Mérida, Agosto Lunes 10, 2026, 07:17 am
Alberto
Rómulo Adriani Mazzei (Zea, 1898 - Caracas,1936) cumple este 9 de agosto 90
años de su fallecimiento. Su memoria nos invita a la reflexión en torno al
preclaro enfoque de desarrollo nacional que nos dejó el ilustre economista,
diplomático y estadista merideño, fallecido tempranamente en Caracas cuando
entregaba su conocimiento y sus ideas en el naciente país postgomecista, junto
al Presidente Eleazar López Contreras. A casi un siglo de su partida, el
pensamiento de Adriani se mantiene con una vigencia asombrosa, lo que constituye
un faro de orientación estratégica frente a los desafíos productivos,
ambientales y sociales de la Venezuela contemporánea.
Reconocido
históricamente por su agudeza para interpretar los desequilibrios de la
economía venezolana y latinoamericana, y por su rol fundacional en la
reorganización del Estado moderno —primero como Ministro de Agricultura y Cría
y posteriormente de Hacienda—, Adriani trasciende lo convencional. En escritos
fundamentales sobre su legado, el exministro del Ambiente e intelectual venezolano,
Dr. Arnoldo José Gabaldón Berti, lo ha calificado con acierto como el precursor
del desarrollo sostenible en Venezuela, al reconocer cómo sus
planteamientos se adelantaron por varias décadas a los conceptos globales de
sostenibilidad, conservación ambiental y equidad social.
En
una época en que el país comenzaba a encandilarse con la ilusión de la
abundancia petrolera, Alberto Adriani advirtió tempranamente sobre los riesgos
del modelo extractivista. Para Adriani, los recursos minerales e hidrocarburos
representaban una riqueza precaria, transitoria y en gran medida subordinada al
capital extranjero. Por ello, abogó por no convertir a Venezuela en un estado
parásito y dependiente de una actividad agotable que, además, entrañaba severos
costos y secuelas ambientales a escala mundial.
En
contraste con la voracidad rentista, Adriani promovió una visión integral del
territorio. En sus ensayos reunidos en el compendio póstumo “Labor
Venezolanista” (1937), subrayó que los planes de desarrollo debían
fundamentarse en el estudio científico del entorno físico-biótico: suelos,
aguas, clima, flora y fauna. Así, mucho antes del auge de la ecología política
moderna, entendió la naturaleza y los bienes naturales, no como un botín de
explotación irrestricta, sino como un patrimonio común e interdependiente que
exigía conservación, uso racional de las cuencas e interconexión solidaria con
el planeta.
La
piedra angular del pensamiento adrianista reside en la articulación entre
preservación ambiental y beneficio social. Frente al enclave minero-petrolero,
Adriani enarboló la bandera de la agricultura moderna, la diversificación
productiva y el fortalecimiento de la vida rural como la verdadera fuente de
soberanía, prosperidad permanente e independencia nacional.
Para
el estadista zedeño, el desarrollo económico carecía de sentido si no generaba
un impacto directo en la dignificación de los sectores más desfavorecidos. De
allí que su propuesta de una economía solidaria contemplaba: 1) Seguridad y
soberanía agroalimentaria, para apoyar al campesino y al pequeño productor
con asistencia técnica, crédito, infraestructura y educación, garantizando el
sustento autónomo de la nación; 2) Justicia distributiva, mediante la
reorganización del gasto público y los tributos para reinvertir la renta petrolera
en servicios de salud, saneamiento, educación liberadora y empleo productivo,
protegiendo a las familias vulnerables; y 3) Trabajo no agresivo con el
ambiente, fomentando prácticas agropecuarias y forestales tecnificadas respetuosas
del equilibrio ecológico local y de la vocación natural de los suelos y el
ambiente.
Esta
visión inspiró la célebre máxima de "sembrar el petróleo", formulada
posteriormente por Arturo Uslar Pietri a partir de las tesis económicas de
Adriani, lo que implicaba para la época la urgente transformación de la renta del
petróleo en capital humano, crédito agrícola y capacidad productiva sostenible.
Dado
el devenir de nuestra historia y de los grandes problemas económicos, sociales,
culturales y ambientales no resueltos, el análisis de la obra de Alberto
Adriani y su proyecto de país conduce a reafirmar que su pensamiento no perteneció
solo al pasado, sino que sigue constituyendo una tarea pendiente a materializar
por las generaciones actuales y futuras.
Hoy,
cuando Venezuela padece las consecuencias de un modelo dependiente de la renta petrolera,
que no generó el bienestar y el desarrollo humano integral para la nación y sus
habitantes, retomar las lecciones adrianistas es un imperativo ético y
socioambiental, que puede conducirnos a aprovechar de manera sostenible las
grandes ventajas que ofrecen nuestras riquezas naturales, nuestras capacidades
humanas y nuestro deseo ferviente por un desarrollo auténtico, con los menores
impactos y menores costos ambientales, y que no deje a nadie atrás.
Recordar
a Alberto Adriani este 9 de agosto es volver la mirada hacia la ética del
trabajo, el respeto a la tierra y la construcción de una economía socialmente
solidaria y ecológicamente responsable. Su vida, corta pero luminosa, nos
recuerda que el verdadero progreso de una nación se mide por su capacidad de
prosperar en armonía con la naturaleza y en beneficio prioritario de quienes
más lo necesitan.
Mérida, 4 de agosto de 2026.