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Por Arinda Engelke

Frontera Literaria por Arinda Engelke



Frontera Literaria por Arinda Engelke

El último refugio de las palabras: adiós a la Librería Temas

Hay decisiones que no se toman con la razón, sino con el corazón fracturado. Durante años, la Librería Temas no fue simplemente un comercio; fue un faro, un punto de referencia cultural no solo para nuestra ciudad, sino para toda Venezuela. En sus anaqueles no habitaban simples productos manufacturados, sino ideas, consuelos, historias y certezas. Porque ningún librero abre sus puertas para enriquecerse en términos materiales: el verdadero capital de un librero se mide en las conversaciones compartidas, en la recomendación precisa al lector desvelado y en el amor incondicional por la palabra escrita.

Entre los salones y estantes de Librería Temas se moldearon vidas y se celebraron lazos entrañables. Fuimos refugio de tantas parejas que se citaban allí para conversar en voz baja rodeadas de libros; fuimos testigos complacientes de quienes se conocieron entre nuestros pasillos, terminaron casándose y, con el tiempo, volvieron llenos de orgullo a visitarnos acompañados de sus hijos... ¡e incluso de sus nietos!

Guardamos también anécdotas ligeras que nos roban una sonrisa, como aquella muchacha profundamente enamorada de un joven lector: ella, que no leía nada, llegó buscando desesperada un libro cuyo título recordaba vagamente como El Vaca Vaquita. Nuestro deber como atentos libreros fue descifrar con ternura que se refería al milenario texto sagrado, el Bhagavad Gita, y guiarla felizmente en su elección.

Otras veces, la responsabilidad del librero tocó fibras infinitamente más profundas. Recordamos cuando recomendamos con delicadeza la lectura de Carta a un niño que nunca nació, de Oriana Fallaci; aquel libro hizo el milagro deseado en el corazón de quien lo leía, la vida se abrió paso y, tiempo después, la madre regresó a la librería para presentarnos con emoción al bebé recién nacido.

Y cómo olvidar el día en que un pequeño de unos ocho años, asiduo visitante de nuestro rincón, llegó caminando con firmeza y sosteniendo entre sus manos su preciado cochinito de cerámica. Con la mirada fija en un hermoso libro de cuentos ilustrado que llevaba días admirando, nos dijo con absoluta determinación: «Puedes romper mi alcancía, creo que tengo suficiente». Y como el cliente siempre tiene la razón, con un martillo y un golpe certero abrimos su tesoro. Nos tocó contar con paciencia cada moneda y billete guardado. Como el monto no alcanzaba —incluso tras el gran descuento que de corazón le aplicamos—, su padre, que lo acompañaba en silencio, sacó su tarjeta y completó el faltante para que su hijo cumpliera su sueño. En medio de la emoción de todos los presentes, hasta las lágrimas, nada se comparó con la alegría radiante de ese niño cuando por fin pudo estrechar y abrazar su libro contra el pecho.

Son tantas y tan diversas las anécdotas acumuladas en estos años que darían, sin duda, para escribir todo un libro.

Lamentablemente, los tiempos difíciles y la asfixia cotidiana han terminado por cercar nuestro refugio. Vivimos atrapados en una dinámica vertiginosa donde el dólar imparable impone una carrera contra el tiempo y donde las familias deben obrar verdaderos milagros diarios para garantizar el sustento. En este panorama desgarrador, la disyuntiva resulta cruel e ineludible: ante la urgencia de la subsistencia, el pan siempre se impondrá sobre el libro, y las medicinas sobre la poesía, por más enamorado que se esté de la literatura.

A esta crisis económica, al peso constante de los servicios y a las implacables exigencias de la cosa pública, se le suma la irrupción implacable de la tecnología. Los libros electrónicos, las pantallas inmediatas y la presencia omnipresente de las inteligencias artificiales —que entregan el conocimiento en bandeja de plata al menor esfuerzo— han ido transformando de manera irreparable nuestros hábitos de lectura y la pausa que exige el libro físico.

Sostener un espacio cultural bajo esta presión combinada se volvió una tarea titánica. Hoy nos vemos en la dolorosa necesidad de bajar las santamarias y anunciar el cierre definitivo de Librería Temas.

Al pensar en esta despedida, resulta inevitable evocar el universo de Carlos Ruiz Zafón y su célebre Cementerio de los Libros Olvidados. Decía el autor barcelonés que «cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él». La Librería Temas fue, a su manera, un guardián de esas almas y de las vidas de todos ustedes. Y aunque el espacio físico apague sus luces, cada encuentro, cada sonrisa y cada historia que floreció en nuestro rincón seguirán vivos, resistiendo al olvido en el corazón de nuestra memoria colectiva.