Mérida, Julio Domingo 26, 2026, 04:26 pm
Twitter: @perezlopresti)
De manera repetida, en el pensamiento de la humanidad existe la creencia
de que la vida en la tierra es una especie de trance (intermedio) en donde se
lucha como derivación de acciones incorrectas cometidas en el pasado, o porque
aspiramos un futuro mejor como consecuencia de nuestras buenas acciones, todo
lo cual se materializará una vez que hayamos fallecido. En la edad media se
llegó a preconizar la idea de que la vida es un valle de lágrimas.
Por este discurso, en donde se exaltan las posibilidades de alcanzar la
felicidad en el futuro, una vez extintos, o de anhelar la felicidad pasada
perdida, el culto a la vida presente queda un tanto relegado en la tradición
civilizatoria. Se enaltece lo inexistente (muerte) en vez de dignificar lo
existente (vida). Es así como nos plantean a la muerte y no a la vida como un
gran enigma. La verdad es lo contrario. El enigma no está en la inasible idea
de muerte sino en la extraordinaria condición tangible de estar vivos. Nada
puede ser más prodigioso que encontrarnos vivos y ser conscientes de ello. A
raíz de los cambios propios de los nuevos tiempos, siento que como
connacionales no estamos ni siquiera viendo a la muerte como misterio sino como
algo banal y la vida deja de ser el gran enigma que es para convertirse en
simple sacudida de alcances inmediatos.
Esa interpretación de la existencia, propia del pensamiento religioso, se
encuentra presente de manera superlativa en la naturaleza del venezolano, con
el agravante de que no sólo se hace alarde de un mágico pasado y un inexistente
futuro idealizado, sino que la idea de que ha de aparecer un héroe salvador es
consustancial con nuestro ánimo como pueblo. El héroe enaltecido al cual
rendimos culto como un gran padre, es parte de nuestra esencia. Es en realidad
una manera primitiva de asumir la vida, lo cual nos hace muy vulnerable como
sociedad. Ser estructuralmente mesiánicos nos predispone a ser embaucados por
quienes nos prometan maravillas. La historiografía cuenta con ejemplos de sobra
para ilustrar este hecho.
En nuestra idiosincrasia existe la idea de que alguien o algo “nos van a
salvar”, independientemente de lo que hagamos o dejemos de hacer. Esa visión
mágica de las cosas le da un carácter a la venezolanidad que la hace
adversamente espasmódica y trágica.