Mérida, Octubre Martes 06, 2026, 11:56 pm
¡Qué difícil es verse a sí mismo y más
para quien nunca quiso hacer gala de sus buenas acciones! El padre Pernía fue abstinente en
todo, hasta en la notoriedad. En estos apuntes o notas autobiográficas nos
narra con sencillez los esfuerzos socio-comunitarios, las limitaciones,
acciones y luchas en la ejecución de algunas de sus obras sociales con visión
realista, aguda y profunda sin alterar para nada el orden de lo acontecido.
Ahora nos toca a nosotros darles contexto de cara a su santidad.
Néstor Abad Sánchez
Habiendo cursado apenas el 3° grado en la escuela del terruño que dirigía don Pedro Montilva, fui llevado al Seminario Menor de Mérida a la edad de 12 años que cumplí a principio de ese octubre de 1938, cuando comencé estudio de latín al mismo tiempo que hacía los otros grados de la Primaria.
En octubre de 1943, pasé a estudiar Filosofía y Teología en el Seminario Interdiocesano de Caracas.
Culminados esos estudios recibí la ordenación sacerdotal de manos de Monseñor Acacio Chacón, Arzobispo de Mérida, el día 26 de noviembre de 1950.
A la semana siguiente, en Guaraque, en medio de la solemnidad de su Fiesta Patronal, con el regocijo de los paisanos y la alegría de los familiares, celebré la primera Misa Cantada. Y poco después en Mesa Quintero la primera Nochebuena con misa que se celebrara allí.
En seguida y durante el año 1951 fuí enviado a Santa Cruz de Mora como Vicario Parroquial. De ahí pasé a Canaguá en enero de 1952, y fué la primera Parroquia que me tocó administrar sólo y todavía muy novato, a dos jornadas de Santa Cruz de Mora por camino de recuas.
Qué aislamiento entonces! El principal trabajo del Cura en Canaguá era administrar sacramentos a los enfermos graves, a 3, a 5, a 8 horas de camino, todas las semanas, además de visitar las remotas aldeas periódicamente, para celebración de misas, confesiones, primeras comuniones, bautizos, etc. Como se construía la Iglesia Parroquial, sin ayuda ninguna oficial, se quemaba en hornos con leña la cal, las tejas y ladrillos, y se hacían convites de los vecinos para lo mismo. La gente era buena de verdad. Sobre todo había todavía unos cuantos mayores, ellos y ellas, que le daban a uno ejemplo de vida. Recuerdo a Benito Mora, que usaba barba y tenía fama, no de santurrón sino de santo verdadero.
Ahí duré poco. Al año y medio, en 1953 fuí trasladado al norte del Estado, en los límites con Zulia y Trujillo, como párroco de San Cristóbal de Torondoy, muy grande el nombre pero el pueblo muy chiquito. Había que atender también a Palmira en los límites del municipio trujillano de Monte Carmelo, a Piñango y también a Arapuey.
La carretera Panamericana no se había terminado, ni se había colocado el puente sobre el río Chama en El Vigía. Para venir a Mérida había que viajar por Valera.
En 1956 en Bailadores, enfermó gravemente y murió en junio el párroco Pbro. Silvestre Pernía, de quién la gente decía que era mi tío, con ser de verdad pariente lejano. Entonces a Monseñor Chacón Arzobispo fácilmente se le ocurrió darme nombramiento de párroco sucesor (no de heredero!) de Bailadores poco después de aquella sentida muerte ese mismo año 1956.
Me costó no poco adaptarme y abrirme camino más allá de la rutina de la vida parroquial. Uno cometió muchas novatadas, pero de día en día fuí haciéndose al patio. Recuerdo que el primer año recorrí el Pueblo haciendo un censo parroquial casa por casa para ir conociendo la gente entre la que fuí encontrando mucha riqueza de humanidad y virtudes. Fueron muy pacientes y no se defraudaron de mi poquedad y falta de preparación y experiencia.
Una
semana después de la caída de la Dictadura, el 23 de enero de 1958 recuerdo la
primera Visita Pastoral que me tocó en Bailadores, la que practicó el entonces
Arzobispo Coadjutor de Mérida, quien fuera después, como Arzobispo de Caracas,
nombrado por el Papa Juan XXIII el primer Cardenal de Venezuela. Él, una
mañanita con viento frío al subir a la Iglesia para celebrar la misa, al pasar
por la Plaza junto a la estatua del Libertador, recuerdo todavía que me dijo: “Esta Casa Cural hay que cambiarla por
una más cerca de la Iglesia”… Me quedé sin comentario a lo que Monseñor
Quintero me decía, pero acabada la Visita Pastoral, a la semana siguiente
empecé, entusiasmado con aquel empujoncito, a poner por obra su propósito. Fuí
a Tovar y en el Campamento del M.O.P. de entonces solicité prestada una
excavadora o Bulldozer que bien pronto llegó a Bailadores y en cosa de dos días
se hizo el plano del actual Salón Parroquial que soporta la nueva casa,
contigua al templo y a su nivel, frente a la Plaza. Más la pobreza de la
feligresía y los recursos mínimos hacían esperar a que la “Romería del S. Niño” hiciera su recorrido aldea por aldea, cada
año.
El dicho salón no estuvo concluido sino hasta mayo de 1964, último de mi primera estadía en Bailadores, cuando para la Fiesta de las Madres se inauguró con una representación teatral muy sonada como aplaudida del grupo escolar Tulio Febres Cordero y dirigida por la bien recordada profesora Débora Matheus Bencomo de Mora.
He de mencionar que antes, en 1959, aprovechando la presencia en Bailadores de la Constructora Grespan que edificaba el Grupo T.F.C. solicité al Ministerio de Justicia una ayuda para la Iglesia parroquial y al poco recibí un cheque de treinta mil bolívares. De una vez pude contratar con aquella Constructora el cambio de los techos del Templo que eran de madera y láminas de asbesto por nuevos de hierro, cemento y tejas con cielo raso en la nave central.
El año 1962, apareció un pintor Italiano, de nombre Arnaldo Giordani, con su diploma y sus referencias, ofreciéndose para decorar ese cielo raso y toda la Iglesia si se quería. Le dije que no había “ni medio” para eso. Pero el hombre volvió al poco ofreciendo facilidades de pago, y, sin consultar con nadie, le dije: “Bueno pues, pinte y se verá!” En eso vino el 15 de mayo de 1962 y movilizamos a todo el mundo con la Fiesta de San Isidro y una vendimia que duró todo el día para colectar veinte mil Bs., que fue como recoger ahora veinte millones, alcanzando para terminar de pagar a la Constructora Grespan y asegurarle los pagos semanales al pintor
Lo demás sería hablar de la brega para formar una Liga Agraria y Cooperativa de Ahorro y Crédito, ensayos fallidos que acaso no sirvieron sino para defraudarse de eso.
Y
mencionar de paso los convites para mejorar o convertir caminos de recuas en
carreteros. Era un gozo rodar con un pequeño Jeep de los primeros modelos por
esos caminos renovados a base de puro sudor campesino y de puro entusiasmo.
_._._
De
1964 a 1968 hubo que atender la parroquia de Lagunillas en reemplazo del muy
recordado paisano Pbro. Trino Carrero que allí estuvo 16 años queridísimo de la
gente lagunillera.
Para
ir haciéndole olvidar la nostalgia en que quedaron por la ida del P. Carrero, y
la propia mía por haber dejado a Bailadores, no más llegado a Lagunillas,
además de la rutina parroquial se encarnó el eterno problema de la escasez de
agua en esa terraza de clima templado y de fértiles pero secos terrenos. La
gente soñaba con el agua para regadío, y mencionaban un Río Blanco en las
cabeceras del Mpio. Jají. En los primeros aguinaldos invité un grupo de
baqueanos, fuimos y venimos. El posible recorrido de un canal de riego sería de
20 Kms. aproximadamente! En las siguientes misas de aguinaldos convidé a
meternos a hacer una pica en la montaña hacia el Río que se llamó “la pica de
Río Blanco”. A comienzos de 1965 cuadrillas semanales de voluntarios fueron
turnándose hasta invertir unos diez mil jornales lo menos! hasta que el
entusiasmo comunitario fue decayendo cuando intervino el gobierno estadal
proponiendo otro proyecto, el de la quebrada Tostós, del otro lado del Chama
subiendo desde Las González. Por último, ninguno se realizó en cuanto a
proyectos de riego, y todo sirvió para que finalmente en los primeros años
ochenta se construyera un nuevo acueducto para consumo de las poblaciones de
Lagunillas y San Juan.
En
1968 fuí trasladado de la parroquia de Lagunillas a la Secretaría del
Arzobispado hasta que a principios de 1971 se retiré del cargo por enfermedad
durante un año y medio.
Un
tanto recobrado en 1972 fuí encargado de atender a San Juan de Lagunillas donde
estuve ocho años hasta que el señor Arzobispo Salas, insistió en que viniera a
Bailadores en octubre de 1980.
En
esta nueva etapa encontré un Bailadores más poblado, más gente nueva o
forastera, más jóvenes, más escuelas, un liceo de Bachillerato completo, pero
la población en general y los agricultores en concreto más desorganizados y más
individualistas, a pesar del auge de la horticultura y de los pequeños sistemas
de riego, y de la llamada ASPRUANDES (Asociación de Productores Rurales de los
Andes) fundada en 1974 que en 1980 ya se había dividido en dos bandos con
sendos locales y directivas que sostenían una guerra de comunicados con mutuas
acusaciones hasta que una de esas directivas desapareció de la escena. A pesar
de todo en 1981-1982, en los locales de Aspruandes, se logró organizar un
Centro de Acopio para la comercialización de hortalizas, que al fin no fue sino
otro ensayo fracasado por falta de buena gerencia local, de participación fiel
de los interesados, y de la omnipresencia de las roscas de intermediarios en el
mercadeo de la cosecha y en el suministro de los insumos agrícolas.
Así,
pues, sino tuvo que “quedarse en veremos” mejores horizontes, frente a lo
prácticamente imposible de ver a los pequeños agricultores pasar desde vender
barato a vender mejor (su cosecha) y desde comprar caro a comprar barato, a
precio de fábrica (los insumos). A eso se le tendría que llegar con verdadera
organización que incluya una concientización de los propios pequeños
productores.
Néstor Abad Sánchez
La Abadía, octubre 2, 2026
Director de Cultura 2005-2021 y Cronista
1991-2000 del municipio Rivas Dávila
Notas:
(1) Aunque el título, subtítulo, preámbulo, negritas
y subrayado son de mi autoría.
“El
padre Pernía visto por sí mismo” son sus apuntes de
carácter testimonial -en seis (6) hojas de examen escritas a mano- que el padre
Pernía nos legó c.2000 con motivo de sus 50 años de sacerdocio, donde a modo de
retazos nos relata anécdotas, vivencias y reflexiones acerca de la historia de
Bailadores, Lagunillas y San Juan.
Estas fueron conservadas por mi amigo y
compañero de promoción julio, 1984 Milton
Alexander Ramírez Mora, quien logró convencer al padre Pernía que se las diera. (Nota del compilador)