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Por Arinda Engelke

Frontera Literaria por Arinda Engelke



Frontera Literaria por Arinda Engelke

La nobleza de proteger: Elogio del cuidado frente al juicio de la jauría

Existe una dignidad callada en los animales que a menudo descoloca a la prisa y a la insensibilidad del mundo moderno. Entre todas las criaturas que han acompañado la historia humana, el caballo ocupa un lugar privilegiado: no es solo un símbolo de fuerza y libertad, sino un ser de una sensibilidad profunda, capaz de registrar el entorno con una agudeza que la mayoría de las veces pasa desapercibida para el ojo indiferente.

La historia y la literatura están llenas de testimonios que honran este vínculo legendario. Desde la Antigüedad, el destino de los hombres grandes se ha escrito al lado de sus fieles corceles. ¿Cómo olvidar a Bucéfalo, el indomable compañero de Alejandro Magno, cuyo vínculo era tal que el propio conquistador fundó una ciudad en su honor tras su muerte? O en nuestra propia raíz hispánica, al mítico Babieca del Cid Campeador, o al entrañable Rocinante de Don Quijote, que nos enseña que el valor de un animal no radica en su perfección aparente, sino en la nobleza de quien lo acoge y lo cuida en la desgracia. Los cronistas de Indias también dejaron constancia de cómo aquellos caballos de los conquistadores compartían las fatigas extremas de la travesía, siendo custodiados con fervor. En la literatura de Federico García Lorca, el caballo adquiere una carga lírica inigualable, presentándose como la encarnación de la vida, el pulso de la tierra y la libertad contenida.

Sin embargo, frente al ruido y a la bajeza de quienes descargan su frustración en las redes, la historia y las letras nos recuerdan que la nobleza de proteger a los más indefensos siempre prevalece. Cuidar de una vida silenciosa es, en última instancia, un acto de resistencia cultural, de humanidad y de amor verdadero que ninguna jauría digital podrá manchar.

Nota de la autora:

Este texto está dedicado con profundo orgullo a mi hijo, defensor noble y valiente de los seres silenciosos. En tiempos donde la empatía suele ser incomprendida, su sensibilidad para tender la mano ante el dolor animal nos recuerda la verdadera dimensión de la dignidad humana.