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Por Pbro. Edduar Molina

Memoria en custodia

“Mérida, 468 años de presencia evangelizadora” por Pbro. Edduar Molina



Memoria en custodia

“Mérida, 468 años de presencia evangelizadora” por Pbro. Edduar Molina

Los merideños nos sentimos jubilosos de celebrar los 468 años de nuestra Ciudad, según las fuentes documentales fue el domingo 9 de octubre de 1558, día de San Dionisio de París (primer obispo de la capital francesa. Siglo III) que se hizo la fundación de la emeritense de indias en las inmediaciones de la hoy capital municipal de Sucre, Lagunillas, o cercanías de San Juan, sin que hubiese mención de que la exploración buscaba minas para salvar el erario pamplonés.

Sin haberse cumplido el primer mes, se abandona la ranchería, el primero de noviembre de 1558, para establecer la ciudad en este lugar donde nos encontramos, bajo el nombre de “Santiago de la Punta de la meseta del Tatuy de los Caballeros de Mérida”, lo cual tiene, igualmente, efímera duración, pues en julio de 1559, el funcionario Martín López ejecuta la mudanza, seis leguas más arriba, al lugar donde está el actual centro citadino.

Todos hoy testimoniamos con entusiasmos de nuestra merideñidad y renovamos nuestro compromiso con un mejor devenir, forjado por todos de manera fraterna y solidaria. Como bien lo refiere el Papa León XIV, en la Jornada Mundial de la Fraternidad Humana de este año: “Sigamos trabajando juntos para que la dinámica del amor fraterno se convierta en el camino común para todos, y para que el otro ya no sea visto como un extraño ni una amenaza, sino como un hermano”.

Conmemorar esta efeméride emeritense es hacer memoria agradecida del paso evangelizador de la Iglesia por estas montañas durante estos 468 años de fructífera siembra de semillas de fe, humanidad, trabajo, estudio, comunidad y caridad.

Cuando el primer Obispo Ramos de Lora llega a Mérida el 26 de febrero de 1785, los conventos en esta ciudad tenían ya 227 años de existencia. Conventos que funcionaron como faros de luz para la evangelización y la cultura, escuelas conventuales que fueron más allá del adoctrinamiento en la fe de los indios.  

Mérida tiene una deuda eterna de gratitud con estas comunidades religiosas, comenzando por los dominicos que trajeron a la Ciudad las primeras enseñanzas científicas.  De la Órden Agustina, queda en Mérida grabada la huella misionera dejada por estos osados hombres de Dios que fueron a las periferias de la ciudad para fundar la Doctrina de Nuestra Señora de la paz el 4 de septiembre de 1597, en el vasto territorio de Aricagua, con fray Juan Diego de Navarro, consolidando la fe y la civilidad en nuestros pueblos del sur merideños.

En 1628 los jesuitas fundaron el Colegio de San Francisco Javier en Mérida, considerado el primer colegio menor de Venezuela. Tenía la novedosa facultad de dar educación a los laicos, con sus cursos de arte y filosofía, por lo que también se le denominó colegio secular.

La participación de las mujeres se vio honrada con la presencia de las Monjas Clarisas, que desde 1651 entregaron su vida al recogimiento y dieron a las mujeres merideñas un espacio para la contemplación, la formación en el arte y los oficios y un ambiente de profundos valores religiosos.

También llegaron a Mérida las hermanas de Santa Ana de fundación española, en la última década del siglo XIX, para ocuparse de los enfermos y ancianos, hasta consolidarse la presencia femenina con la fundación merideña, de las hermanas Dominicas de Santa Rosa de Lima (1900), por iniciativa de monseñor Silva, hoy con una presencia activa en los campos de la salud, la educación y la evangelización.

El arraigo católico merideño y la magnificencia de sus obispos y arzobispos, de los dos primeros siglos, hicieron que la primacía episcopal estuviera en Mérida, a tal punto de que la tierra zuliana, al igual que buena parte del Estado Falcón, formara parte del territorio misional emeritense.

Del primer obispo Fray Juan Ramos de Lora agradecemos su mirada adelantada a su tiempo, al creer y hacer posible el seminario conciliar “San Buenaventura”, cuna de nuestra Universidad de los Andes, el 29 de marzo de 1785.  La fe y la cultura, crecieron como los más altos picos y han cobijado a Mérida por más de 200 años.

Damos gracias por los 7 arzobispos, desde Antonio Ramón Silva, evangelizador de la cultura, con sus obras, el archivo, el museo, el boletín y el diario “El Vigilante”, aunado a su celo pastoral que lo llevó a visitar diez veces la extensa diócesis.

Contemplamos la Ciudad de Mujica Millán, gracias al esfuerzo del arzobispo constructor Monseñor Acacio Chacón y su auspicio para el hospital de Los Andes.

Unámonos todos a la iniciativa del querido Monseñor Rafael Pulido de devolver a Mérida la identidad de Ciudad verde, con el cuidado de la casa común.

Suscitemos en todos, el compromiso por una catequesis encarnada en las familias, proyecto de Monseñor Pérez Cisneros, creador del modelo de parroquia participativa con la fundación de la Parroquia la Milagrosa de Mérida.

Sigamos el ejemplo de santidad de Monseñor Miguel Antonio Salas, con su esfuerzo por impulsar el seminario y dotar las comunidades de sacerdotes y movimientos laicales.

Damos gracias por el permanente dialogo entre la fe y la cultura del Arzobispo Cardenal Baltazar Porras, su esfuerzo por la valoración y rescate de nuestras tradiciones y valores más arraigados en el corazón de la montaña andina.

Por último, nuestra eterna gratitud por la presencia de nuestro actual arzobispo Monseñor Helizandro Terán, su cercanía y acompañamiento, su esfuerzo por animarnos a una Iglesia en la que caminamos juntos, nos mueve a la pasión por Cristo y su Iglesia.

Además de un reconocimiento especial a los sacerdotes camineros, Vicente Alarcón, Eustorgio Rivas, Crescencio Parra, Boanerges Uzcátegui, Pedro Moreno, entre otros tantos que hicieron sonar en la serranía los primeros vehículos llevados bajo sus liderazgos, a pico y palo por la recia montaña del sur merideño.

 También Mérida guarda un tesoro inagotable de expresiones de una fe cristiana encarnada en lo sencillo y cotidiano de nuestra gente, ejemplos como la pasión viviente de la Punta creada en 1912, junto a los vasallos o promeseros de la Candelaria, tradición con más de 130 años, junto a los indios coromotanos del Chama, entre otros tantos.

Quiera Dios que la religiosidad merideña, como lo enseña el Papa León, “no se quede solo en lo externo ni en la costumbre, sino que ha de ser una verdadera escuela de vida cristiana, capaz de ayudarnos a vivir el Evangelio con verdad.  Ahí está la tarea, de cuidar una fe auténtica, formar a nuestros hermanos, fortalecer la fraternidad y traducir la devoción en compromiso cristiano”.  Feliz cumpleaños Mérida mariana.

 

Mérida, 11 de octubre de 2026