Mérida, Abril Miércoles 29, 2026, 10:18 pm
El pasado 18 de abril, mientras María Corina Machado se reunía en la Puerta del Sol de Madrid con miles de compatriotas emigrados, el presidente del gobierno de España, a quien ella declinó visitar, recibía en Barcelona a algunos mandatarios “progresistas” de América Latina. Porque está en juego pieza importante en el tablero de las relaciones internacionales de este tiempo: Venezuela. Todos quieren evitar que el país sea un “protectorado” de Estados Unidos, cuyo gobernante –¡curiosamente!– escogió como sucesora del “usurpador” (a quien ordenó “extraer”) a la que era su “vicepresidente (¿o cómplice?) ejecutiva” y miembro destacadísimo del “progresismo”. ¿Realismo mágico?
Sorprende la situación venezolana. Resulta incomprensible para quienes no conocen la América Latina. Y también para quienes todavía creen que Donald Trump es un mandatario como los otros del mundo occidental. En aquella región se hace realidad (auténtica, no figurada) lo insólito y hasta lo inaudito Y, por su parte, el actual ocupante de la Casa Blanca (en Washington) razona y decide en forma distinta a sus antecesores (serenos, informados, reflexivos, acompañados). El 3 de enero pasado se descabezó el régimen chavista. Convenía a Estados Unidos –debilitaba a sus rivales– y a los “camaradas” del poder en Caracas, expuestos a un derrumbe que los enterrara a todos. Coincidían los intereses; y con “complicidad” de algunos se organizó la operación “resolución absoluta”. ¡Ese “numerito” (la traición) no funciona en Cuba!, advirtió el ministro ruso de Relaciones Exteriores. Pero “los progresistas” del vecindario lo aceptaron para evitar el ascenso de la oposición democrática.
Así, Delcy Rodríguez, “vicepresidente ejecutiva” (desde el 14 de enero de 2018) y miembro del gabinete de Nicolás Maduro desde los primeros días (agosto de 2013) se convirtió en heredera del movimiento “revolucionario y antimperialista” fundado por Hugo Chávez, con quien mantuvo sonados (y a veces irrespetuosos) desencuentros; y al mismo tiempo en representante privilegiada de Donald Trump, quien continuamente hace elogios de su comportamiento y su esmero en cumplir con las órdenes que se le imparten. En los hechos, pocas veces (como en los inicios de la explotación petrolera) Estados Unidos había obtenido tantas ventajas en Venezuela. Es el precio pagado de antemano por la instalación de la “encargada” en el palacio de Miraflores. Los grandes caudillos (Páez, Guzman, Betancourt) mantuvieron buenas relaciones con el gobierno de aquel país, pero sin perder nunca su capacidad de decisión. En más de una ocasión, expresaron diferencias. Incluso lo hizo Gómez varias veces.
A muchos pareció extraño que la cúpula del chavismo aceptara fácilmente la tutela norteamericana. Se había prometido “incendiar” el país si el “imperio” se atrevía invadir el territorio nacional. Se promovió la incorporación de todos los sectores a la defensa nacional; y hasta se prepararon milicias urbanas. ¡Solo acciones de propaganda! No hubo respuesta a la operación de “extracción”: apenas reaccionaron los “anillos” de protección del jefe, cuyos integrantes (muchos cubanos) se sacrificaron inútilmente. Ha podido negociarse la entrega pacífica. Por lo demás, observadores objetivos –como el representante de USA en Venezuela antes de la ruptura (2019)– señalaban que la fuerza armada no tenía la voluntad, la capacidad y la preparación para enfrentar una incursión armada, aún limitada. E informes de grupos bien enterados señalaban que la aviación y la armada estaban prácticamente “inactivas”; y que el ejército carecía de medios para desplegarse: no podría enfrentar ni una insurrección interna.
El acuerdo entre la administración Trump y el grupo ahora en el poder en Venezuela se negoció desde abril de 2025 y se concretó una vez que Nicolás Maduro rechazó (diciembre 2025) las ofertas para retirarse en libertad. Los hechos posteriores revelan las cláusulas convenidas, muy simples: se mantiene la estructura de cargos; pero, sus titulares deben cumplir las exigencias de Washington. No era esa la solución esperada por la oposición democrática ni, sobre todo, por el pueblo que pretende superar los problemas que lo afectan. En verdad, antes de 1999 se había avanzado mucho. Venezuela había alcanzado en algunas áreas los más altos niveles de desarrollo en América Latina. Recuperarlos requiere constituir un gobierno comprometido con ese propósito. La situación actual – contraria a la vocación estatal del país y a sus luchas históricas – no debió admitirse; y en todo caso no puede prolongarse. Debe ser rechazada firmemente.
La sustitución de Nicolás Maduro por Delcy Rodríguez, ha provocado graves divergencias en la llamada “izquierda” latinoamericana. No discuten sus dirigentes la capacidad de la funcionaria (con estudios fuera del país) ni su desempeño – casi desconocido – en los varios despachos que se le confiaron (relaciones exteriores, economía, hidrocarburos, vicepresidencia). A decir verdad, esos asuntos poco importan a aquellos. Nunca mostraron recelos en relación con la incompetencia manifiesta del “usurpador” ahora enjuiciado. Pero, pocos han expresado apoyo a su ascenso, decidido por Donald Trump (que no ahorra elogios sobre su comportamiento). En realidad, en los temas que a él interesan – y especialmente, en lo que toca al petróleo – sigue sus mandatos. Ella misma, en su primer mensaje como “encargada”, llamó al gobierno estadounidense a avanzar en una “agenda de cooperación” para el desarrollo y la convivencia. Se trataba de un lenguaje muy diferente al utilizado hasta pocos días antes.
Los mandatarios de izquierda de Uruguay y Chile fueron críticos con la gestión de N. Maduro y denunciaron el fraude de 2024. En realidad, en esos países es muy fuerte el rechazo a los gobiernos militares: conocieron, casi al mismo tiempo, dictaduras terribles. Otros no tuvieron la misma actitud: Lula da Silva (Brasil), que recomendó al régimen de Caracas publicar las actas de 2024, recientemente pidió convocar nuevas elecciones; Claudia Sheinbaum (México) exigió respeto al derecho internacional (y los principios de no intervención y autodeterminación de los pueblos); y Gustavo Petro (Colombia) que condenó la captura del “usurpador”, ha sido el primero en visitar a Delcy Rodríguez en Caracas. En fin, los gobernantes de Cuba y Nicaragua han calificado de “bárbaro” e “ilegal” el “secuestro” de Maduro y reclaman su liberación. Para ambos regímenes ha sido vital el suministro de petróleo (en condiciones excepcionales) que ahora ha sido suspendido.
Nunca en la historia posterior a la época colonial la América Hispana constituyó una entidad y pocas veces ha tenido unidad de propósitos. Más, los grandes virreinatos se desintegraron y surgieron las nuevas naciones. Las ambiciones de los héroes animaron ese proceso que, debe reconocerse, se fundaba en realidades, algunas muy antiguas. El proyecto de Miranda ya era irrealizable cuando lo formuló; y ni siquiera pudieron mantenerse la Colombia de Bolívar o la República Federal de los próceres centroamericanos. Pero, perduró la aspiración a una comunidad de principios e intereses. Pareció concretarse con la creación de la Organización de los Estados Americanos (1948) y la Carta Democrática de las Américas (2001). Sin embargo, para entonces algunos pensadores advertían, como el centinela de Elsinor, que “algo olía mal” en la región. En efecto, estaba en marcha el plan para sustituir el sistema democrático como propio del continente por uno de socialismo autoritario.
Conviene aclarar que no todo proyecto socialista o revolucionario es autoritario. Entre los primeros, al lado de los leninistas (o comunistas) figuran los democráticos. Y las revoluciones son de diverso signo. Fue a finales del siglo XX (a raíz de la implosión de la Unión Soviética), cuando en América Latina algunos creyeron posible realizar la esperanza de justicia en una democracia sustentada sobre una estructura comunista. Olvidaron que ésta conlleva – ha demostrado la historia – la autocracia. Aquello, pues, era un verdadero oxímoron. En Barcelona (el 18.4) Lula da Silva, con toda crudeza (¡e ingenuidad!), preguntaba: “Yo quiero saber ¿dónde hemos fallado como demócratas? ¿Cuándo las instituciones democráticas dejaron de funcionar?” La respuesta parece evidente: al pretender remplazar la voluntad popular por la decisión partidista (que es la del secretario, jefe o caudillo). Aquella ha de imponerse; pero se debe evitar que sea plebiscitaria o resultado del populismo (la “demagogía” griega).
Lastimosamente, América Latina sólo aprovechó parcialmente las oportunidades que se abrieron después de la II Guerra mundial. Europa y Japón supieron levantarse de las ruinas. China y en menor grado Rusia se incorporaron a la economía global. También lo intenta ahora India. Pero, más abajo del rio Grande, los “quijotes” continuaron luchando contra molinos de viento. Ofrecían revoluciones, proyectos de cambios, crear el hombre nuevo. Era la hora de la innovación, la ciencia y la tecnología para mejorar la vida de la población. Sin embargo, se dejó para más tarde esa tarea. Debe asumirse ya: no es momento para enredos inútiles.
X: @JesusRondonN