Mérida, Septiembre Jueves 03, 2026, 01:07 am
Todavía millones de seres humanos padecen hambre. El hombre dispone de facilidades y servicios que no imaginaron los antiguos. Transmite su imagen y su voz a distancia. Miles habitan y trabajan en torres de babel. Sus máquinas le ayudan “a pensar”. Ha vencido muchas enfermedades y no pocos viven con órganos de otros. Es capaz de volar, orbitar la tierra y aun pisar la luna. Naves inmensas trasladan sus productos. También fabrica armas que podrían destruir el planeta. Pero, según “El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2026” (ONU), no ha calmado el hambre de sus hermanos.
El Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, aprobado por la Asamblea General de las Naciones Unidas (Resolución 2200 A (XX) del 16 de diciembre de 1966, vigente desde el 3 de enero de 1976) al que adhieren 173 estados, establece (art. 11) el derecho de toda persona a un nivel de vida adecuado: esto incluye, entre otros, el de disponer de alimentación, vestido y vivienda. Tal precepto crea la obligación de los estados-parte de trabajar cada uno y en conjunto para eliminar el hambre en el mundo. El pacto mencionado forma parte de un conjunto normativo que intenta formular un enunciado general y universal de los derechos de las personas: lo integra junto a la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y el Pacto de los Derechos Civiles y Políticos (1976). Conviene aclarar que como “inherente” al ser humano el derecho a la alimentación no requiere consagración legal.
El derecho a la alimentación es inherente a la persona. Surge de su naturaleza, como el derecho a vivir, pensar, ver, oler, hablar, escuchar, caminar, amar. No requiere expresión legal para su reconocimiento. Lo proclama la Constitución venezolana (art.22). El poder está obligado a protegerlo para que sea efectivo. La humanidad ha tenido siempre como actividad principal la obtención de alimentos. De la misma, en las grutas de los orígenes, cazadores-recolectores dejaron extraordinarios testimonios. Se hicieron nómadas cuando los recursos se agotaron. Caminaron y marcaron sus pasos. Antes o durante la marcha aprendieron a criar animales para satisfacer necesidades. Se asentaron cuando descubrieron cómo cultivar plantas y la posibilidad de intercambiar productos: se convirtieron en agricultores y comerciantes. Desde los inicios, pues, los antiguos aseguraron su supervivencia gracias a su capacidad para aumentar y mejorar la producción de alimentos. En esa tarea exigieron –y aún exigen– atención a sus dirigentes.
El desarrollo de la agricultura no se produjo en todas partes al mismo tiempo. Fue lento y diverso porque las circunstancias y las técnicas y máquinas que lo permitieron no concurrieron en un solo momento sino a lo largo de milenios. Los pueblos que lo lograron primero (China, India, el Creciente Fértil) avanzaron más que aquellos donde no ocurrieron ciertas coincidencias históricas o se observaron tardíamente. En todo caso, marcó el inicio de la cultura neolítica y la multiplicación de la humanidad, con todas sus consecuencias. Pero los progresos de la agricultura no libraron –ni libran– a los seres humanos de las hambrunas. Hasta mediados del siglo XVIII eran causadas por fenómenos naturales: cataclismos, inundaciones, variaciones climáticas. Las plagas destruían los cultivos, las epidemias dejaban sin trabajadores las tierras en producción. Algunas del comportamiento humano: invasiones, guerras, decisiones políticas. Hoy en buen número son resultado de ese factor, consciente de sus acciones. Paradójicamente, cuando se iniciaron (s. XVII) las acciones que permitieron aumentar la producción de alimentos –la llamada “revolución agrícola”– se crearon las condiciones para que millones de trabajadores y sus familias sufrieran hambre en las barriadas de la sociedad industrial. El rechazo de principios fundamentales (la dignidad humana) o la aceptación de ideas o prácticas equivocadas (la libertad económica absoluta o el afán de lucro) propiciaron que se extendiera la miseria y la malnutrición. Las revoluciones “liberadoras” impusieron medidas que generaron terribles catástrofes humanas (la colectivización de Stalin o el salto adelante de Mao). Ahora, “el recalentamiento global” es, en parte, consecuencia del maltrato a la naturaleza por parte del ser humano. Tres de las cuatro primeras economías (Estados Unidos, China e India), en los hechos, rechazan limitar las actividades contaminantes de la atmósfera. Los hombres contribuyen al deshielo de los polos. Además, los alimentos, abundantes, no se distribuyen con equidad
Durante el año 2025 en el mundo 645 millones de personas padecieron hambre. Representan 7,8% de la población mundial. Un alto porcentaje eran niños, muchos de los cuales murieron por esa causa. No pudieron vivir para desarrollar sus capacidades, ni siquiera cumplir alguno de sus sueños infantiles. Fueron como capullos cortados antes de abrirse. Los informes de varios organismos de las Naciones Unidas señalan que aquella cifra está en descenso; pero, el mismo es muy leve: eran 660 millones (8,1% de la población total) en 2024 y casi 688 millones (8,6%) en 2022. Por otro lado, a las cifras mencionadas debe agregarse quienes enfrentan inseguridad alimentaria moderada. Eran 2.100 millones en 2025 (25.8% de la población global). También esa cifra está en descenso: en 2024 eran 2.185 millones (27,1%) y 2.235 millones (28,1%) en 2022. Se leen fácilmente esos números. Pero, cada uno representa millones de vidas, de realizaciones, de esperanzas.
El porcentaje de quienes sufren hambre no es el mismo en todas las regiones, ni siquiera entre todos los países de una región. Tampoco el descenso observado en los últimos años es uniforme. Debido a su escaso desarrollo –y a sus problemas seculares– el mayor porcentaje de personas afectadas por inseguridad alimentaria vive en África: en 2025 más de la mitad de su población, 874 millones (o 56,6%); y también el mayor número de quienes padecieron hambre: 309 millones (o 20%), ambas cifras en descenso moderado desde 2023. En aquella fecha (2025) enfrentaban inseguridad alimentaria: 20,3% de la población en Asia, 22,9% en América Latina y Caribe y 8,7% en Norteamérica y Europa. Aunque en América Latina el número de personas que sufren hambre es alto (30 millones), algunos países han logrado reducirlo a mínimos. Son: Brasil (desde 2012), Costa Rica (2013), Uruguay (2015), Chile (2021), Guyana (2021) y República Dominicana (2026).
Según El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2026 citado, 5,3% de la población venezolana se ve afectada por el hambre. Dado que la población del país es de 28,518 millones, aquel porcentaje indica que 1,512 millones pasan hambre en forma permanente y muchos se encuentran en inseguridad alimentaria moderada. Pero las cifras mencionadas no son reales, pues el salario mínimo era (25.06.2025) de Bs.130 equivalentes a $1.2 (cambio oficial). Hoy es aún menor ($0,16) por la devaluación constante de la moneda. De otra parte, se han reducido los programas de entrega de alimentos (cajas CLAP) a los sectores de menores recursos: en 2023, con escaso contenido, solo las recibieron mensualmente 38,7% de las familias. En 2024 el programa de alimentación escolar atendió a 67% de los niños escolarizados, que representaban 33.7% del total de aquellos en edad escolar (Encuesta Nacional de Condiciones de Vida, Encovi, 2023 y 2024 UCAB).
La situación no es alentadora y sin señales de cambio se extiende la angustia entre los venezolanos. El hambre es un mal extendido en todas las regiones (incluida el área metropolitana de Caracas). Los salarios son muy bajos y la producción de alimentos ha caído. No hay divisas para importar. Solo pocos comen bien: los generales, pero no la tropa; los jerarcas de la administración, pero no los funcionarios; los empresarios, pero no sus empleados; los productores, pero no sus trabajadores. La encuesta Encovi de julio.2024 (UCAB) mostró que, aunque la situación había mejorado con relación a 2020 (año de la Covid-19): 78.1% tenía preocupación por quedarse sin alimentos, 53,6% dejó de comer alimentos saludables, 41.1% se quedó sin alimentos y porcentajes apreciables dejaron de hacer una comida (27,1%) o hicieron una sola o ninguna durante el día (8.7%). ¡Por eso, en las calles, muchos buscan comida entre los pipotes de basura!
La sociedad no ha sido capaz de asegurar la subsistencia de todos los seres humanos. Anualmente mueren de hambre o como consecuencia de sus efectos millones de personas (incluso, en países desarrollados). Sin embargo, con los alimentos que se producen, todos podrían satisfacer sus necesidades. No se trata de quitar a unos para dar a otros, sino de establecer un sistema justo de distribución, sin asignar a quien ya tiene ni destruir los excedentes. San Ambrosio de Milán advertía (s. IV): “Alimenta al que muere de hambre, porque si no lo alimentas lo matas”. Lo recordó la Constitución Gaudium et Spes (1965).
X: @JesusRondonN