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¡Debo dormir... debo dormir! por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


Luego de echar un vistazo a la sección de política y a la de opinión (en la que publicaba su columna quien esta crónica escribe), abrió la página de sucesos y se quedó electrizado con lo que leyó.

Y lo cierto es que sólo podemos contar así, cabalmente y con sus incontrovertibles principio y fin, lo que nunca ha sucedido. Lo que no ha tenido lugar ni ha existido, lo inventado e imaginado, lo que no depende de ninguna verdad exterior. Sólo a eso no puede agregársele ni restársele nada, sólo eso no es provisional ni parcial, sino completo y definitivo.

Sobre la dificultad de contar (en Aquí me paro, Alfaguara, 2026) de Javier Marías

Una noche, el gran escritor venezolano Denzil Romero quiso dar inicio a la escritura de un cuento y, al mirar a través de la ventana de su estudio, vio a un hombre en un apartamento más o menos aledaño. Podía observar con claridad lo que el otro hacía: cuando se vestía o desvestía, cuando comía o se iba a dormir.

Entretenido como estaba con todo aquello, y dada su innata curiosidad y el querer contar lo que veía (por lo que, desde muy joven, supo que su verdadera vocación eran las letras, y no así el Derecho como se empeñaba su familia), se alejó de la idea inicial que tenía en mente para su cuento, y, sin proponérselo (supongo, aunque ya es tarde para saberlo con exactitud, porque hace años que se marchó de este mundo) comenzó a narrar la vida del otro, o parte de su vida (porque, estaban los espacios en blanco en los que el otro se ausentaba: suponemos que para ir a trabajar, o hacer el mercado, o entrar a la sala de baño, o ir al gimnasio, o visitar a un amigo o a un vecino), pero para ello tenía que invertir muchas horas en la observación, tomar notas y redactar los borradores (que eran varios, por su elevada exigencia como narrador y por ser un maniático in extremis de la revisión y corrección, y todo ello en su vieja máquina de escribir Olivetti, ya que se resistía a dar el salto a la novedad de la computadora.

Como se comprenderá, el amigo Denzil tenía necesariamente qué cuadrar sus horas de escritura con las de la rutina del otro, para no perderle pisada, lo que le robaba también un tiempo precioso para su labor, al tener que determinar a qué hora se levantaba y comenzaba su faena diaria en la casa, y a qué hora se marchaba, lo que traía un sinnúmero de dificultades por las normales fluctuaciones que se dan en la vida de todos —que muchas veces nos impelen a trastocar nuestras propias rutinas, romper esquemas y así dejarnos llevar por la dinámica de la existencia—, y porque tenía una escritura distendida en el tiempo y sin horarios, al haber cerrado su bufete para dedicarse por entero a la literatura: holgado como se hallaba en lo económico.

Aquella circunstancia lo refrenaba lógicamente en sus ímpetus barrocos, en su lenguaje copioso y desmesurado, en su celebrada adjetivación y sobreabundancia lingüística, en su internarse en cada página como si en ello se le fuera la vida, pero cuando tenía al otro en la mira, tomaba notas de los detalles en su libreta y avanzaba con premura, pero no era mecanógrafo y escribía con los dos dedos índices como una gallina picoteando el maíz, razón por la que a veces se le enredaban los cables, dañaba un vocablo o una línea, y tenía que ir a por el tipp-ex para corregir, o arrancaba la hoja del rodillo con enojo para comenzar de nuevo, y en ese trajín diabólico iban pasando los minutos y las horas.

Una noche, estando Denzil pegado tecleando en su máquina, vio al hombre completamente desnudo asomarse a la ventana, y quiso narrar la sorprendente e inesperada visión. Obviamente, en aquel instante se sintió un auténtico voyeur, al observar sin ser observado, al detallar cuestiones que corresponden a la mera intimidad de una persona.

Pero, por ese temor atávico del que son presa varias generaciones de hombres aquí y de más allá, a ser o a parecer homosexuales (más lo segundo, por razones sociales), decidió no narrar aquello tal cual para no ser malinterpretado, y se le ocurrió la idea de insertar a una mujer en aquel sórdido contexto, y el relato se desvió entonces hacia lo erótico, que era uno de sus filones más aplaudidos por la crítica, y que le había traído fama y reconocimiento internacional (toda Venezuela recuerda su famosa novela La esposa del Dr. Thorne, que cuenta la vida erótica de Manuela Sáenz y el Libertador Simón Bolívar, por la que obtuvo el Premio La Sonrisa Vertical de la Editorial Tusquets de España, que consagraba a la narrativa erótica).

Eran las 12:00 de la medianoche, y con enorme sigilo nuestro autor apagó la luz de su estudio, corrió las cortinas para no ser descubierto, y husmeó con prismáticos en lo que sus ojos veían o querían ver. Pero, no veían ya al osado hombre (eso me lo contó mucho tiempo después con cara de circunstancias), que exultante exhibía su perfecta anatomía sin pudor ni recato alguno, sino a una joven pareja de amantes, entregada sin frenos y con enorme pasión al viejo oficio amatorio, al borde mismo de una ventana panorámica en el piso número 20, y el solo hecho de imaginárselo para ir de inmediato a narrarlo en la página —que con impaciencia le aguardaba— trajo consigo un inaudito vértigo, y tuvo con premura que apoyarse en la mesa para no caer de sopetón.

Denzil, hizo de aquella madrugada una jornada completa de escritura, se rehusó a irse a la cama —en la que lo esperaba su esposa— poseído como estaba por el fantasma de lo literario. A las 6:15 am, y con la vista fatigada y sus dos dedos índices enrojecidos y a punto de estallar, puso el punto final a las diez páginas de su arrebatado cuento. Su mujer preparó el café y le llevó una taza al estudio, que él acompañó —no se podía esperar otra cosa del enorme fumador que era— con el primer cigarrillo de las tres o cuatro cajetillas de cada jornada. Se duchó, tomó luego el desayuno y bajó a comprar El Universal, que no podía faltar sobre su mesa de trabajo. Cerca del quiosco, había un café al que solía ir para hablar pistoladas con los amigos, leer un poco la prensa y tomar el agradable fresco del Ávila.

Luego de echar un vistazo a la sección de  política y a la de opinión (en la que publicaba su columna quien esta crónica escribe), abrió la página de sucesos y se quedó electrizado con lo que leyó. Tan impactado quedó, que pensó ser presa de una alucinación: “Muere pareja de amantes en la madrugada de hoy, luego del caer del piso 20 de un edificio en el este de Caracas”. Parte de lo que el amigo leyó en el diario estaba contado con detalle en su cuento, pero para él era solo una ficción. Fatigado y renqueante se fue a su apartamento con el periódico bajo el brazo. “Seguramente —pensó en su tribulación, mientras pulsaba el número 20 en el ascensor— todo esto sea producto del cansancio. ¡Debo dormir… debo dormir!”.

rigilo99@gmail.com





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