Mérida, Febrero Lunes 09, 2026, 05:13 am
El eco del silencio: La
literatura en la era del olvido
Escribir hoy se ha convertido, paradójicamente, en
un acto de fe y, a la vez, en un ejercicio de melancolía. Nos sentamos frente a
la página en blanco con la esperanza de tejer mundos, de traducir el alma en
palabras y de ofrecer un refugio al pensamiento; sin embargo, al levantar la
vista, nos topamos con un mundo que corre demasiado rápido para detenerse a
mirar. El escritor contemporáneo se siente, a menudo, como un náufrago lanzando
botellas a un océano saturado de ruidos, donde el scroll infinito y la dictadura
de lo inmediato han reemplazado el placer del silencio y la reflexión.
No hablo desde la teoría, sino desde la nostalgia
de quien ha visto el fuego apagarse. En los años 80, como una joven periodista
apasionada en la sección cultural de El Diario de Caracas, viví una
época donde la literatura era un organismo vivo. Recuerdo con nitidez la
reciprocidad de aquellos días: las entrevistas profundas a autores de renombre,
el teléfono que no dejaba de sonar con lectores ávidos pidiendo referencias y
las librerías y editoriales que enviaban
sus novedades como tesoros listos para ser reseñados. Ser periodista cultural
entonces era ser el puente en una comunidad vibrante; era un oficio de ida y
vuelta donde el respeto por la palabra nos unía a todos.
Hoy, ese diálogo parece haberse roto. No es solo
una cuestión de desinterés; es una batalla biológica. Las redes sociales han
fragmentado nuestra paciencia, entregándonos ráfagas de contenido fugaz que
adormecen la capacidad de profundizar. El lector se ha convertido en un
espectador distraído, y la cultura, que antes era un bosque espeso donde
perderse para encontrarse, se transforma hoy en un desierto de espejismos
rápidos.
Sin embargo, a pesar de la aflicción que marca esta
era, nos negamos a soltar la pluma. Escribir hoy es un acto de resistencia
necesaria. Si el mundo ha decidido olvidar la pausa, nuestra misión es seguir
dejando rastro, insistiendo en que la belleza no es un lujo prescindible.
Como bien decía Jorge Luis Borges: “Que
otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me gusta jactarme de las
que he leído”. Quizás el reto de hoy no sea solo volver a escribir con
pasión, sino luchar para que no se extinga esa raza de hombres y mujeres que,
como en mis años en aquel diario, encontraban en la lectura su verdadera
libertad. No escribimos para los algoritmos; escribimos para salvar, aunque sea
en un solo lector, la sagrada capacidad de sentir.
Gracias a Librería Temas por facilitarnos el
material necesario para hacer estas reseñas.