Mérida, Octubre Jueves 08, 2026, 09:43 pm

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Por Arinda Engelke

Frontera Literaria por Arinda Engelke



Frontera Literaria por Arinda Engelke

Mérida en la tinta y el viento: ¡feliz cumpleaños, ciudad querida!

Hay ciudades que se construyen con piedra y cal, y hay otras que se edifican, sobre todo, en la memoria y en la palabra. Mérida, recostada entre la majestuosidad de la Sierra Nevada y arropada por su eterna neblina mañanera, pertenece a esta última estirpe. En este mes de octubre, al conmemorar un año más de su fundación, descubro que la mejor manera de celebrarla no es solo recorriendo sus avenidas o contemplando sus picos, sino reabriendo las páginas de los libros que han sabido descifrar su alma.

Porque Mérida no es únicamente un paisaje; es una geografía sentimental redactada a lo largo de las décadas por hombres y mujeres que hicieron del silencio andino y de la vida universitaria una forma del arte.

Si quisiéramos trazar una ruta literaria para cantarle el cumpleaños a la ciudad de los caballeros, tendríamos que empezar, de manera casi obligada, por Don Tulio Febres Cordero. En sus Mitos y leyendas de los Andes, el Patriarca de nuestras letras revistió a nuestras montañas de un aura sagrada. Quien haya crecido bajo la sombra de la sierra guarda en el pecho aquel pasaje inmortal de Las Cinco Águilas Blancas:

«No eran águilas, no; eran cinco masas enormes de hielo que se asentaron sobre los picos de la sierra. Desde aquel día, la cordillera quedó coronada de nieve eterna...»

Avanzando en el tiempo, la Mérida de principios del siglo XX encuentra su retrato más íntimo y nostálgico en la prosa de Mariano Picón-Salas. En Viaje al amanecer, Picón-Salas nos regala una estampa imborrable de esa ciudad de tejados rojos, de campanas matutinas, de arrieros y de patios floridos donde el tiempo transcurría con una lentitud respetuosa.

Asimismo, es imprescindible destacar la huella profunda y luminosa que las mujeres han dejado en nuestras letras. Muchas han sido las damas que le han escrito con devoción a Mérida, regalándonos su mirada atenta y sensible, aunque en este momento especial recordamos con afecto a dos de ellas: a la poeta Serafina Cedeño, pionera del verso lírico andino que le cantó a la serenidad de nuestras cumbres:

«Tierra de cumbres calladas,

donde el aire huele a pino,

guardas en tus alboradas

el secreto del camino.»

Y a Carmen Delia Bencomo, quien con una ternura narrativa única retrató la magia cotidiana de nuestras montañas:

«Tiene la tarde un sombrero

de neblina y de canción,

y la montaña un pañuelo

guardado en el corazón.»

Tampoco podemos olvidar el ojo agudo de Mario Briceño Iragorry, quien en su célebre ensayo Mérida la hermética supo reflexionar sobre la serenidad, la devoción y ese recogimiento señorial que define el carácter montañés. O la narrativa costeada de costumbres en El sargento Felipe de Gonzalo Picón Febres, y la poesía cobijada por la neblina de Antonio Spinetti Dini, quien supo retratar a la ciudad con la devoción del hijo que la contempla:

«Mérida, la de las cumbres blancas,

la del clima de seda y de esmeralda,

la que viste de niebla sus montañas

y lleva un río azul por la espalda.»

Mérida ha sido, desde siempre, casa cobijadora de escritores, historiadores, poetas y soñadores. Una ciudad donde la lectura y la vida universitaria se entrelazan de tal manera que resulta imposible imaginar la una sin la otra.

En este nuevo aniversario, cuando la tarde caiga y el frío comience a descender suavemente desde la sierra, propongo un brindis distinto: abramos un libro, leamos un poema a media voz y reconozcámonos en las palabras de quienes la soñaron antes que nosotros. Feliz cumpleaños, mi querida Mérida; sigues estando tan viva en tus páginas como en la cima helada de tus montañas.

En la frontera entre la realidad y la palabra, siempre habrá una historia esperándote. Hasta nuestro próximo encuentro en Frontera Literaria. »A.E.