Mérida, Junio Viernes 05, 2026, 05:07 pm
La enseñanza y la
investigación científica en la Universidad de Los Andes no se desarrollarán de
manera formal hasta mediado del siglo XX. En las primeras décadas de esta
centuria y a lo largo de la decimonónica hubo intentos de instaurar la docencia
sobre las ciencias físicas y naturales, sin que se lograran poner en práctica
en razón de la carencia de catedráticos que mantuvieran en el tiempo
asignaturas relacionadas con esas ciencias. Para ello se establecieron
Gabinetes, Museos y Laboratorios que finalmente no lograron desarrollarse
formalmente por la carencia de estudios concretos y aplicación fáctica. Lo
cierto es que el desarrollo académico de la ULA, hasta llegar a su estado
actual, hubo un lento proceso de instauración de la enseñanza e investigación
en dichas ciencias. Los estudios de medicina se iniciaron con cátedras que no
conducían a grado alguno: La Escuela de Medicina no fue establecida formalmente
hasta 1854, la que pasó a denominarse después como Facultad de Ciencias Médicas
en 1884. A esta se incorporó la Escuela de Farmacia en 1894. Ambas dependencias
fueron clausuradas en 1905, para no ser restablecidas hasta 1918 la segunda y
1928 la primera de ellas. Los cursos de Bioanálisis fueron establecidos en
1956, a partir de una Escuela Politécnica de Laboratorista de 1950. La Escuela
de Dentistería data de 1928 a 1940, adscrita a la Facultad de Medicina, y que
pasaría a denominarse Facultad de Odontología en 1942.
En 1932 fue creada
la Escuela de Ciencias Físicas y Matemáticas, denominada Escuela de Ingeniería
Civil, la que funcionó hasta 1940,
núcleo inicial la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas instaurada en
1936. En 1953 se le cambiaría el nombre por el de Facultad de Ingeniería. Sus
otras Escuelas fueron establecidas entre 1964 y 1974. La Facultad de Ciencias
Forestales inicialmente tuvo su origen en la Escuela de Ingeniería Forestal de
1948, como dependencia de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas se
denominó Ingeniería Forestal (1952-1956). En 1962 inició su actividad la
Escuela de Arquitectura, convertida en Facultad en 1970. No podemos dejar de
mencionar que la Facultad de Ciencias no fue fundada hasta 1969, cuando se
elevó a esa categoría el Centro de Ciencias establecido en 1967, con sus
carreras de Biología, Matemáticas, Física y Química. Las Ciencias Humanísticas
y Sociales también atravesaron por un lento proceso, pues la Escuela de
Humanidades comenzó en 1955 con adscripción a la Facultad de Derecho,
convirtiéndose en Facultad de Humanidades y Educación en 1959, al crearse la
Escuela de esta última área en ese año. La Facultad de Economía, actual
Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, se abrió en 1958 con las Escuelas
de Economía y después la de Administración y Contaduría (1968).
Cabe agregar otro
aspecto importante relacionado con la lenta y gradual historia de la
investigación científica en la Universidad de Los Andes. Nos referimos a los
Institutos, Centros y Laboratorios para la investigación. Solo vamos a
mencionar los instaurados hasta la década de los sesenta del siglo XX, en orden
de aparición. El primer Instituto fue el Instituto de Investigaciones Químicas
(1948) de la Facultad de Farmacia. En Economía el Instituto de Investigaciones
Económicas y Sociales (1958). El Instituto Forestal Latinoamericano (1961), el
Instituto de Investigaciones Agropecuarias y el Centro de Aguas y Tierras
(1965) de Ciencias Forestales y Ambientales. El Instituto de Investigaciones
Literarias (1965) de Humanidades y Educación. En Ingeniería el Instituto de
Fotogrametría (1962). El Instituto de Investigaciones Odontológicas (1965) de
Odontología. En Medicina los Centros Cardiovascular (1966), Fisiología de
Alturas (1966) y Microscopía Electrónica (1968). No hacemos referencia a las
otras instancias académicas con posterioridad a 1970, pues nuestro interés es
resaltar el pausado crecimiento de las ciencias físicas y naturales que
tuvieron sus comienzos a finales del siglo XIX y primeras dos décadas del XX.
Hemos hecho este
repaso histórico por dos razones: el desconocimiento que la actual generación
de universitarios (profesores, estudiantes, empleados y de servicios,
incluyendo autoridades de los últimos cincuenta años) tiene del proceso
académico precedente y por la necesidad de dar a conocer los primeros pasos
orientados a una infraestructura para la investigación que de manera formal y
sistemática se fue estableciendo después del inicio de las funciones del
Vicerrectorado Académico a partir de 1972, por disposición de la Ley de
Universidades de 1970, y del fortalecimiento del órgano fundamental de fomento
de la investigación, el Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico, creado
en 1965. Desde entonces se generó lo que podríamos denominar la proliferación
de Institutos, Centros, Grupos, Laboratorios y Unidades de Investigación, de lo
que hablaremos en otra Crónica. Es decir, partiendo de esa década, hace
aproximadamente 55 años, cuando estamos en presencia de un desarrollo de la
investigación científica en la ULA. Cabe entonces preguntar: ¿A qué se debió
este lento y gradual proceso de investigación en la Universidad de Los Andes,
si se le compara con su hermana mayor la Universidad Central de Venezuela?
Nuestra respuesta: a la realidad a académica que va desde 1810, año de la
fundación de la Universidad de Mérida, y 1970, año de la Ley de Universidades
que definitivamente insertó la investigación como exigencia para el desarrollo
de las Instituciones de Educación Superior. Y como todo presente tiene un
pasado que lo explique, seguidamente exponemos brevemente algunos hechos, pues
sería extenso referirlos en un artículo de prensa y en una crónica que tiene un
propósito informativo, partiendo de la investigación histórica.
Vamos a comentar
hechos, algunos de los cuales hemos expuesto en Crónicas anteriores, para
contextualizar la necesidad de ir conformando una infraestructura científica,
más como enseñanza experimental que como investigación propiamente dicha. En la
estructura curricular del Decreto de creación de la Real Universidad de San
Buenaventura de Mérida del 21 de septiembre de 1810, por la Junta Superior
Gubernativa, se incluyeron las Cátedras de Anatomía y de Matemáticas, con
predominio de las correspondientes a las áreas de Filosofía, Teología, Derecho
Civil, Derecho Canónico, Historia Eclesiástica, Historia de los Concilios,
Lugares Teológicos y Sagrada Escritura. Ello en espera de que se arreglaran
unas Constituciones siguiendo las de Caracas, confiriéndose la facultad de
otorgar solamente grados menores y mayores (Bachilleres, Licenciados, Maestros
y Doctores) en Filosofía, Derecho Canónico y Teología. El terremoto del 26 de
marzo de 1812 y el inicio en ese año de la guerra de independencia en el
territorio merideño impidieron la concreción de lo dispuesto en dicho decreto,
pues la institución universitaria sólo funcionó por dieciocho meses. Por estos
hechos y la mencionada organización académica, en este primer momento las
ciencias naturales no existieron, privilegiándose los estudios jurídicos,
eclesiásticos y filosóficos. Esta situación se prolongará por más de una
centuria, aunque hubo intentos en determinados momentos de cambiar ese modelo
de enseñanza, lo que no se pudo hacer porque Mérida no contaba con profesionales
universitarios que lo garantizaran, realidad que reseñaremos seguidamente.
Restablecida la
institución decretada en 1810 con el nombre de Universidad de Mérida, por
disposición del Presidente José Antonio Páez, el 15 de marzo de 1832, se
encargó al Rector interino Pbro. Dr. Ignacio Fernández Peña la adaptación de
las Constituciones dadas a la Universidad de Caracas por el Libertador Simón
Bolívar el 24 de junio de 1827, para la redacción de sus primeros Estatutos
merideños. Las constituciones caraqueñas comprendían cuatro Facultades:
Filosofía, Teología, Jurisprudencia y Medicina.
Sin embargo, los Estatutos formados por Fernández Peña únicamente se
conformaron con las Facultades de Jurisprudencia, de Teología y de Filosofía.
Curiosamente, se dictaron unas clases de Medicina que en ningún caso se hacía
para formar médicos. En efecto, así aconteció en 1837, cuando el Rector Rafael
Alvarado (1836-1838) instaló la Cátedra de Medicina, conferida al Doctor Cleto
Margallo, el único médico que se presentó a la oposición, un curso de poca
duración. La nueva tentativa para establecer los estudios de medicina tuvo
lugar en 1841, en el rectorado de Agustín Chipía (1838-1843), sin que se
lograran concretarse. En el primer rectorado del Pbro. Dr. José Francisco Mas y
Rubí (1846-1852) se hizo un nuevo ensayo para instituir clases de medicina,
confiadas a los doctores Juan José Cosme Giménez (Anatomía), Manuel Hernández Sosa y Domingo Hernández
Bello (Higiene). En 1854, el rector Eloy Paredes fundó las Cátedras de Cirugía
y Partos, Semiología General y Medicina Práctica. Considerándose que estaban
dadas las condiciones para ello, en ese año se crea en la Universidad de Mérida
una Escuela de Medicina que, obviamente, no respondía a las exigencias
establecidas en el Código de Instrucción Pública de 1843, las que sí reforzaron
los estudios que en la Universidad Central de Venezuela se venían realizando de
manera efectiva desde la colonia y particularmente a partir de sus Estatutos de
1827. La Escuela merideña sería convertida definitivamente en Facultad en 1884.
Durante todo ese tiempo, se trató de estudios de medicina especulativa, basada
en la lectura de escaso número textos extranjeros y de lecciones de los
respectivos catedráticos. A esa Facultad sería adscrita la Escuela de Farmacia
en 1894. Esta realidad académica fue bien advertida por el doctor Caracciolo
Parra y Olmedo en su extensa segunda gestión rectoral de 1887 a 1900.
Sintetizamos las características de las instancias creadas por él con el
propósito de insertar definitivamente la Universidad de Los Andes en el
movimiento científico positivista que se venía desarrollando en Europa y en
otros países de América, incluyendo el puesto en práctica en la Universidad
Central de Venezuela, entre otros, por Adolfo Ernst. Consciente estaba el
rector Parra y Olmedo de la precariedad de los estudios de medicina que,
después de haber cursado un primer año en Mérida, envió a su hijo Ramón Parra
Picón a culminarlos en Caracas y después a especializarse en Francia. Veamos
entonces cuales fueron las propuestas del llamado “Rector Heroico” para
insertar a la Universidad de Los Andes definitivamente en los estudios de las
ciencias físicas y naturales.
La reorganización de
la Biblioteca (1888). El punto de partida del proyecto de transformación de la
ULA de Caracciolo Parra y Olmedo fue la creación definitiva de una Biblioteca,
por decreto del 1 de agosto 1888. Ello con la finalidad de concentrar un número
importante de libros que poseía la institución y que habían pertenecido a los
extinguidos Conventos y al Seminario, en su mayoría temáticamente relacionados
con cuestiones de teología, dogma, historia eclesiástica, derecho civil,
derecho canónico, historia, literatura, medicina y filosofía, pero también
obras de destacados científicos europeos de los siglos XVIII y XIX. Esta
realidad bibliográfica determinó la inmediata solicitud de libros a
funcionarios públicos y otras personalidades de Mérida, Venezuela y el
extranjero, comenzando por el Presidente Juan Pablo Rojas Paúl, a quien suplicó,
por carta del 17 de agosto de aquel año, se dignara “enriquecer la
Biblioteca…con algunas obras modernas en las cuales la juventud pueda conocer
los adelantos de la ciencia y los progresos del genio.” Para llevar adelante
tan importante decreto, el rector designó al catedrático Juan Nepomuceno Pagés
Monsant como primer Bibliotecario, haciendo la inauguración correspondiente el
27 de octubre de 1889. Las fuentes documentales y diferentes estudios dan
cuenta del crecimiento cuantitativo y cualitativo del fondo bibliográfico y
hemerográfico de la nueva Biblioteca durante sus trece años de gestión
rectoral. Sobre ésta y su desarrollo en el tiempo de los servicios
bibliotecarios remitimos a los dos exhaustivos y excelentes trabajos de grado
de Argenis Rafael Arellano Rojas: Lugares de la palabra. Historia cultural de
las bibliotecas de la Universidad de Los Andes. Mérida, Escuela de Historia /
Universidad de Los Andes, 2011 (Memoria de Grado de la Escuela de Historia) e
Historia cultural del fondo antiguo de la Biblioteca Central de la Universidad
de Los Andes (Libros de los siglos XVI y XVII). Mérida, Maestría en Historia de
Venezuela / Universidad de Los Andes, 2017 (Trabajo Especial de Grado. Maestría
en Historia de Venezuela, ULA).
El Modelo de Auzoux
para la Cátedra de Anatomía (1889). El 7 de mayo de 1889 el Secretario de
Gobierno del Estado Los Andes se dirigió al Rector para comunicarle que en la
visita realizada ese día por Presidente del Estado Los, Dr. Carlos Rangel
Garbiras, éste advirtió que la clase de Anatomía se encontraba “…sumamente
desprovista de toda clase de elementos para su estudio por lo que
había…dispuesto que se encargue a Europa…un modelo de Auzoux con destino a
dicha clase, el cual costará, más o menos, la suma de tres mil bolívares que se
erogará por Tesorería…” Dos días después, Caracciolo Parra dio respuesta a ese
oficio, indicando, entre otras cosas, que sentía “…la pena que experimentó al
ver su desnudez y el estado rudimentario de la enseñanza. Es un mal que se hace
a la juventud dedicada en lo más florido de su edad al aprendizaje de las
ciencias exactas, cuando carece de los elementos necesarios para profundizarlas
y aprenderlas prácticamente y no de memoria. Si esa juventud pudiera
trasladarse a la capital de la República o al extranjero, el mal desaparecería,
pero téngase presente que son muchos los que asisten en el Occidente de la
República a esta Universidad y es raro el joven que pueda seguir sus estudios
desprendiéndose de sus familias. Tan abatido me encuentro por falta de
elementos más indispensables para la enseñanza, que con grande alborozo oí de la propia boca del Señor Presidente del
Estado Los Andes la oferta que hizo de un Modelo de Auzoux para la cátedra de
Anatomía, oferta que veo confirmada en la nota de usted…”
Y agregaba: “Ese
Modelo… descubrirá y pondrá de manifiesto a los alumnos que se dediquen a las
materias Médicas, ese mecanismo tan maravilloso, y que llena de asombro a los
naturalistas, sin cuyos conocimientos la medicina dejaría de ser Ciencia…” Casi
al final de esa comunicación del 9 de mayo de aquel año se decía que ese Modelo
para la clase de Anatomía “…lo conservarán los cursantes con el mayor cuidado
para que de él se aprovechen las generaciones que se sucedan en la clase…”. La
lectura de esa carta, y en particular esto último, nos creó la inquietud de
saber el destino de ese aparato, durante nuestra gestión en la dirección del
Archivo Histórico de la ULA. Nos dirigimos a la Facultad de Medicina para
indagar si todavía existía. Un empleado encargado del depósito de esta
dependencia universitaria, ante nuestra inquisición, nos respondió: “Ese debe
ser un muñeco viejo que se echó a la basura porque se lo habían comido los
bichos”. Como ese hecho muchos otros han ocurrido con vestigios materiales de la
historia de la Universidad de Los Andes. El Modelo de Auzoux fue creado por el
médico francés Louis Auzoux, elaborado en papel maché en 1828. En el Liceo en
el que estudiamos el Bachillerato tuvimos la oportunidad de escuchar clases de
Biología sobre el cuerpo humano con esta importante herramienta de enseñanza.
En víspera de la llegada a Mérida de ese regalo gubernamental, el Rector
Caracciolo Parra decretó el 1 de noviembre de 1889 un acto para la exhibición
del mismo en la ciudad, pagando los visitantes la cantidad de un bolívar. Se
designó una Comisión de estudiantes de medicina que se encargaría de la
elaboración del programa para el acto del recibimiento del modelo y el arreglo
del lugar donde se haría la exposición. Toda una fiesta vistosa resultó la
entrada del mismo a la ciudad y a la universidad, con desfile, banda musical y
acompañamiento de funcionarios públicos, alumnos, catedráticos, autoridades y
el pueblo. El acta levantada al efecto es todo “un poema de divertimento” de
una parafernalia, que no ha sido la única en la historia de la institución
universitaria andina.
El Maniquí
Fisiológico de White fue otra de las donaciones del gobierno, esta vez por
parte del Ministerio de Instrucción Pública, lo que tuvo lugar por disposición
del Ministro M. A. Silva Gandolphi del 1 de agosto de 1889. Se trataba de una
“tabla anatómica de tamaño natural y a color”, que representa la anatomía
humana. Fue inventado en 1884 por el norteamericano James Terry White. Las Momias de cuerpos humanos. Simultáneamente,
continuaba el Rector Caracciolo Parra la tarea de buscar solución a los
problemas de la enseñanza y práctica de la medicina. Así, el 16 de abril de ese
año se dirigió al Gobernador de la Sección Trujillo del Estado Los Andes para
manifestarle que “la Universidad de Los Andes, necesitada y desvalida, reclama
hoy su contingente para facilitar en algo el aprendizaje de las materias
médicas. La clase de anatomía se encuentra desprovistas de instrumentos y demás
elementos necesarios para la enseñanza; no tiene un modelo que dé idea al
cursante de la organización del cuerpo humano, teniendo que conformarse con la
autopista de algunos cadáveres…” Ante esa realidad le solicitaba al gobernante
trujillano de donación de momias de cuerpos humanos que sabía existían en “…la
parroquia Burrero de esa Sección…perfectamente conservados, debido esto a la
calidad de sus terrenos y las condiciones de su clima…, tres ejemplares: dos de
adultos de ambos sexos y otro de un impúber…” A esta solicitud respondió el
Gobernador Rafael Linares 18 de mayo de 1889, expresando que se había
comunicado con el Jefe Civil de esa parroquia pidiéndole encarecidamente la
remisión a Mérida de dos momias bajo el costo de su gobierno, considerando que
“…esta Gobernación recibirá como siempre un honor servir de alguna manera a esa
respetable Universidad, hoy sobre todo que está regida por dos trujillanos tan
notables…”
El Gabinete de
Historia Natural, Jardín Botánico y Acuario. Constante era el rector Caracciolo
Parra en la insistencia de dotar a la Universidad de una infraestructura para
la enseñanza de las ciencias naturales. Así, el 15 de agosto de 1889 dictó tres
decretos para la creación del Gabinete de Historia Natural, un Jardín Botánico
y un Acuario. En cuanto al Gabinete dispuso que se establecía para “…que se
depositaran y clasificaran debidamente todos los objetos que puedan conseguirse
correspondientes a los tres reinos de la naturaleza…Por ahora y por falta de
espacio en el edificio se colocaran estos en el local destinado para la cátedra
de química, corriendo a cargo de dicho catedrático su colocación y
conservación…” El Rector se reservaba dictar el reglamento del caso, “cuando
aumentándose el número de objetos, pueda este Gabinete pasar a la categoría de
Museo.” De igual manera, excitaba “a todos los amantes del estudio de la
naturaleza para que remitan a este Rectorado los objetos que encuentren en sus
localidades, ya en animales, plantas, piedras o minerales…” Para el Jardín
Botánico y al Acuario, se destinaron dos solares del edificio. El Jardín,
mientras no existiera la clase de Botánica estaría a cargo del catedrático de
Química y cooperación de los estudiantes de la clase, por la carencia de
recursos para el titular correspondiente. La inauguración tuvo lugar el 27 de
octubre de 1889. Las invitaciones, los discursos, la música y el “convite” de
costumbre, junto a la siembra de dos plantas que simbolizarían el punto de
partida de nuevas siembras. Se encargó el Jardín al Profesor de Química Pierre
Henry George Bourgoin.
Todo lo acontecido
fue comunicado el 1 de enero de 1890 al Presidente del Estado Los Andes,
destacando su importancia y pidiendo su intervención para que “…todos los
empleados del Estado, hasta los de los caseríos, que recojan y pongan a
disposición de este Rectorado, muestras de piedras, tierras, minas, arenas que
presenten alguna particularidad; reptiles y animales de todas las clases y sin
excepción, procurando que se vienen muertos no se maltraten sino que se
conserven su estado natural, para lo cual y para impedir la putrefacción debe
echárseles por el pico por dos o tres días, inyecciones de aguardiente del más
fuerte que se consigan; deben también remitir semillas y plantas raras y cuanto
les llame la atención.” Semejante petición hizo el Rector al Provisor y Vicario
General de la Diócesis, atendiendo con prontitud los requerimientos a favor del
Gabinete de Historia Natural recientemente creado en la Universidad, como lo
comunicó el 9 de enero de 1890. El Presidente del Estado procedió a difundir en
el territorio bajo su jurisdicción la petición del Rector Parra, así como su
publicación en el periódico El Voto de Los Andes, en su última edición. El 8 de
mayo de ese año ingresaron al Gabinete doscientas muestras de minerales que
había traído de Alemania el catedrático Bourgoin. Los derechos de importación
debió cancelarlos la institución, ya que el Gobierno Nacional no autorizó la
exoneración de los impuestos correspondientes.
El Herbario y la
Clase de Taxidermia. Pronto advirtió el Rector una necesidad en ese Gabinete,
por lo que dictó un decreto complementario el 8 de mayo de 1890, mediante el
cual disponía “que para la disecación de animales y plantas se necesitan
operarios que no existen en la ciudad”, por lo que era necesario un Herbario y
el arte de la Taxidermia, a fin de que todas las adquisiciones que se hicieran
serían indefectiblemente perdidas. Con sus propios recursos se propuso también
la adquisición de animales, plantas y minerales, así como su traslado a la
ciudad desde otros lugares de Mérida y el país. Así, tuvo lugar la creación de
la “clase para la desecación de flores y plantas, reptiles y toda clase de
animales”, garantizando la gratuidad del aprendizaje a quienes quisieran
cursarla, escogiendo que entre todos los que manifiesten mayores aptitudes, así
como los materiales requeridos y los textos de enseñanza. Los alumnos
seleccionados quedarían al servicio del Gabinete, bajo la supervisión del
propio Rector.
En las Memorias que
anualmente debía rendir el rector ante el Ministerio de Instrucción Pública,
entre 1892 y 1900, iba dando cuanta de la evolución del Gabinete de Historia
Natural, el que para 1899 se había definido con un Museo de Historia Natural.
Entonces el Rector comunicó al Gobierno la designación, el 1 de julio de 1899,
del Señor Pablo Gazzotti como su Director, quien al decir de Caracciolo Parra
“presta sus servicios con esmero, constancia e inteligencia y sin remuneración:
hasta ahora ha hecho la clasificación científica de muchos de los objetos del
Museo, de manera que ya tendrá Mérida, en su Universidad, un establecimiento en
donde se puedan conocer muchas de las riquezas de nuestras montañas y algunos
otros objetos extraños o raros de estos lugares.” No menos importante fue la
preocupación de Caracciolo Parra de informar sobre la creación y el desarrollo
del mismo, a otras instituciones de la misma naturaleza, como fue el caso de la
comunicación dirigida el 27 de mayo de 1897 al Servicio de Aclimatación del
Jardín Botánico de Saigón, Cochinchina Francesa, para enviarles el Anuario de
la Universidad de Los Andes de los años 1892-1894 y solicitarle “varias plantas
para aclimatación en Mérida”. Petición que fue respondida el 6 de agosto de ese
año, y en la que su Director manifestó, lamentándolo, no poder remitir “por ahora”
ejemplares, por estar “muy jóvenes para producir”, esperando “enviar estos
granos tan pronto como sea posible.”
El Observatorio
Astronómico. El 8 de diciembre de 1889 el Rector Parra se dirigió a la
Legislatura del Estado Los Andes exponiéndole la situación económica de la
Universidad y los proyectos que tenía en estudio, por lo que suplicaba que ese
órgano legislativo interpusiera su influencia para que el Ejecutivo Federal
suministrara a la institución la cantidad de 120.000 bolívares para la
reedificación del Edificio y su Capilla, la compra de útiles e instrumentos y,
sobre todo, para que “la Legislatura auxilie la fábrica del Observatorio
Astronómico con veinte mil bolívares, obra digna del grande Estado Los Andes,
de la Universidad y de la juventud ávida de instruirse.” Con fecha 3 de enero
de 1890, la Legislatura emitió un Decreto al respecto, autorizando al
Presidente del Estado a prestar la asistencia económica para dicha fábrica,
cuando las posibilidades del Tesoro lo permitieran. El propósito del Rector era
edificar el Observatorio Astronómico a lado de la Capilla, en una extensión de
cuarenta metros de frente, con cuatro pisos. El último para colocar un
Telescopio. El tercero para el Gabinete de Historia Natural. El segundo para la
Biblioteca que había sido fundada en 1888 y que todavía no tenía local. Y el
primero para habitación de los estudiantes pobres, sin medios para pagar
alquiler de residencia. La Legislatura acordó, el 3 de enero de 1890, dirigirse
al Congreso Nacional solicitado destine “una suma destinada a las reparaciones
y ensanche del edificio de la Universidad, aparatos y demás elementos que
sirvan a facilitar la enseñanza de la juventud.” No hubo una atención y
solución inmediata al proyecto del Rector, pues en el informe académico de
1895-1896, acerca del Observatorio, dice: “Ya que la Universidad tiene un
embrión de Observatorio y no pocos instrumentos de meteorología, sólo nos falta
la dotación de una persona competente que pueda contraerse a esa clase de observaciones.”
En el Tomo X del Anuario de la Universidad de Los Andes (1900) se inserta una
nota sobre la Torre del edificio, del siguiente tenor: “…El quinto piso está
descubierto y destinado para un pequeño Observatorio de donde se divisa toda la
ciudad y los campos a más de una legua; tiene sus asientos de mampostería en
contorno en donde caben más de 20 personas. Las dos piezas laterales del primer
piso rematan en azoteas de bastante capacidad, también con asientos de
mampostería en contornos; los bordes de estas azoteas y los del Observatorio se
han hecho de modo de poder colocar en ellos las estatuas de hombres célebres en
las letras.”
La Oficina
Meteorológica. Esta fue creada por decreto del Rector Parra del 22 de diciembre
de 1891, para dar comienzo a sus observaciones el 1 de enero de 1892. Para su
dirección se nombró al doctor Alfredo Carrillo. Como todos los anteriores
proyectos, éste fue desarrollándose lenta y progresivamente, lo que pareciera
una constante histórica en la Universidad de Los Andes. Es decir, las cosas se
quedan enunciadas o a medio camino, sin exigencia de resultados, y las
investigaciones que logran concluirse, por lo general, no terminan aplicándose,
pues solo son de interés particular para sus proyectistas, y no de la
institución, sin proyección en la solución de problemas de la sociedad. En el
Considerando de creación de esta Oficina Meteorológica se señaló “…Que el
estudio y la observación de los fenómenos de que es teatro la atmósfera no
puede ser indiferente a los cuerpos científicos, por la influencia soberana y
vital que esos fenómenos ejercen sobre la salud de la especie humana y de los
animales, y…que esa influencia es también poderosa en las plantas y la
agricultura.” Las funciones del Director de la Oficina fueron señaladas en diez
artículos, comprensivos de los instrumentos disponibles, adquisición de un
higrómetro, un electrómetro y un pluviómetro; los fenómenos naturales serían
registrados en hojas diseñadas al efecto, para ser publicadas en el Anuario de
la Universidad, entre otros: temperaturas, lluvias, truenos, nieblas, aerolitos
y eclipses. Los registros serían considerados para la salud de los habitantes y
la agricultura. Este decreto es un ejemplo de la preocupación que tenía el
Rector Caracciolo Parra y Olmedo en asuntos que, sin ser de su especialidad,
pues él era un estudioso y docente de cuestiones jurídicas, advertía la
necesidad de que la Universidad incursionara en asuntos de interés social y
económico. Las actividades del doctor Carrillo redesarrollaron entre 1891 y
1896, ya que el 24 de junio de este último año la dirección pasó a manos del
Br. Emilio Maldonado.
El Cronómetro Solar.
Contaba la Universidad con este aparato, desde hacía cierto tiempo, pero “que
hasta ahora no ha tenido ninguna aplicación, a tiempo que ni la ciudad, ni el
reloj público tienen un regulador fijo que uniforme los trabajos y demás ocupaciones”.
En razón de ello, el 11 de noviembre de 1891 el Rector resolvió “levantar en el
patio principal de la Universidad…una columna de mampostería… que se colocará
una piedra grande de mármol, en la que se fijará el Cronómetro por medio de un
tornillo… que quedarán guardados bajo un techo de plancha de cobre que se
abra a voluntad, y cerrado con su llave…”
Los gastos de la obra, al decir de la autoridad universitaria, “…se
harán de los mezquinos fondos que ha podido procurarse este Rectorado…”. Los Calendarios
Médico y Agrícola. Como complemento a las actividades de la Oficina
Meteorológica, el 23 de diciembre de 1891, Parra y Olmedo decretó en bien de la
salud y de la agricultura la formación de los Calendarios Médico y Agrícola.
El primero a cargo de los catedráticos de la Facultad de Medicina; mientras que
el segundo lo encomendaba “a individuos dedicados a la agricultura, nombrados
en número indefinido por el Rector entre los vecinos de la ciudad que tengan
amor por la ciencia y espíritu de progreso.” En el Calendario Médico, cada
miembro de aquella Facultad debía llevar un libro de notas para registrar
número de enfermos atendidos, enfermedad del paciente, aparición y desaparición
de enfermedades esporádicas o epidémicas, número de víctimas y manifestación en
animales. El último día de cada mes debía hacerse para la evaluación de lo
acontecido al respecto, conformándose un cuadro con las debidas observaciones
del origen, desarrollo y curación de las enfermedades, concluyéndose con un
informe del estado sanitario de la ciudad, causas y posibles remedios a los
males observados. Los resultados de los doce meses serían consolidados en
cuadro general que sería publicado en el Anuario de la Universidad. En cuanto
al Calendario Agrícola sería “llevado por cuatro miembros que constituirían una
Sociedad llamada de Agricultura…” Este
incluiría las plantas que se cultivaban y las que espontáneamente daban los
suelos de la las cuatro parroquias de la ciudad; resaltándose su siembra,
florecimiento, cosecha, producto bruto de la misma, número de cargas anuales
para consumo o exportación, gastos ocasionados para el cultivo, valor de los
salarios y manutención de los jornaleros, insectos y enfermedades advertidas en
las plantas.
El Cronista de la
Universidad. Después de todos los mencionados decretos que abarcan los años de
1888 a 1891, relacionados mayormente con las ciencias físicas y naturales, el
Rector Caracciolo Parra y Olmedo decretó el 30 de septiembre de 1892 la
creación del Cargo de Cronista de la Universidad, con la finalidad de que se
escribiera “…día a día, y legajando por meses y después por años esos sucesos
diarios, todos los acontecimientos que se suceden de un carácter público o que
afecten de algún modo, el orden social, la salubridad pública, los
descubrimientos o invenciones, la introducción de nuevas industrias y demás
hechos que tiendan a ilustrar la historia…” Ello mediante la narración “…de los
hechos con las circunstancias que los acompañan y sean subsecuentes,
absteniéndose el Cronista de todo comentario o juicio privado…” Hechos tanto
de carácter local, regional o nacional. Se designó para el cargo al catedrático
Br. Tulio Febres Cordero, el 14 de octubre de 1892, quien debía comenzar a
escribir la crónica el 1 de noviembre de ese año, abriendo un libro con el
título de Crónica del Estado Los Andes mandado llevar por su Universidad, en
tomos anuales, cuyo contenido sería publicado en el Anuario de la Universidad.
Antes de finalizar, debemos hacer observaciones sobre este decreto. Algunos
historiadores merideños identifican a Tulio Febres Cordero como el primer
Cronista de la Universidad de Los Andes, cuando en verdad su preocupación se
orientó entonces a dar cumplimiento a lo dispuesto por el Rector, y no a
registrar hechos relacionados exclusivamente con la institución universitaria.
Solamente se incluyó una crónica en dicha publicación periódica. La historia de
la Universidad de Los Andes no fue de interés particular de Febres Cordero,
pues son pocos los escritos al respecto, si se comparan con los que dedicó a la
ciudad de Mérida y a la región andina en general incluidos, por ejemplo, en su
Clave Histórica de Mérida (Mérida, Tip. El Lápiz, 1920); Archivo de Historia y Variedades (Caracas,
Editorial Sur-América, 1930, 2 Tomos) y en Décadas de la Historia de Mérida
(Mérida, Tip. El Lápiz, 1941).
Concluimos esta nueva Crónica haciendo algunas consideraciones acerca de las distintas propuestas del Rector Caracciolo Parra y Olmedo, iniciadas en 1888 y con vigencia hasta la finalización de su cuarta gestión rectoral en 1900. Se trató de una inquietud más personal que de la propia institución, pues en la estructura académica de ésta no estaban dadas las condiciones para llevar a la práctica algunas de sus ideas orientadas a propiciar los estudios científicos, económicos y sociológicos a partir de la biblioteca, observatorio, aparatos, instrumentos, gabinete, museo y demás actividades relacionadas con la medicina y la agricultura que, en verdad, no tuvieron proyección en su momento en una transformación de la caduca enseñanza escolástica predominante del derecho, la teología y la filosofía, como tampoco en la ciudad. Fueron realizaciones a lo interno de la Universidad, con la exclusiva actuación de los catedráticos designados para los distintos cargos. Prácticamente, los mencionados decretos del Rector Parra no se cumplieron a cabalidad, fueron más una utopía que logros efectivos. Son escasos los documentos que dan cuenta de ello. Probablemente fue la Biblioteca la que tuvo mayor suerte. Cabe mencionar que en 1894 ocurrió el llamado Gran Terremoto de Los Andes, que derrumbó gran parte de la edificación de la Universidad, por lo que esta autoridad universitaria puso su empeño en reconstruirla en los tres siguientes años, perdiéndose gran parte de los espacios ocupados por algunas de las propuestas, así como del instrumental adquirido. En otra crónica hablaremos de las preocupaciones por la instalación de Gabinetes y Laboratorios para el estudio de las ciencias físicas y naturales ocurridas entre 1910 y 1920, sin que tampoco se lograra entonces, definitivamente, un cambio estructural en materia de enseñanza e investigación en la Universidad de Los Andes. Medio siglo después se podría hablar de una propuesta más orgánica en ese sentido, después de 1970. Los documentos citados pueden ser leídos, particularmente, en Eloi Chalbaud Cardona: El Rector Heroico (Mérida, Universidad de Los Andes Ediciones del Rectorado, 1965, pp. pp. 113-154). Véase También los 10 Tomos del Anuario de la Universidad de Los Andes (1891-1900). El Archivo Histórico de la Universidad de Los Andes resguarda de manera bien organizada las fuentes documentales que se corresponde con los rectorados del Dr. Caracciolo Parra y Olmedo.