Mérida, Octubre Jueves 01, 2026, 05:02 pm
Este fin de semana (25 al 28 de septiembre) León XIV cumplió uno de los viajes más arriesgados emprendidos como jefe de la Iglesia Católica en estos días de cambios constantes. No estaba en peligro su seguridad personal (aunque siempre es posible un atentado terrorista), pero sí estaba en discusión el papel de su Iglesia en un país que se pretende “laico” —término equívoco— al tiempo que se declara centro de la civilización cristiana occidental. A juzgar por las demostraciones de fe vividas en ambientes de París, Lourdes y Metz, el catolicismo conserva la fuerza necesaria para influir en el destino de Francia.
Desde el siglo V la Iglesia ha jugado un papel importante en la evolución de la nación francesa (inexistente entonces). Aunque los apóstoles o sus discípulos no realizaron la evangelización de las Galias, al momento de la desintegración del Imperio la Iglesia ya estaba integrada en la sociedad. Por eso, el bautismo de Clodoveo, rey de los francos (de origen germánico) que se establecieron al norte, permitió la unificación política y religiosa de las antiguas y distintas regiones. Por tal hecho, se llama a Francia «la hija mayor de la Iglesia». La ha acompañado a lo largo de su historia: para detener el avance del islam o liberarse de la ocupación inglesa, en la construcción de catedrales o la fundación de universidades, para dejar alguna obra positiva en sus aventuras coloniales o impulsar la construcción de Europa. En fin, para animar a sus defensores en los peligros y moderar sus sentimientos en las victorias.
Son muchos los aportes franceses al catolicismo universal. Recordemos algunos: Guillermo de Aquitania y el monje Bernon establecieron (910) la abadía de Cluny; san Bruno fundó (Chartreuse, 1084) la orden de los cartujos; y Roberto de Molesmes dio origen (reforma benedictina, 1098) a la del Císter, que alcanzó gran expansión con Bernardo de Claraval. Desde 1615, misioneros franceses iniciaron la evangelización de Quebec. Se les unieron (1630) congregaciones de monjas que organizaron los servicios de educación y salud. Dos siglos más tarde (1868) los «padres blancos» dieron impulso a la evangelización africana. Además, predicaron el humanismo. Su herencia es esperanza de la Iglesia: Frédéric Ozanam y Jean-Baptiste Henri Lacordaire (comienzos del siglo XIX) fueron adelantados de la doctrina social de León XIII y de la democracia cristiana; Jacques Maritain puso fundamento filosófico a esa acción social y política; y Robert Schuman promovió la construcción de Europa, tras siglos de guerras entre sus principales naciones.
¿Por qué es usted católico?, le preguntó un periodista al expresidente Nicolás Sarkozy en un programa de alta audiencia televisiva. Su respuesta, inmediata, fue sencilla: “Porque nací francés”. En efecto, probablemente no lo sería si hubiera nacido en Japón, en Birmania, en Irak, en Guinea o aún en Guyana. Porque, como él mismo lo explicó, la religión —junto con la historia y la lengua— constituye un elemento esencial de la cultura. Determina los valores, las normas y las prácticas que la distinguen, y se transmite a lo largo de generaciones. Tal afirmación no implica la negación de la libertad religiosa, porque precisamente para los cristianos ella forma parte de los derechos fundamentales del ser humano, siendo imprescindible para el desarrollo pleno de la personalidad de cada uno. Por eso, superado el sectarismo que se impuso en algunos lugares por razones políticas, hoy se garantiza en forma amplia en los países de mayoría católica.
La religión informa la cultura de un pueblo. No es su único elemento, pero es de los más influyentes, también en Francia. En tal sentido, León XIV afirmó desde el Palacio del Elíseo que es “una tierra de profundas raíces cristianas”, que —agregamos— se mantienen a pesar del laicismo imperante (que algunos confunden con ateísmo). Asimismo, recordó desde allí mismo que el lema de la república (Libertad, Igualdad, Fraternidad) está formado “con exigencias éticas que encuentran [su origen] en el Evangelio”. En realidad, entre los humanistas franceses destacaron siempre los de fe cristiana, de gran influencia en el mundo: Montaigne, Descartes, Pascal, Racine; Vicente de Paúl y Juan Bautista de La Salle, benefactores; Claudel, Valéry, Péguy, poetas; Jean-Marie Vianney, Teresa de Lisieux y Carlos de Foucauld, místicos; y en tiempos más recientes, Mounier, Marcel, Bernanos, Teilhard de Chardin, Mauriac. Valores evangélicos (el amor al prójimo, la compasión) expresó también Víctor Hugo (de relación controversial con la Iglesia).
Después de años de decadencia, el catolicismo francés (en retiro casi voluntario) vive un verdadero renacer. El materialismo, la deshumanización y el hedonismo (males del tiempo que denunció con fuerza Benedicto XVI) alejaron a millones del espíritu y la práctica del cristianismo. Pero los excesos de la libertad (mal entendida) no pudieron satisfacer las aspiraciones del ser humano en el momento en que creía dominar su vida y el medio que la rodea. Como lo ha señalado el propio León XIV, se ha manifestado una “sed de espiritualidad”. No basta la satisfacción material; en el hombre habita algo más —que trasciende aquella dimensión— que reclama su atención. El hombre “no es resultado de un accidente del cosmos”, sino más bien expresión individual de la voluntad de un Creador que lo dotó de una esencia espiritual y racional. Por eso aspira a la realización plena, que nadie puede dictarle, y a la trascendencia.
Desde años recientes, los estudios de opinión muestran un resurgimiento del espíritu cristiano. Como tras otros periodos de crisis, se observa un nuevo impulso que se traduce en una recuperación de espacios —si cabe la expresión— en las almas: las iglesias han vuelto a llenarse de fieles (no solamente de turistas), aumenta el número de bautizados (especialmente jóvenes), algunas prácticas como las peregrinaciones atraen a un mayor número de participantes, y crece el interés por actividades ligadas al culto divino. El incendio de la catedral de Notre-Dame (París, 15 de abril de 2019) provocó un sentimiento de pérdida nacional: entonces, todos se empeñaron en su reconstrucción. Existe ahora inquietud por conocer la doctrina, historia, organización y obra de la Iglesia (que no se limita a lo que le es más propio), importantísima en la educación y atención a los necesitados, manteniendo 7.220 establecimientos educativos con más de 2.060.000 alumnos y 13 institutos universitarios con más de 80.000 estudiantes.
El catolicismo es la religión mayoritaria en Francia, aunque el porcentaje de sus fieles se ha reducido: del 85% hace 65 años al 46% en 2025 (76% ha sido bautizado). Comúnmente se cree que es consecuencia de la revolución de 1789 y del laicismo impuesto por la ley de 1905. Sin embargo, tras aquellos sucesos la Iglesia mantuvo su vitalidad y contribuyó a la recuperación nacional después de duras derrotas (1870 y 1940). Además, la separación entre Iglesia y Estado era necesaria y conveniente, pues garantizaba los derechos fundamentales de las personas. En verdad, la explicación debe buscarse en otras causas: en las últimas décadas, Francia —como el mundo— ha estado sometida a dos grandes procesos de cambio: la revolución de la cultura (y costumbres) y la revolución cibernética. Nada —ni aun el ámbito de la actividad religiosa— escapa a sus efectos. Providencialmente, la Iglesia había comenzado su propia renovación poco antes de iniciarse tales procesos.
La revolución cibernética puede producir muchos beneficios a la humanidad. Las máquinas, en efecto, son instrumentos útiles en manos de los seres humanos, pero ellos deben decidir siempre los objetivos a lograr y mantener el control de su utilización. Desde 2020 el Vaticano convocó a distintos sectores para afirmar estos principios, ya que se vislumbraban dos peligros: la alienación del hombre a la máquina (sin la cual no puede obrar, haciéndolo sentir un poderoso y pequeño dios descreído) y la autonomía de la máquina (a la que se dota del poder de actuar por sí misma, incluso para destruir a su creador). Mientras tanto, el ser humano se mantiene indefenso; la máquina no lo libera de enfermedades, carencias ni inclinaciones como la de abusar de los débiles (los niños). Solo él mismo lo puede hacer, auxiliado por la fe en su destino trascendente y por su amor a los otros.
En muchos sectores de la sociedad francesa se aprecia una renovación impetuosa —en verdad, un renacer— del catolicismo, hasta hace poco en retirada ante los ataques de grupos diferentes (de derecha y de izquierda). Lo afirman algunos de sus prelados, notablemente los cardenales Aveline de Marsella y Bustillo de Ajaccio, creados por Francisco, sus rostros más visibles. Su mejor expresión son los jóvenes: ya los templos no están vacíos; los llenan multitudes que participan activamente en las celebraciones, mostrándose orgullosos de una historia que comparten la nación a la que pertenecen y la Iglesia en la que militan.
X: @JesusRondonN