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Por Bernardo Moncada Cárdenas

Sueltos de un peregrino

Sentimiento y resentimiento por Bernardo Moncada Cárdenas



Sueltos de un peregrino

Sentimiento y resentimiento por Bernardo Moncada Cárdenas

«Allí, en su asqueroso y apestoso hogar subterráneo, nuestro ratón insultado, aplastado y ridiculizado se sumerge rápidamente en un rencor frío, maligno y, sobre todo, eterno. Durante cuarenta años recordará su agravio hasta el más mínimo y ignominioso detalle, y cada vez añadirá detalles aún más ignominiosos, burlándose y atormentándose con su propia imaginación. […] No perdonará nada».

Fiódor Dostoievski, Memorias del subsuelo.

«¡Qué impotencia!». Pronunciada no en tono lastimero ni resignado, sino con acento rabioso y condenatorio, esta expresión se ha convertido en un latiguillo de nuestras conversaciones y juicios sobre la situación del país.

Se popularizó a comienzos de este siglo, cuando buena parte de los venezolanos empezó a tomar conciencia del atolladero en el que nos estábamos metiendo. Curiosamente, desde que comencé a escucharla de manera reiterada, me produjo rechazo. Nunca ha salido de mi boca. No porque ignore las razones que podrían justificarla, sino porque siempre he sospechado que, repetida como una letanía, termina por encerrarnos en aquello mismo que denuncia.

¿Está a menudo esa expresión en tus labios? ¿Te acompaña una ira persistente, una amargura que se reactiva al recordar injusticias, humillaciones o violencias sufridas —o conocidas—, sin que consigas procesarlas ni encontrarles salida? Quizá estés viviendo en el resentimiento.

Es algo parecido a lo que hoy llamamos un bucle: la repetición mental de un dolor que no cesa de renovarse. Lo rumiamos una y otra vez, casi como si mantenerlo vivo fuera un deber patriótico, una forma de hacer justicia. La herida permanece abierta, convertida en una llaga que se resiste a cicatrizar.

La rabia, en lugar de impulsarnos a actuar, acaba instalándose en nuestra manera de relacionarnos con el mundo. Se manifiesta en respuestas hostiles, en una agresividad que puede ser silenciosa o estallar contra quienes tenemos más cerca. A veces se disfraza de superioridad moral: condenamos el disfrute ajeno, desconfiamos de cualquier alegría y nos reprochamos nuestros propios momentos de alivio, como si estar bien mientras el país está mal fuese una deslealtad.

Así, terminamos viviendo a regañadientes. Nos encerramos en el agravio, acumulamos tensión y convertimos la indignación en una disposición permanente. Lo peor es que, sumergidos en esa negrura, podemos llegar a confundir el desahogo con la acción y la descarga emocional con la transformación de la realidad. La furia termina siendo una cortina que nos impide ver, comprender y juzgar con claridad aquello que tanto nos duele.

Tal vez pensemos que semejante actitud es justa y razonable ante lo que sucede en Venezuela. Pero conviene distinguir: una cosa es sentir indignación ante la injusticia y otra muy distinta quedar atrapados en el resentimiento.

El sentimiento no es una emoción que se repite indefinidamente, sino una experiencia que podemos reconocer, elaborar e integrar en nuestra conciencia. La emoción inicial —miedo, tristeza, ira o alegría— adquiere significado cuando nos detenemos a comprenderla y a discernir qué respuesta reclama. Esa pausa entre lo que nos ocurre y lo que hacemos con ello abre un espacio para la libertad.

El resentimiento, por el contrario, nos mantiene sujetos al agravio. No nos ayuda a comprender mejor la realidad: nos hace regresar a ella con los mismos prejuicios y reacciones. En vez de abrir caminos, estrecha nuestro horizonte. En vez de permitirnos actuar, nos condena a reaccionar.

Los sentimientos, tanto los que nos resultan gratos —amor, alegría, gratitud— como los dolorosos —miedo, tristeza o enfado—, pueden ayudarnos a madurar si somos capaces de reconocerlos y comprenderlos. No se trata de negar el dolor ni de disimular la indignación, mucho menos de resignarnos ante la injusticia. Se trata de evitar que una emoción, por legítima que sea en su origen, termine gobernando nuestra existencia.

El sentimiento puede conducirnos a discernir, juzgar y actuar; también puede enseñarnos cuándo conviene esperar o conservar la serenidad. El mundo y sus dificultades dejan de ser un trapo rojo ante el cual embestimos para convertirse en un desafío que exige inteligencia, firmeza y responsabilidad.

Por eso me alarma que hayamos incorporado la palabra impotencia a nuestra manera de definirnos frente al país. Asumirla como una condición permanente es concederle a la derrota una victoria anticipada. Una cosa es reconocer que nuestras fuerzas son limitadas; otra, muy distinta, convertir esa limitación en identidad y hacer del resentimiento nuestra respuesta habitual.

Venezuela necesita justicia, no olvido; memoria, no una condena perpetua a vivir de la herida. Necesita ciudadanos capaces de transformar su indignación en criterio y su dolor en acción. Porque la venganza, por brutal que parezca, puede terminar reproduciendo aquello que pretendía combatir.

El primer paso para salir de la impotencia será dejar de cultivarla como virtud. No podemos cambiar el pasado a fuerza de resentimiento, pero sí podemos impedir que siga gobernando nuestro presente e impidiendo nuestro futuro.