos de
la esperanza” (Lc 10, 33-34), tenemos el compromiso de
acompañar el dolor de las familias damnificadas. Pero también de responder a
las inquietudes de fe y trazar un camino para la reconstrucción espiritual y
material de la patria.
En cada corazón
venezolano existen profundas heridas como la
intolerancia, los enfrentamientos, la descalificación hacia quienes piensan
distinto, la crueldad hacia los más débiles y las distintas formas de
discriminación que han dividido el país en dos
pedazos, la llamada es a asumir una actitud de compasión verdadera que lleve a
aliviar el sufrimiento de quienes lo han perdido todo. Actuar con compasión y cercanía en favor de los que más sufren, es la opción
preferencial, nos exhortan los pastores venezolanos.
Una
sociedad que se reconoce
en el dolor del otro, forma un espíritu de solidaridad desde el más profundo sentimiento
de entender que esto que nos pasó, nos pasó a todos y que todos podemos tenemos
algo por hacer y aportar. Que nadie se quede indiferente.
El manifiesto del Movimiento Comunión y Liberación,
ante la tragedia del 24 de junio, reflexiona: “es necesario dejarse
conmover por el dolor del otro, orar por las víctimas y los afectados,
favorecer el encuentro y la escucha, y reconocer que el otro que sufre es parte
de mí. Con el corazón desarmado y en esta hora tan dramática, le pedimos al
Señor: ¿cómo seguirte y servirte mejor en este momento histórico? Porque el
verdadero desafío para nosotros los cristianos no será solo levantar de nuevo
hogares e infraestructuras: será reconstruir la humanidad de cada persona…”
En la sabiduría africana, en la cultura ubuntú, existe
esta sentencia:
“Yo soy porque nosotros somos”. Es el momento de ser con y para los
otros, es la verdadera resiliencia y compasión, dos palabras que cobran sentido, y que suponen la
experiencia real
de sufrir con los que sufren, no decir mucho sino escuchar, aliviar el dolor acompañando
con libertad, y
alegría sin esperar nada a cambio.
En el mensaje pastoral de los Obispos venezolanos se insiste
en que “la reconstrucción nos exige también hacernos eco
de la indignación de las víctimas de los terremotos que se vieron desatendidas
por las instituciones públicas”. Ser
voz de los que no la tienen, “velar para que en las labores de reconstrucción
no se repitan los mismos errores que en el pasado, ya que, de lo contrario, los
más débiles volverán a sufrir las consecuencias de la corrupción y la
indolencia”.
Que
el Señor nos ayude a
ser samaritanos compasivos, sufrir
con el otro, reconocer su dignidad sagrada y comprometernos gratuitamente para aliviar
su dolor y para acabar con sus causas. La compasión verdadera nace de haber
experimentado las entrañas de misericordia del Padre, que entrega lo que más
ama por nuestro bien: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único,
para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,
16).
No olvidemos la experiencia
colectiva que generó los logros del mundial
de fútbol, el valor del trabajo en
equipo y de los sueños compartidos. Con ese espíritu, mantengamos
en Venezuela la pasión por el bien común y la confianza en que los venezolanos somos
como el junco, nos doblegan las adversidades, pero la esperanza y la fe de este
pueblo nos levantan para alcanzar grandes objetivos cuando soñamos y trabajamos
juntos.
Mérida, 26 de julio de 2026