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La palabra creadora por Cardenal Baltazar Porras Cardozo

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Cardenal Baltazar Porras Cardozo


Discurso de incorporación como miembro correspondiente de la Academia de la Lengua por el estado Mérida. Cardenal Baltazar Enrique Porras Cardozo. Palacio de las Academias, Caracas, miércoles 4 de diciembre de 2024. 

PRELUDIO

Al agradecer el alto honor de incorporarme a la Academia de la Lengua como Miembro Correspondiente por el Estado Mérida, invitación recibida hace varios años a la que no pude dar respuesta en su momento por el cúmulo de obligaciones al frente de dos arquidiócesis, a lo que hubo que añadir las restricciones durante la pandemia. El tiempo se me hizo esquivo para dar cumplimiento a tan honrosa distinción. En mi nueva condición de arzobispo emérito quiero dar respuesta, ahora sí, a tan honrosa designación. Desearía, además, con esta disertación, rendir un pequeño homenaje de mi parte a la tierra andina que me acogió generosamente durante casi cuatro décadas.

Permítanme una memoria agradecida. Fueron preclaros miembros correspondientes del estado Mérida distinguidos hombres de trayectoria en las letras, la poesía y la investigación, los Dres. Lubio Cardozo y Carlos César Rodríguez, catedráticos de la Universidad de los Andes. El Profesor trujillano D. Antonio Cortés Pérez y D. Andrés Márquez Carrero, quienes han dejado como legado su producción literaria.

De los clérigos que han pasado también por esta Corporación como Miembros de Número rindo memoria agradecida al P. José del Rey Fajardo sj, a Monseñor Juan Bautista Castro, al jesuita Pedro Pablo Barnola quien además la presidió durante una década (1967-76), a Fray Cesáreo de Armellada ofmcap., a Mons. Nicolás Eugenio Navarro, y a nuestro primer cardenal José Humberto Quintero Parra.

EL LENGUAJE Y LA VIDA COTIDIANA

Varios temas han rondado mi mente sobre los que quisiera disertar. No soy filólogo ni poeta, sino escritor “de a pie”, observador de la vida cotidiana de los pueblos donde me ha tocado transitar a lo largo de mi existencia. Conviví con compañeros de estudios procedentes de la mayor parte de las regiones del país, y luego de los países hispanoamericanos durante mi estancia salmantina, enriqueció mi vocabulario castellano, lo que le confirió sentido lúdico a nuevos vocablos, y analogía a muchas palabras y dichos según el uso de cada cultura. Por eso me atrevo afirmar que el mestizaje de la lengua hispana, en el encuentro con los diversos pueblos que lo tienen de uso corriente, lo convierte en un idioma en el que la plurisemia se asemeja a un juego similar al de “la Oca” tan útil para enriquecer la comprensión del lenguaje. “Pico” no es lo mismo en Venezuela que en Chile; como “un tinto” es otra cosa si se lo pide en Colombia o en España. Entre nosotros, en la actualidad, la palabra “gocho” es una forma familiar de llamar a los andinos por su valentía y creatividad, pero hace un siglo, cuando los habitantes de los Andes se adueñaron del poder, era la manera despectiva de decirles “campesinos sucios” porque el sentido inicial lo identifica con el animalito tan del gusto en la mesa familiar: el cerdo, cochino, marrano, puerco o chancho.

LA PALABRA, OBRA DEL VERBO Y DEL SER HUMANO

Un proverbio chino reza así: “el comienzo de la sabiduría es llamar las cosas por su verdadero nombre”. Al leer por vez primera el prólogo del evangelio de San Juan queda uno perplejo para entender el sentido de que “en el principio ya existía la Palabra y por medio del Verbo, Dios hizo todas las cosas” (Jn. 1, 1-3). Curiosamente, siendo Dios el hacedor de todo, parece inexplicable que la creación quedara inacabada, porque cuando creó al hombre le encomendó le pusiera nombre a todas las cosas y ese nombre fue el que les quedó (Gn. 2, 19-20).

Nombrar, dar la palabra correcta, es un arte y una exigencia pues podemos ben/decir o mal/decir. Con la picardía de Cervantes, la palabra se acomoda a las circunstancias, lo que hizo exclamar en una ocasión a Don Quijote que: “…estamos tan de su parte que, aunque su retrato nos muestre es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere” (parte I, cap. 4,97).

El lenguaje humano es, pues, inconmensurable en su riqueza y plasticidad. Es un arte nombrar, calificar, denigrar, piropear, insultar, unir o desunir. Máxime, con la elasticidad del mundo de la comunicación y de los avances digitales, “Mister Google” se ha convertido en quien todo lo sabe y lo define, haciendo de la pereza en hurgar diccionarios una virtud que no siempre satisface a los más perspicaces. “La buena literatura y los poetas muestran la potencia del lenguaje, dando vida a las cosas inertes o haciéndonos cómplices de historias jamás soñadas. La palabra bien elegida es como la sal para los alimentos: conserva la lengua” (José María Fernández-Martos. El drama de la palabra. Colección El Pozo de Siquén 464. Sal Terrae, 2023, p. 25).

MI ENCUENTRO CON LA PALABRA

Entre las muchas tareas que aprendimos en los años juveniles, las aulas del Seminario Interdiocesano de Caracas fueron la matriz que nos inculcó el saber usar la palabra, saber nombrar las cosas por su nombre, sobre todo si se trataba de las cosas sagradas. En Medellín, en el encuentro del episcopado latinoamericano para actualizar las exigencias del Concilio Vaticano II, se insistió en dar “una importancia particular al estudio e investigación de nuestras realidades latinoamericanas en sus aspectos: religioso, social, antropológico y psicológico” (Doc. 13, 18).

Parte de la formación integral de los candidatos al sacerdocio de aquellos tiempos pasaba por el cultivo de las letras y el bien decir. El libro “Formación del estilo“, de la editorial Sal Terrae y los folletos “Análisis gramatical” y “Análisis lógico” del sacerdote colombiano Próspero González, eran parte añadida y obligatoria a los programas de castellano y literatura que cursamos en los años de bachillerato y en los del trienio filosófico. Las academias literarias, -ejercicio colectivo para el aprendizaje de la oratoria-, formaban parte de la rutina semanal para hacer de la escritura y la oratoria instrumentos útiles para la comunicación con todos los públicos.

El dominio de la lengua materna se enriquecía con las clases diarias y con tarea escrita de las lenguas latina y castellana, en las que a partir del tercer año de seminario nos tocaba traducir los clásicos de un voluminoso libro titulado “De viris illustribus” que nos generaba temor porque analizar y traducir a Cicerón era relativamente cómodo, pero los textos de César y Tito Livio, entre otros, llevaban tiempo y sudores por lo enrevesado de la construcción gramatical y estilística de los clásicos, para dar con el verbo principal y ordenar con precisión los distintos complementos. Los profesores de latín, griego y hebreo de nuestro tiempo eran sacerdotes curtidos en lenguas clásicas con amplio dominio del francés e inglés, dadas por sacerdotes franceses y canadienses. Que la literatura sea una fuente de luz, lo tuvieron muy presente los antiguos formadores, y hace apenas unos meses nos sorprendió el Papa Francisco con su carta sobre “el papel de la literatura en la formación” de todo cristiano, ya que “la literatura tiene que ver, de un modo y otro, con lo que cado uno de nosotros busca en la vida, ya que entra en íntima relación con nuestra existencia concreta, con sus tensiones esenciales, sus deseos y significados” (n.6. 17 de julio 2024)-

A comienzos de la democracia en 1958 se promocionó con éxito “el compra venezolano” para valorar lo autóctono, lo propio. En el campo de las letras se publicaron en ediciones populares y muy baratas, escritos de autores venezolanos de los siglos XIX y XX que se ofrecían en los alrededores del Capitolio en el centro de Caracas. Así accedimos a los costumbristas venezolanos, a las mejores poesías de Andrés Bello, Cecilio Acosta y José Antonio Pérez Bonalde, entre otros, y novelas cortas de Rómulo Gallegos o pasajes de “Venezuela Heroica” de Eduardo Blanco. Su lectura enriqueció nuestro vocabulario y amplió la imaginación con la obligación de evitar el “que” galicado, el uso excesivo de gerundios y la comprensión de palabras en desuso o regionalismos con significados muy variados. Los libros de la editorial argentina Kapelusz traían selecciones de autores hispanoamericanos y traducciones de los clásicos de otras lenguas que nos abrían a lo mejor de la literatura universal. De todo ello dábamos cuenta en resúmenes escritos o en interrogatorios orales.

LA PALABRA SE RECREA EN CADA CULTURA

El idioma no es un esqueleto muerto sino un ser vivo que se modifica con el tiempo y las circunstancias. Connotados estudiosos nacidos en otras latitudes se convirtieron en los mejores estudiosos del castellano criollo. Don Pedro Grases o Don Ángel Rosenblat, filólogos de altos calibres nos dejaron lo mejor de su sapiencia para entender la riqueza insondable del idioma de Cervantes, en la enorme variedad del castellano hispanoamericano. Son de época posterior brillantes investigadores como Francisco Javier Pérez, Horacio Biord Castillo, Enrique Obediente y Mariano Nava Contreras entre otros. El uso de los diccionarios se hizo indispensable y en las bibliotecas eran los que estaban más a la mano para sacarnos de dudas. Entre ellos, el de venezolanismos, el Diccionario Histórico del español en Venezuela y los variados estudios y publicaciones de regionalismos, pues la dinámica del lenguaje es como la vida: cambia continuamente, en buena parte hoy por la globalización, la tecnología y la influencia de los comunicadores, unos con dominio del idioma y la dicción; y otros que maltratan, modifican, ponen de moda vocablos o expresiones que cuando coinciden con el sentir popular, pasan a ser del dominio general.

Gracias a los cronistas y a cultores de la lengua han visto la luz pública diccionarios de venezolanismos y publicaciones regionales del habla oriental, llanera, paraguanera, zuliana, andina, el lenguaje del hato, y tantos otros. En general han sido recopilaciones de tradiciones orales captadas por los amantes de su terruño para acentuar el valor de lo local. Como hacendosas hormigas han sido los cronistas municipales quienes en modestos folletos y hojas sueltas dejan constancia de la cultura pueblerina. En mi condición de cronista municipal he recogido infinidad de expresiones orales que representan el alma profunda de la gente para no dejar morir el habla de nuestros mayores.

En un país donde las comunicaciones son relativamente recientes, pues ejes carreteros como la trasandina al igual que los medios radioeléctricos como la radio apenas están próximos a cumplir un siglo. Hay vocablos o expresiones que se circunscriben a un espacio determinado. La televisión si bien comenzó en la capital a comienzos de los años cincuenta del siglo pasado, tardó más de una década en llegar a buena parte del territorio nacional. La proliferación de la radio y la televisión colombiana han influido en el lenguaje y en la música en el occidente y en los llanos mucho más de lo que nos imaginamos, como lo fueron antaño el cine mexicano y el argentino, pues el doblaje de las películas tardó en llegar y había que seguirlos leyendo rápidamente los subtítulos en castellano.

Sirva de ejemplo: en la ciudad de Mérida no se escucha en directo ninguna emisora de la capital ya que las antenas repetidoras no estaban permitidas salvo, si no me equivoco, las que tuvo Radio Rumbos algún tiempo. En cambio, las emisoras de radio bogotanas o de los llanos orientales colombianos se sintonizan sin dificultad sobre todo por las noches. A comienzos de los años 80 del siglo pasado, Mons. Miguel Antonio Salas Salas consiguió no sin dificultad la aprobación de la Televisora Andina de Mérida, TAM, pues los canales caraqueños se opusieron a su permiso ya que consideraban que los canales nacionales eran sólo los de la capital y movieron todo su poder para que no se aprobaran nuevas concesiones; el gobierno esgrimió razones de soberanía e inventó la figura inexistente de televisora regional, y le asignó los canales 3, 7 y 10 para “tapar” los canales colombianos que se sintonizaban en esas frecuencias y así evadir la presión capitalina. Posteriormente se instalaron en el interior varias televisoras regionales la mayor parte de ellas de vida efímera.

EL LENGUAJE ANDINO

Pero regresemos al tema central de la palabra creadora, objetivo principal de este trabajo. Quiere ser esta disertación un pequeño homenaje a la tierra merideña que me acogió durante décadas y en la que me tocó aprender el “lenguaje andino” en contraposición con el central más caribeño. Lo primero, aprender a tratar de “usted” a todo el mundo. El tuteo casi no existe. Hasta en la celebración de la misa llama la atención que no responden como lo manda el ritual: “y con TU espíritu”, sino “y con SU espíritu”. Marido y mujer se tratan de usted y se llaman por el apellido, al igual que los muchachos entre sí. El tú casi no existe; en cambio en España, tuve la experiencia al dar clases en un colegio de monjas en el que las muchachas del último año de bachillerato me reclamaron el hablarles de “ustedes” y no de “vosotras”. El primero, marca distancia, el segundo es más cercano y familiar. Como el “vos” zuliano, familiar y cercano gramaticalmente al tú. ¡Así son las cosas!

Al visitar las parroquias rurales del sur del Lago de Maracaibo, a los caminos no asfaltados los llaman “camellones”, terreno levantado como los surcos donde se siembra la semilla. Estas vías son como las gibas de un dromedario. Lo encuentro reseñado en los diccionarios como sistemas hidráulicos prehispánicos, no con la acepción venezolana de “camino de tierra levantado para evadir la inundación en tiempos de invierno que impedirían el libre tránsito”.

Le oí muchas veces al Cardenal José Humberto Quintero Parra una frase que solía repetir cuando se le ofrecía algo de su agrado: “El que quiere dar no ofrece”, para indicar que aceptaba de buen grado lo que se le estaba ofreciendo. Es una expresión bastante común en el páramo merideño, sobre todo en Mucuchíes, de donde era originario nuestro primer cardenal. Aquí en Caracas la he introducido entre gente amiga, produciendo hilaridad. Pero hay una variante, también de raigambre andina y al parecer proveniente del hermano país. En una ocasión le “ofrecí” a un grupo de exrectores de la Universidad de los Andes con quienes compartíamos exquisita conversación y manteles bien servidos, una bebida distinta a la que estaban tomando. Les dije, aquí tengo un vino que me dicen que es de alta calidad y no sé si quisieran cambiar el escocés por una cepa hispana de la Ribera del Duero. La respuesta de uno de ellos no se hizo esperar: “lo que me molesta es la tardanza”, y por supuesto, solo me quedó la botella vacía de recuerdo.

Se ha convertido en un estribillo generalizado que lo oí por vez primera en la cordillera: “me regala…una foto, me regala un tiempito”…; ahora es muy común aquí en la capital cada vez que presido la ceremonia de confirmaciones. “Cardenal, ¿me regala una foto?”. Tengo la impresión de que ha pasado a Venezuela por influencia del habla del vecino país. Como esta otra, usual en el territorio neogranadino. “¿A Su merced, le provoca una Colombiana?”, referida a la gaseosa o cerveza de dicha marca. ¡Hay que tener cuidado para no generar confusión y ser catalogado como un malpensado!

Con cierta frecuencia visitan Venezuela los representantes de las agencias de ayuda alemanas de la Iglesia Católica. Una de las conversaciones obligadas para ellos es entender el significado de la diferencia entre “ya”, “ahorita”, “dentro de un ratico”, pues más de una vez, con la precisión del tiempo que los caracteriza, pierden la paciencia cuando el interlocutor no llega en el corto tiempo que sugiere la expresión. Nosotros estamos acostumbrados, porque cuando uno llama a alguien para saber cuándo llegará a la cita, la respuesta consabida es “voy saliendo”. Lo que no se sabe a ciencia cierta si está saliendo del baño, de la casa o de otro compromiso ya que había olvidado lo que tenía pendiente con su amigo. También la expresión “espérame un segundo o un minuto” es una manera de expresar un tiempo indefinido sin otra referencia que ser una forma cortés de decir que no se está listo.

Es como la anécdota cierta del reclamo que le hizo un obispo suizo a un grupo de sacerdotes africanos que trabajaban en aquel país europeo. Con muy buenos modales les agradeció el servicio pastoral que estaban prestando, pero les informó que la feligresía se quejaba de la falta de puntualidad de ellos. “Se entiende que puede haber un retardo de uno o dos minutos”, les dijo el obispo, pero un cuarto de hora es inconcebible para los amantes de la puntualidad. Uno de los interpelados le respondió al buen prelado, “Excelencia, usted tiene la razón, los suizos controlan los relojes, los africanos controlamos el tiempo”. El lenguaje tiene en cada cultura un valor distinto lo que hace que una misma palabra al traducirla a otra lengua tenga un significado diverso.

VOCABLOS REGIONALES MERIDEÑOS

La cultura popular, y por pueblo no nos referimos a los iletrados, sino a todos los que habitamos cualquier región de este paraíso terrenal, pues así lo vio Colón cuando tocó con sus carabelas las costas de Paria, hemos creado palabras y dichos, versos y “bombas” que son parte del jolgorio cada vez que se celebra una fiesta o se asiste a un velorio. Son muchas las improvisaciones del andino, parecidas al contrapunteo llanero, como ésta que escuché en Yegüines o San Simón, pueblo tachirense colindante con Mérida: “Al muerto no le faltan velas, ni al jugador desquite, ni al perro noche oscura, ni al borracho noche triste”. La música campesina andina es digna de un estudio concienzudo, pues es parte de la vida que se expresa en la sátira, el humor y la crítica, que se lanza al sonido de violines, guitarras, requintos o caja tambora, a todo el que tiene autoridad o pretende lucirse para dársela de don Juan o persona importante.

A continuación, ilustro con algunos ejemplos, vocablos regionales andinos.

RETRUQUE

La acepción que le dan los diccionarios venezolanos al vocablo “retruque”, “golpe dado a un automóvil con otro” o “replicar con acierto y energía”, difiere del sentido local andino. En la montaña se referie a la habilidad de quien juega metras, bolos o trompos, para pegarle con tino a uno de los objetos y quedar cerca o arrastrar a otro cercano. Se trata de un juego infantil que en los Andes lo juegan también los adultos en fechas significativas y son objeto de apuestas y premios. Tener dominio del “retruque” es un arte, pues pegar y echar para atrás para golpear a uno o no ser blanco fácil del contrincante se adquiere con el ejercicio como el buen jugador de bolas criollas que es capaz de pegar un buen boche y “de retruque” llevarse otras bolas enemigas por delante. En varios de los pueblos del Sur merideño estos juegos atraen a la población en los días santos de la semana mayor.

Metafóricamente se aplica también a la política cuando se tiene dominio de tácticas no reseñadas en los manuales tradicionales del arte de gobernar. De “retruque” le endilgamos al contrario el defecto de lo que aquellos consideran viveza, permitida porque para algo se tiene la sartén por el mango. Otro “retruque” es jugar a la irresponsabilidad porque nada de lo malo que sucede es producto de una errada política sino sencillamente es el fruto de las zancadillas que el otro pone diciendo que no los dejan gobernar.

EMPUNTADO

Estar empuntado” es una expresión bastante común en los pueblos merideños. La verdad es que yo nunca la había oído hasta que en visita pastoral por los caminos de Canaguá hacia el Cañadón y Guaimaral, compartía amena tertulia con los paisanos que me llevaban en su jeep, platicando sobre el trazo de los caminos antiguos y actuales de la zona. Al preguntarles por qué se abrió la carretera por su trazado actual, alguien me respondió: “por un empunte entre el padre Yebra y el señor que había venido de la dirección de carreteras”.

Se me ocurrió pensar que dicha expresión podía ser un modismo andino o una de esas palabras que con tanta precisión usaban los clásicos españoles. El Diccionario de Venezolanismos publicado por la Universidad Central y la Academia de la Lengua no trae la palabra. El diccionario del habla actual de Venezuela trae el vocablo “empuntarse” como mantenerse firme en una opinión o propósito. Mi alegría y sorpresa fue grande al encontrarla en el Diccionario de la Real Academia como venezolanismo con la acepción de obstinarse. Posiblemente se trata de una corruptela idiomática del sentido primero, según el Diccionario, usado en Colombia y Salamanca, de encarrilar, encaminar, dirigir; o de la acepción salmantina de despedir, echar a uno por molesto. No debe ser simple casualidad que esa expresión se conserve en Mérida donde más de un salmantino como Juan de Maldonado y no pocos venidos de Tunja y Pamplona pusieron sus reales en estas tierras serranas. Valdría la pena poner nuevamente de moda la expresión “empuntar”, pues es el pan nuestro de cada día entre nuestros políticos hogareños y foráneos ... pero como creyentes, mejor es no empuntarse, es decir, no obstinarse y tomar el empunte en su primer sentido de encarrilar porque hay que deshacer muchos entuertos.

GURRUFÍO

De visita en una escuela, uno de los niños me preguntó qué deportes practicaba quien les habla. Enumeré unos cuantos juegos infantiles y mencioné también el “gurrufío”. Me di cuenta de que mis interlocutores no sabían a qué me refería. Salió en mi auxilio una de las maestras quien alborozada exclamó: “Monseñor yo soy caraqueña y llevo muchos años aquí. Al “gurrufío” le dicen aquí “Runche”, palabra que sí recoge el diccionario de venezolanismos como un andinismo de Mérida. No sé si las actuales generaciones practican este juego infantil. Tenía el atractivo de que uno mismo confeccionaba el juguete con un poco de hilo o pabilo y un botón grande de varios huequitos para hacerlo circular. Pero, los más tremendos lo hacían con chapitas de refrescos con el peligro de saltar, por ser cortante, y producir alguna pequeña herida o romper la camisa y tener que dar cuenta en casa del desaguisado cometido.

COLD AND HOT: FRÍO Y CALIENTE

Hay usos y costumbres que parecen inveterados y son de ayer. La mayor parte de los mortales creemos que de siempre las casas han tenido agua corriente fría y caliente. Y no ha sido así. Pues bien, si usted es turista o visitante de las posadas andinas o llega a alguna casa de pueblo, no está de más que pregunte si el agua caliente sale por la llave de la derecha o por la de la izquierda. La razón es muy sencilla, en no pocos lugares el agua caliente sale por la llave de la derecha.

Los entendidos señalan que es un convencionalismo norteamericano la distribución de las llaves de agua, a la derecha la fría y a la izquierda la caliente. De allí la identificación de las manillas con una letra, C o H, según el caso. Como la mayor parte de los adelantos modernos, las letras de las llaves venían en inglés. Las indicaciones a los modestos maestros de obras y albañiles decían colocar la llave C (= cold, frío) a la derecha y la que tiene la H (= hot, caliente) a la izquierda.

Pues bien, cuando empezó a popularizarse en la Cordillera la construcción de baños y duchas con las dos llaves, la previsión que enseñaron a los modestos constructores de nuestros pueblos, fue sin más, que la llave con la letra C se colocaba a la derecha y la que tenía una H se ponía a la izquierda. Nuestros modestos albañiles de entonces, verdaderos genios de la ingeniería práctica, no tenían conocimientos ni de la lengua de Cervantes ni de la Shakespeare, porque no existía “el método Acude” de alfabetización ni el bachillerato express de las actuales misiones.

Si la llave con la C iba a la derecha, tenía lógica que se trataba del agua caliente, pues así lo identifica la primera letra. Y la H de la otra, no podía ser sino la fría o helada, cosa que podría parecer un tanto extraña, pero así son esos superdotados del norte que inventan de todo, hasta nuevas palabras para cambiar la forma de nombrar las cosas que tenemos los mortales del sur. Además, es verdad, el agua corriente en nuestras montañas no sale fría, sino helada.

“Se non é vero, é ben trovato”, dicen los musiúes. No creamos los habitantes de los Andes que lo anterior es una burla o un menosprecio del gentilicio regional. Es una forma de inculturar lo que viene de fuera. Y, eso, es muy positivo. Muchos adelantos de la técnica no han llegado todavía a numerosos lugares de nuestra intrincada geografía. Entre otras razones porque las condiciones del bienestar tampoco se han hecho presentes en nuestros pueblos, campos y barrios de las ciudades.

REFLEXIONES FINALES

Hay muchas otras palabras que he recogido en mis libretas de notas que siempre cargo conmigo en las correrías por todos los rincones de la patria. Son vocablos y frases cortas como fórmulas de cortesía o refranes que pienso entregar a los eruditos que elaboran con paciencia y tesón los diccionarios regionales. Como no quiero cansarlos con tanta “chercha”, es decir, tanta habladera, porque lo que provoca es salir “espitao”, -salir corriendo-, enumero algunas, varias de las cuales se encuentran ya reseñadas en algunos de los diccionarios y otras tienden a desaparecer por el poco uso o están restringidas en localidades menores.

Ñinga”, es algo pequeño o sin importancia. Una “ñinguita” es algo insignificante. Andar con sus “macundales” vale decir cargar con sus corotos o asuntos personales, como hoy día con su morral a cuestas. He oído decir que es una deformación del inglés (Mack and dale). Hay que andar con cuidado en los Andes porque un “cura” no es necesariamente un sacerdote sino el fruto del “curo”, árbol que conocemos con el nombre de aguacate. El sector “Los Curos” de la ciudad de Mérida recuerda una vieja hacienda poblada de esos árboles que producen tan sabroso fruto.

Cuando alguien se siente mal del estómago, en mis años juveniles se decía en Caracas que estaba “de Chorro a Coliseo”, en los Andes se le dice “cagalera” o “cursera” como lo reseñan los diccionarios. “Coco” es el fruto del cocotero pero en el argot popular se relaciona con la inteligencia, “hay que echarle coco”. “Cachicamero” es referido en los diccionarios como el buen revendedor. Pero tiene también el sentido de alguien sin modales o mal gusto, o en forma despectiva para catalogarlo de provinciano o campesino. “Sopón” en la montaña se le dice al entrometido o chismoso. Hoy hay que tener mucho cuidado con señalar la condición de una mujer: si es soltera, casada, compañera, arrejuntada o la de turno. Pero en los Andes decirle a una que es la “moza”, no tiene el sentido cariñoso hispano, sino que se alude a la novia de paso.

Este desordenado repaso por algunas de las palabras o expresiones sugiere aprender que la semántica es una cualidad que penetra por todo el idioma. No debe extrañarnos que la diversidad de sentidos sea una cualidad más que un defecto y no debemos empecinarnos en etiquetar dichas expresiones como inconvenientes. El genio de cada cultura tiene sus maneras de expresarse y el lingüista no puede preciarse de puritano sino adentrarse en el alma del pueblo para descubrir los encantos del lenguaje de las letras hispanas. Que sepamos decir como Rabindranath Tagore “cuando me marche de este mundo, que estas sean mis últimas palabras: ¡Todo lo visto ha sido insuperable!”. Seamos siempre aprendices del bien-decir.

CONCLUSIÓN

Concluyo, evocando lo que el Padre Pedro Pablo Barnola escribió sobre Andrés Bello, en un bello pasaje que tituló “ausencia sin olvido”. El desarraigo juega en contra de la propia identidad cuando pasamos la página del pasado y nos construimos un presente sin memoria. Es un fenómeno demasiado corriente en nuestros días con el peligro de convertirnos en apátridas, sin referencias ciertas a lo que bebimos en los primeros años de la existencia personal. Quien emigra del campo a la ciudad no debe sentir desprecio de su origen. Las razones son variadas y no siempre agradables. Pero la riqueza cultural pasa también por superar la fuerza de las ideas, utilizándolas en el desenvolvimiento de su mundo espiritual, reflejo del mundo material donde se forjó. Toda idea que penetra y se generaliza en la actividad social, se convierte en energía transmutadora de los ideales del hombre. Como María, la madre de Jesús, trasmitió en palabras humanas el mensaje del ángel: “las grandes palabras se acunan en el hueco del silencio atento y calmado que saca a flote, como paciente pescador de río, lo no dicho, lo sugerido, lo inefable” (Pedro Miguel Lamet).

La palabra creadora existe para tender puentes, no para ensanchar abismos. Querer lo propio, afincarse en la identidad que nos hace hijos de un tiempo y un espacio concretos es un tesoro que hay que saber cuidar y enriquecer. Andrés Bello solo vivió los primeros veintinueve años de su existencia en su tierra natal. Los otros cincuenta años de su vida transcurrieron entre Londres y Chile. Jamás pudo regresar a su lar nativo. Entre la añoranza y la nostalgia no olvidó sus raíces. Pasó trabajos y obtuvo éxitos y reconocimientos, pero su Caracas, la de sus ensueños, la llevó siempre en su pecho y en sus cuitas más íntimas. “Y posible será que destinado he de vivir en sempiterno duelo, lejos del suelo hermoso, ¿el caro suelo que a la primera luz abrí los ojos?” (Pedro Pablo Barnola. Estudios sobre Bello, pp.163-177).

La gama multicolor de la cultura venezolana se enriquece con la palabra, unívoca y análoga, fina y cortante, pero que nos une en el afecto y el aprecio por lo propio y autóctono. “Conocerse a sí mismo”, decía Sócrates a sus discípulos. Es el consejo de don Quijote a Sancho Panza antes de ir a gobernar la ínsula: “has de poner los ojos en quién eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que pueda imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey” (parte II, cap. 42, 981-982).

He intentado, al haber vivido la mitad de mi vida en los Andes merideños rendir este modesto homenaje a su gente, a sus paisajes, a su fe y constancia en la superación, que hizo exclamar a Juan Pablo II que allí estaba la reserva moral del país. “La altura espiritual de una vida humana está marcada por el amor, que es el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana” (Fratelli tutti, 92). Que estas disquisiciones nos hagan más cercano al Creador que nos ha dado la palabra, su Verbo, para asemejarnos más a Él y nos invite a bien valorar la querencia de la tierra donde nacimos o vivimos.

Señores





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