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Por Giovanny Marquina

Mi Lucha...De Landsberg a Yare por Giovanny Marquina



Mi Lucha...De Landsberg a Yare por Giovanny Marquina

El 18 de julio de 1925 vio la luz uno de los manifiestos más oscuros de la historia moderna: Mi lucha (Mein Kampf), de Adolf Hitler. Aunque la distancia temporal insinúe que se trata de un vestigio del pasado, su andamiaje ideológico sigue trágicamente vigente. La instrumentalización del odio, la invención de un enemigo existencial y la deshumanización del vulnerable para apalancar el poder no son reliquias del siglo XX, mecanismos que reaparecen hoy bajo nuevos ropajes.

El origen del texto se remonta a 1924, tras el fallido golpe de Estado conocido como el Putsch de la Cervecería. Condenado por alta traición, Hitler cumplió una breve pena en la prisión de Landsberg am Lech, donde dictó la primera parte del libro a sus compañeros de celda, principalmente a Rudolf Hess. Bautizado originalmente con el grandilocuente título. Cuatro años y medio de lucha contra las mentiras, la estupidez y la cobardía, fue el editor Max Amann quien lo redujo a la fórmula que pasaría a la historia.

Más allá del dato historiográfico, la obra es un manual para entender cómo operan los discursos autoritarios a través de patrones retóricos recurrentes. Al examinar los paralelismos entre la estrategia ideológica de Hitler en 1925 y la retórica empleada por Hugo Chávez a partir de 1992, emergen coincidencias directas en la manipulación de la posverdad, la victimización y el mesianismo.

En primer lugar, ambos convirtieron insurrecciones violentas y fracasadas en el mito fundacional de su proyecto político. En Landsberg, Hitler usó su reclusión para proyectarse no como un golpista derrotado, sino como un mártir predestinado a rescatar a la nación. Siete décadas después, tras el fallido golpe del 4 de febrero de 1992 contra Carlos Andrés Pérez, Chávez aprovechó su arresto en la cárcel de Yare para moldear su imagen pública. A través de manifiestos y entrevistas, construyó minuciosamente la figura del redentor popular.

En segundo lugar, ambos abrazaron la táctica del camuflaje democrático. Tras salir de prisión, Hitler juró respetar la "vía legal" de la República de Weimar, moderando su discurso para ganarse el favor de la burguesía y el empresariado antes de devorar el Estado en 1933. Chávez aplicó la misma cartilla durante la campaña electoral presidencial en diciembre de 1998, específicamente en una famosa entrevista concedida a la periodista Jorge Ramos de Univisión, negó rotundamente la agenda radical que más tarde implementaría, cito: "Yo no soy comunista, ni soy socialista... Yo no voy a nacionalizar nada, ni voy a expropiar a nadie. Queremos inversiones privadas", aseguraba frente a las cámaras. Una vez desmantelados los contrapesos institucionales mediante la Constitución de 1999,. Luego ejecutó un giro de 180 grados al proclamar en 2005 el "Socialismo del Siglo XXI", dando paso a una ola sistemática de expropiaciones y centralización económica.

Por último, ambos manosearon la etiqueta del "socialismo" para polarization a la sociedad y moldear un enemigo a la medida. En el Nationalsozialismus, Hitler no empleó el concepto en sentido marxista, sino como un anzuelo demagógico para cohesionar a las clases trabajadoras bajo una identidad colectivista de raza y Estado, enfrentada al "parásito judeo-bolchevique". Chávez, por su parte, reestructuró el relato polarizando entre el "pueblo heroico" y la "oligarquía apátrida" subordinada al "imperialismo". Bajo el pretexto de la justicia social, el modelo arrasó con el aparato productivo privado e instauró la dependencia absoluta del Estado.

Los colapsos sistémicos no ocurren por accidente, se construyen con demagogia y desmantelamiento institucional. Así como el Führerprinzip concentró la voluntad estatal en un solo hombre y anuló al Parlamento, la erosión de la independencia de poderes en Venezuela convirtió a las instituciones en herramientas de dominación. La implantación de este libreto derivó en una crisis humanitaria compleja, hiperinflación, la destrucción del tejido social y el éxodo masivo de millones de ciudadanos. Tras décadas de hegemonía, el país se encuentra atrapado en una fragilidad soberana extrema, condicionado a la dependencia externa y a complejas negociaciones internacionales para intentar reconstruir su gobernabilidad y su futuro democrático.