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Por Douglas C. Ramírez Vera

Cuando los datos matan al relato: El hambre como instrumento de control por Douglas C. Ramírez Vera



Cuando los datos matan al relato: El hambre como instrumento de control por Douglas C. Ramírez Vera

En Venezuela, la realidad no se negocia, se padece. Mientras los voceros oficiales pulen sus discursos sobre 'soberanía alimentaria'

y celebran supuestas victorias estadísticas en foros internacionales, la verdadera radiografía del país no se mide en declaraciones, sino en el silencio elocuente de una olla vacía y la mirada perdida de un niño que ya no tiene fuerzas para llorar. Permítanme ilustrar esta abismal disonancia con una imagen que duele por su verosimilitud:

Imaginen un banquete diplomático en Roma. Los manteles son de lino impecable, la cristalería brilla bajo los reflectores y los discursos fluyen con elegancia sobre la "soberanía alimentaria" y la "lucha contra el hambre". Sin embargo, si pudiéramos hacer una videollamada en tiempo real desde ese salón hacia un barrio popular de Caracas, Maracaibo o San Cristóbal, la imagen sería demoledora: ollas vacías, niños con el rostro demacrado y adultos que han perdido hasta 8 kilos de masa corporal. Esta es la esencia de la disonancia que caracteriza a la Venezuela de hoy: un abismo infranqueable entre la retórica oficial en los foros internacionales y la cruda realidad que documentan las cifras científicas. Como suele ocurrir en los regímenes que priorizan la narrativa sobre la realidad, al final, los datos matan al relato.


El origen estructural de la catástrofe

El colapso nutricional en Venezuela no es un fenómeno coyuntural, ni mucho menos un "daño colateral" de factores externos. Responde a una línea de tiempo precisa caracterizada por la destrucción deliberada del aparato productivo, controles cambiarios rígidos, hiperinflación y el derrumbe de los ingresos petroleros a partir de 2014. La contracción acumulada del PIB entre 2014 y 2016 marcó el inicio de esta catástrofe humanitaria. Las importaciones de alimentos, que antes sostenían el consumo interno, se desplomaron de más de 48.000 millones de dólares en 2013 a niveles mínimos históricos. En este vacío, la "hambre oculta" y la desnutrición aguda se instalaron de manera permanente en los hogares venezolanos, sustituyendo dietas ricas en nutrientes por alimentos hipercalóricos carentes de valor nutricional.


La radiografía del hambre: Una generación comprometida

La vulnerabilidad alimentaria golpea con mayor crudeza a los sectores más desprotegidos: la primera infancia y las mujeres gestantes. Los boletines más recientes de Cáritas Venezuela y las mediciones de la Fundación Bengoa son un grito de alarma que no puede ser ignorado. La desnutrición aguda global en menores de 5 años se sitúa en torno al 9,1%, mientras que un 29,5% adicional de los niños evaluados se encuentran en riesgo de malnutrición.

Más alarmante aún es el impacto de la desnutrición crónica o retardo en el crecimiento, que afecta entre un 26% y un 33% de la población infantil. Esto no es solo una cifra; es el compromiso irreversible del desarrollo físico y cognitivo de aproximadamente uno de cada tres niños en el país. Organizaciones como UNICEF han advertido sobre niveles de adelgazamiento patológico que superan el umbral crítico del 10% fijado por la OMS, alcanzando niveles de emergencia humanitaria en zonas donde el 42% de los casos de desnutrición aguda se concentran en niños menores de dos años. A nivel general, entre el 56% y el 60% de los hogares venezolanos sufren inseguridad alimentaria moderada o severa, viéndose obligados a sacrificar medicamentos, educación y salud por un plato de comida.


Los CLAP: ¿Asistencia humanitaria o mecanismo de control?

Frente a esta emergencia, el Estado implementó los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) en 2016. Lejos de constituir una solución sostenible, estudios empíricos y testimonios de organizaciones sociales los han catalogado como instrumentos de control social y político. La distribución de estas bolsas ha sido sumamente inestable e irregular, compuesta mayoritariamente por carbohidratos refinados (arroz y pasta) carentes de diversidad proteica y vitamínica. La militarización de su entrega, la exclusión por motivos de afinidad política y la opacidad en su gestión han transformado la asistencia alimentaria en una herramienta de coerción, contradiciendo flagrantemente los principios universales del derecho a la alimentación adecuada.


La disonancia cognitiva del discurso oficial

Esta realidad choca frontalmente con la retórica gubernamental. Voceros oficiales han insistido recientemente en que la desnutrición en menores de 5 años se ubica entre el 1,3% y el 1,5%, afirmando haber superado las metas internacionales. Este discurso se sostiene sobre tres pilares de ficción:

1. Ausencia de transparencia: El Estado venezolano dejó de publicar estadísticas epidemiológicas y nutricionales oficiales de manera regular hace años, obligando a la academia y a las ONG a levantar datos independientes. Las cifras "oficiales" carecen de auditoría externa y sustento en el terreno.

2. La evidencia multidimensional: Mientras el discurso proclama la superación del hambre, las encuestas demuestran que la pobreza por ingresos afecta a cerca del 68% de los hogares y la pobreza multidimensional ronda el 55%. Ningún indicador macroeconómico de supuesta "estabilidad" reciente ha revertido el daño estructural acumulado.

3. La coerción evidente: Negar el uso político de la alimentación es insostenible cuando los propios programas de subsidio masivo operan bajo esquemas de dependencia y carnetización, donde el acceso a la comida se condiciona a la lealtad institucional.


Conclusión

El problema de la desnutrición en Venezuela no es una narrativa construida desde la oposición política o la desinformación internacional; es una realidad cuantificada, medida y diagnosticada por la ciencia, la academia y los organismos multilaterales. Pretender borrar una década de pérdida de peso masivo en adultos, estancamiento cognitivo infantil y sufrimiento humano mediante un discurso diplomático en foros internacionales constituye una afrenta directa a la memoria de las familias afectadas.

En la pugna entre la propaganda gubernamental y la realidad humanitaria, los datos demuestran que el hambre en Venezuela tuvo nombre, causa y responsables institucionales. Ningún relato discursivo en el extranjero tiene la capacidad de anular el peso lapidario de las cifras que revelan la herida abierta en el desarrollo de varias generaciones de venezolanos.