Mérida, Mayo Sábado 02, 2026, 06:02 am
No se culpe si en alguna ocasión al acercarse a un
anciano ha percibido un aroma ligeramente rancio. Puede que, incluso, en su
interior haya pensado que esa persona mayor andaba falta de aseo y lo haya
achacado a esa dejadez propia de la decrepitud. "El mal olor es
real", explica el químico José María Antón, investigador durante años en
biotecnología para el CSIC y presidente y fundador del grupo Prima-Derm, y
añade que no tiene nada que ver con el sudor u otros fluidos corporales ni
tampoco con la suciedad exterior: "Lo causa el 2-nonelal, una molécula que
se genera en la piel al oxidarse de forma natural los ácidos grasos de la barrera
lipídica".
"El 2-nonenal huele realmente mal. Tanto que
cuando abrimos una cápsula con esa molécula en el laboratorio, todo
apesta". Es fácil de reconocer: ese aroma a grasa rancia que queda en los
almohadones o en el respaldo de la silla de la abuela. Los japoneses de la
compañía Shiseido fueron los primeros en documentarlo allá por 2001. En una
sociedad como la suya, donde la fragancia suele considerarse como una invasión
del espacio común, abundan los estudios sobre el funcionamiento de la oxidación
de los ácidos grasos y cómo mitigar el mal olor corporal. Aun así, los nipones,
muy respetuosos con sus mayores, denominan a esta peculiar esencia corporal de
los ancianos 'kareishu'.
Que haya unas cuantas moléculas malolientes
diseminadas por toda la piel no es grave. El problema surge a partir de los
30-40 años, cuando se convierten en legión. "Los cambios hormonales de la
madurez traen como consecuencia un aumento en la producción de lípidos en la
superficie de la piel. Paralelamente, se va reduciendo nuestra capacidad
antioxidante natural", explica el experto. "El resultado es que
aumenta exponencialmente esa peroxidación, se genera más 2-nonenal y el cuerpo
huele cada vez peor. Es ese olor desagradable que se nota en los asilos, por
muy limpios que estén".
La diferencia con el sudor es que los lípidos no son solubles en agua
Pero, ¿no se va con una ducha? "Los lípidos no
son solubles en agua. De ahí que el mal olor relacionado con los ácidos grasos
sea tan complicado de eliminar". En esto se diferencia del sudor, que no
es sino un caldo acuoso de sustancias y bacterias con ganas de descomponerlas.
Un poco de agua y jabón los eliminan sin problemas.
Como si de una película de ciencia ficción se
tratara, para atajar el 2-nonenal hay que neutralizarlo. Prima-Derm acaba de
lanzar una fragancia corporal unisex, Inner, con activos como el Sirtalice y el
Seadermium, "procedentes de sendos microorganismos localizados por el CSIC
a 3.400 metros de profundidad cerca de Isla Reunión. Esas moléculas encapsulan
a las otras moléculas apestosas. De esta manera desactivamos el mal olor",
aclara Antón. Y no es la única opción. La compañía japonesa Mirai Clinical se
encomienda a las propiedades antioxidantes del extracto de caqui para fabricar
jabones y desodorantes que planten cara al temido 2-nonenal.
La pérdida de nuestra capacidad olfativa nos impide notar el olor
Si se está preguntando qué hace la naturaleza para
advertirnos de que nuestro cuerpo o el de nuestros coetáneos empieza a apestar,
la respuesta es bastante desalentadora. A medida que envejecemos, vamos
perdiendo capacidad olfativa. No olemos al vecino que huele mal, pero tampoco
esas rosas recién cortadas del jardín.
En concreto, a partir de los 70 la pérdida es tan
notable que casi somos tan inmunes al mal olor como los niños menores de 8
años, que no se inmutan al entrar en el baño del jardín de infancia ni se
alteren con las ventosidades de sus amigos, pese a que aquello hieda como la
antesala del averno. Científicos galeses lo explican por la pérdida de fibras
olfativas y la muerte de las neuronas encargadas de procesar las fragancias
Dos procesos de deterioro físico natural fruto del envejecimiento. No se enfade a partir de ahora si sus mayores no son conscientes de que se han excedido con la colonia o de que les acompaña un cierto tufo corporal: el 62,5% de los ancianos mayores de 80 años padecen algún tipo de merma en sus capacidades para detectar los aromas.
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