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Nuevas Crónicas de Historia Universitaria (31)

La Universidad de Los Andes y los primeros aparatos, museos, gabinetes y actividades conexas por Alí Enrique López Bohórquez (*)

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Por Alí Enrique López Bohórquez


Realizaciones y utopías para la Investigación Científica y a favor de la sociedad (1888-1900)

La enseñanza y la investigación científica en la Universidad de Los Andes no se desarrollarán de manera formal hasta mediado del siglo XX. En las primeras décadas de esta centuria y a lo largo de la decimonónica hubo intentos de instaurar la docencia sobre las ciencias físicas y naturales, sin que se lograran poner en práctica en razón de la carencia de catedráticos que mantuvieran en el tiempo asignaturas relacionadas con esas ciencias. Para ello se establecieron Gabinetes, Museos y Laboratorios que finalmente no lograron desarrollarse formalmente por la carencia de estudios concretos y aplicación fáctica. Lo cierto es que el desarrollo académico de la ULA, hasta llegar a su estado actual, hubo un lento proceso de instauración de la enseñanza e investigación en dichas ciencias. Los estudios de medicina se iniciaron con cátedras que no conducían a grado alguno: La Escuela de Medicina no fue establecida formalmente hasta 1854, la que pasó a denominarse después como Facultad de Ciencias Médicas en 1884. A esta se incorporó la Escuela de Farmacia en 1894. Ambas dependencias fueron clausuradas en 1905, para no ser restablecidas hasta 1918 la segunda y 1928 la primera de ellas. Los cursos de Bioanálisis fueron establecidos en 1956, a partir de una Escuela Politécnica de Laboratorista de 1950. La Escuela de Dentistería data de 1928 a 1940, adscrita a la Facultad de Medicina, y que pasaría a denominarse Facultad de Odontología en 1942.

En 1932 fue creada la Escuela de Ciencias Físicas y Matemáticas, denominada Escuela de Ingeniería Civil, la  que funcionó hasta 1940, núcleo inicial la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas instaurada en 1936. En 1953 se le cambiaría el nombre por el de Facultad de Ingeniería. Sus otras Escuelas fueron establecidas entre 1964 y 1974. La Facultad de Ciencias Forestales inicialmente tuvo su origen en la Escuela de Ingeniería Forestal de 1948, como dependencia de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas se denominó Ingeniería Forestal (1952-1956). En 1962 inició su actividad la Escuela de Arquitectura, convertida en Facultad en 1970. No podemos dejar de mencionar que la Facultad de Ciencias no fue fundada hasta 1969, cuando se elevó a esa categoría el Centro de Ciencias establecido en 1967, con sus carreras de Biología, Matemáticas, Física y Química. Las Ciencias Humanísticas y Sociales también atravesaron por un lento proceso, pues la Escuela de Humanidades comenzó en 1955 con adscripción a la Facultad de Derecho, convirtiéndose en Facultad de Humanidades y Educación en 1959, al crearse la Escuela de esta última área en ese año. La Facultad de Economía, actual Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, se abrió en 1958 con las Escuelas de Economía y después la de Administración y Contaduría (1968).

Cabe agregar otro aspecto importante relacionado con la lenta y gradual historia de la investigación científica en la Universidad de Los Andes. Nos referimos a los Institutos, Centros y Laboratorios para la investigación. Solo vamos a mencionar los instaurados hasta la década de los sesenta del siglo XX, en orden de aparición. El primer Instituto fue el Instituto de Investigaciones Químicas (1948) de la Facultad de Farmacia. En Economía el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales (1958). El Instituto Forestal Latinoamericano (1961), el Instituto de Investigaciones Agropecuarias y el Centro de Aguas y Tierras (1965) de Ciencias Forestales y Ambientales. El Instituto de Investigaciones Literarias (1965) de Humanidades y Educación. En Ingeniería el Instituto de Fotogrametría (1962). El Instituto de Investigaciones Odontológicas (1965) de Odontología. En Medicina los Centros Cardiovascular (1966), Fisiología de Alturas (1966) y Microscopía Electrónica (1968). No hacemos referencia a las otras instancias académicas con posterioridad a 1970, pues nuestro interés es resaltar el pausado crecimiento de las ciencias físicas y naturales que tuvieron sus comienzos a finales del siglo XIX y primeras dos décadas del XX.

Hemos hecho este repaso histórico por dos razones: el desconocimiento que la actual generación de universitarios (profesores, estudiantes, empleados y de servicios, incluyendo autoridades de los últimos cincuenta años) tiene del proceso académico precedente y por la necesidad de dar a conocer los primeros pasos orientados a una infraestructura para la investigación que de manera formal y sistemática se fue estableciendo después del inicio de las funciones del Vicerrectorado Académico a partir de 1972, por disposición de la Ley de Universidades de 1970, y del fortalecimiento del órgano fundamental de fomento de la investigación, el Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico, creado en 1965. Desde entonces se generó lo que podríamos denominar la proliferación de Institutos, Centros, Grupos, Laboratorios y Unidades de Investigación, de lo que hablaremos en otra Crónica. Es decir, partiendo de esa década, hace aproximadamente 55 años, cuando estamos en presencia de un desarrollo de la investigación científica en la ULA. Cabe entonces preguntar: ¿A qué se debió este lento y gradual proceso de investigación en la Universidad de Los Andes, si se le compara con su hermana mayor la Universidad Central de Venezuela? Nuestra respuesta: a la realidad a académica que va desde 1810, año de la fundación de la Universidad de Mérida, y 1970, año de la Ley de Universidades que definitivamente insertó la investigación como exigencia para el desarrollo de las Instituciones de Educación Superior. Y como todo presente tiene un pasado que lo explique, seguidamente exponemos brevemente algunos hechos, pues sería extenso referirlos en un artículo de prensa y en una crónica que tiene un propósito informativo, partiendo de la investigación histórica.              

Vamos a comentar hechos, algunos de los cuales hemos expuesto en Crónicas anteriores, para contextualizar la necesidad de ir conformando una infraestructura científica, más como enseñanza experimental que como investigación propiamente dicha. En la estructura curricular del Decreto de creación de la Real Universidad de San Buenaventura de Mérida del 21 de septiembre de 1810, por la Junta Superior Gubernativa, se incluyeron las Cátedras de Anatomía y de Matemáticas, con predominio de las correspondientes a las áreas de Filosofía, Teología, Derecho Civil, Derecho Canónico, Historia Eclesiástica, Historia de los Concilios, Lugares Teológicos y Sagrada Escritura. Ello en espera de que se arreglaran unas Constituciones siguiendo las de Caracas, confiriéndose la facultad de otorgar solamente grados menores y mayores (Bachilleres, Licenciados, Maestros y Doctores) en Filosofía, Derecho Canónico y Teología. El terremoto del 26 de marzo de 1812 y el inicio en ese año de la guerra de independencia en el territorio merideño impidieron la concreción de lo dispuesto en dicho decreto, pues la institución universitaria sólo funcionó por dieciocho meses. Por estos hechos y la mencionada organización académica, en este primer momento las ciencias naturales no existieron, privilegiándose los estudios jurídicos, eclesiásticos y filosóficos. Esta situación se prolongará por más de una centuria, aunque hubo intentos en determinados momentos de cambiar ese modelo de enseñanza, lo que no se pudo hacer porque Mérida no contaba con profesionales universitarios que lo garantizaran, realidad que reseñaremos seguidamente.

Restablecida la institución decretada en 1810 con el nombre de Universidad de Mérida, por disposición del Presidente José Antonio Páez, el 15 de marzo de 1832, se encargó al Rector interino Pbro. Dr. Ignacio Fernández Peña la adaptación de las Constituciones dadas a la Universidad de Caracas por el Libertador Simón Bolívar el 24 de junio de 1827, para la redacción de sus primeros Estatutos merideños. Las constituciones caraqueñas comprendían cuatro Facultades: Filosofía, Teología, Jurisprudencia y Medicina.  Sin embargo, los Estatutos formados por Fernández Peña únicamente se conformaron con las Facultades de Jurisprudencia, de Teología y de Filosofía. Curiosamente, se dictaron unas clases de Medicina que en ningún caso se hacía para formar médicos. En efecto, así aconteció en 1837, cuando el Rector Rafael Alvarado (1836-1838) instaló la Cátedra de Medicina, conferida al Doctor Cleto Margallo, el único médico que se presentó a la oposición, un curso de poca duración. La nueva tentativa para establecer los estudios de medicina tuvo lugar en 1841, en el rectorado de Agustín Chipía (1838-1843), sin que se lograran concretarse. En el primer rectorado del Pbro. Dr. José Francisco Mas y Rubí (1846-1852) se hizo un nuevo ensayo para instituir clases de medicina, confiadas a los doctores Juan José Cosme Giménez (Anatomía),  Manuel Hernández Sosa y Domingo Hernández Bello (Higiene). En 1854, el rector Eloy Paredes fundó las Cátedras de Cirugía y Partos, Semiología General y Medicina Práctica. Considerándose que estaban dadas las condiciones para ello, en ese año se crea en la Universidad de Mérida una Escuela de Medicina que, obviamente, no respondía a las exigencias establecidas en el Código de Instrucción Pública de 1843, las que sí reforzaron los estudios que en la Universidad Central de Venezuela se venían realizando de manera efectiva desde la colonia y particularmente a partir de sus Estatutos de 1827. La Escuela merideña sería convertida definitivamente en Facultad en 1884. Durante todo ese tiempo, se trató de estudios de medicina especulativa, basada en la lectura de escaso número textos extranjeros y de lecciones de los respectivos catedráticos. A esa Facultad sería adscrita la Escuela de Farmacia en 1894. Esta realidad académica fue bien advertida por el doctor Caracciolo Parra y Olmedo en su extensa segunda gestión rectoral de 1887 a 1900. Sintetizamos las características de las instancias creadas por él con el propósito de insertar definitivamente la Universidad de Los Andes en el movimiento científico positivista que se venía desarrollando en Europa y en otros países de América, incluyendo el puesto en práctica en la Universidad Central de Venezuela, entre otros, por Adolfo Ernst. Consciente estaba el rector Parra y Olmedo de la precariedad de los estudios de medicina que, después de haber cursado un primer año en Mérida, envió a su hijo Ramón Parra Picón a culminarlos en Caracas y después a especializarse en Francia. Veamos entonces cuales fueron las propuestas del llamado “Rector Heroico” para insertar a la Universidad de Los Andes definitivamente en los estudios de las ciencias físicas y naturales.

La reorganización de la Biblioteca (1888). El punto de partida del proyecto de transformación de la ULA de Caracciolo Parra y Olmedo fue la creación definitiva de una Biblioteca, por decreto del 1 de agosto 1888. Ello con la finalidad de concentrar un número importante de libros que poseía la institución y que habían pertenecido a los extinguidos Conventos y al Seminario, en su mayoría temáticamente relacionados con cuestiones de teología, dogma, historia eclesiástica, derecho civil, derecho canónico, historia, literatura, medicina y filosofía, pero también obras de destacados científicos europeos de los siglos XVIII y XIX. Esta realidad bibliográfica determinó la inmediata solicitud de libros a funcionarios públicos y otras personalidades de Mérida, Venezuela y el extranjero, comenzando por el Presidente Juan Pablo Rojas Paúl, a quien suplicó, por carta del 17 de agosto de aquel año, se dignara “enriquecer la Biblioteca…con algunas obras modernas en las cuales la juventud pueda conocer los adelantos de la ciencia y los progresos del genio.” Para llevar adelante tan importante decreto, el rector designó al catedrático Juan Nepomuceno Pagés Monsant como primer Bibliotecario, haciendo la inauguración correspondiente el 27 de octubre de 1889. Las fuentes documentales y diferentes estudios dan cuenta del crecimiento cuantitativo y cualitativo del fondo bibliográfico y hemerográfico de la nueva Biblioteca durante sus trece años de gestión rectoral. Sobre ésta y su desarrollo en el tiempo de los servicios bibliotecarios remitimos a los dos exhaustivos y excelentes trabajos de grado de Argenis Rafael Arellano Rojas: Lugares de la palabra. Historia cultural de las bibliotecas de la Universidad de Los Andes. Mérida, Escuela de Historia / Universidad de Los Andes, 2011 (Memoria de Grado de la Escuela de Historia) e Historia cultural del fondo antiguo de la Biblioteca Central de la Universidad de Los Andes (Libros de los siglos XVI y XVII). Mérida, Maestría en Historia de Venezuela / Universidad de Los Andes, 2017 (Trabajo Especial de Grado. Maestría en Historia de Venezuela, ULA).

El Modelo de Auzoux para la Cátedra de Anatomía (1889). El 7 de mayo de 1889 el Secretario de Gobierno del Estado Los Andes se dirigió al Rector para comunicarle que en la visita realizada ese día por Presidente del Estado Los, Dr. Carlos Rangel Garbiras, éste advirtió que la clase de Anatomía se encontraba “…sumamente desprovista de toda clase de elementos para su estudio por lo que había…dispuesto que se encargue a Europa…un modelo de Auzoux con destino a dicha clase, el cual costará, más o menos, la suma de tres mil bolívares que se erogará por Tesorería…” Dos días después, Caracciolo Parra dio respuesta a ese oficio, indicando, entre otras cosas, que sentía “…la pena que experimentó al ver su desnudez y el estado rudimentario de la enseñanza. Es un mal que se hace a la juventud dedicada en lo más florido de su edad al aprendizaje de las ciencias exactas, cuando carece de los elementos necesarios para profundizarlas y aprenderlas prácticamente y no de memoria. Si esa juventud pudiera trasladarse a la capital de la República o al extranjero, el mal desaparecería, pero téngase presente que son muchos los que asisten en el Occidente de la República a esta Universidad y es raro el joven que pueda seguir sus estudios desprendiéndose de sus familias. Tan abatido me encuentro por falta de elementos más indispensables para la enseñanza, que con grande alborozo  oí de la propia boca del Señor Presidente del Estado Los Andes la oferta que hizo de un Modelo de Auzoux para la cátedra de Anatomía, oferta que veo confirmada en la nota de usted…”

Y agregaba: “Ese Modelo… descubrirá y pondrá de manifiesto a los alumnos que se dediquen a las materias Médicas, ese mecanismo tan maravilloso, y que llena de asombro a los naturalistas, sin cuyos conocimientos la medicina dejaría de ser Ciencia…” Casi al final de esa comunicación del 9 de mayo de aquel año se decía que ese Modelo para la clase de Anatomía “…lo conservarán los cursantes con el mayor cuidado para que de él se aprovechen las generaciones que se sucedan en la clase…”. La lectura de esa carta, y en particular esto último, nos creó la inquietud de saber el destino de ese aparato, durante nuestra gestión en la dirección del Archivo Histórico de la ULA. Nos dirigimos a la Facultad de Medicina para indagar si todavía existía. Un empleado encargado del depósito de esta dependencia universitaria, ante nuestra inquisición, nos respondió: “Ese debe ser un muñeco viejo que se echó a la basura porque se lo habían comido los bichos”. Como ese hecho muchos otros han ocurrido con vestigios materiales de la historia de la Universidad de Los Andes. El Modelo de Auzoux fue creado por el médico francés Louis Auzoux, elaborado en papel maché en 1828. En el Liceo en el que estudiamos el Bachillerato tuvimos la oportunidad de escuchar clases de Biología sobre el cuerpo humano con esta importante herramienta de enseñanza. En víspera de la llegada a Mérida de ese regalo gubernamental, el Rector Caracciolo Parra decretó el 1 de noviembre de 1889 un acto para la exhibición del mismo en la ciudad, pagando los visitantes la cantidad de un bolívar. Se designó una Comisión de estudiantes de medicina que se encargaría de la elaboración del programa para el acto del recibimiento del modelo y el arreglo del lugar donde se haría la exposición. Toda una fiesta vistosa resultó la entrada del mismo a la ciudad y a la universidad, con desfile, banda musical y acompañamiento de funcionarios públicos, alumnos, catedráticos, autoridades y el pueblo. El acta levantada al efecto es todo “un poema de divertimento” de una parafernalia, que no ha sido la única en la historia de la institución universitaria andina.

El Maniquí Fisiológico de White fue otra de las donaciones del gobierno, esta vez por parte del Ministerio de Instrucción Pública, lo que tuvo lugar por disposición del Ministro M. A. Silva Gandolphi del 1 de agosto de 1889. Se trataba de una “tabla anatómica de tamaño natural y a color”, que representa la anatomía humana. Fue inventado en 1884 por el norteamericano James Terry White. Las  Momias de cuerpos humanos. Simultáneamente, continuaba el Rector Caracciolo Parra la tarea de buscar solución a los problemas de la enseñanza y práctica de la medicina. Así, el 16 de abril de ese año se dirigió al Gobernador de la Sección Trujillo del Estado Los Andes para manifestarle que “la Universidad de Los Andes, necesitada y desvalida, reclama hoy su contingente para facilitar en algo el aprendizaje de las materias médicas. La clase de anatomía se encuentra desprovistas de instrumentos y demás elementos necesarios para la enseñanza; no tiene un modelo que dé idea al cursante de la organización del cuerpo humano, teniendo que conformarse con la autopista de algunos cadáveres…” Ante esa realidad le solicitaba al gobernante trujillano de donación de momias de cuerpos humanos que sabía existían en “…la parroquia Burrero de esa Sección…perfectamente conservados, debido esto a la calidad de sus terrenos y las condiciones de su clima…, tres ejemplares: dos de adultos de ambos sexos y otro de un impúber…” A esta solicitud respondió el Gobernador Rafael Linares 18 de mayo de 1889, expresando que se había comunicado con el Jefe Civil de esa parroquia pidiéndole encarecidamente la remisión a Mérida de dos momias bajo el costo de su gobierno, considerando que “…esta Gobernación recibirá como siempre un honor servir de alguna manera a esa respetable Universidad, hoy sobre todo que está regida por dos trujillanos tan notables…”

El Gabinete de Historia Natural, Jardín Botánico y Acuario. Constante era el rector Caracciolo Parra en la insistencia de dotar a la Universidad de una infraestructura para la enseñanza de las ciencias naturales. Así, el 15 de agosto de 1889 dictó tres decretos para la creación del Gabinete de Historia Natural, un Jardín Botánico y un Acuario. En cuanto al Gabinete dispuso que se establecía para “…que se depositaran y clasificaran debidamente todos los objetos que puedan conseguirse correspondientes a los tres reinos de la naturaleza…Por ahora y por falta de espacio en el edificio se colocaran estos en el local destinado para la cátedra de química, corriendo a cargo de dicho catedrático su colocación y conservación…” El Rector se reservaba dictar el reglamento del caso, “cuando aumentándose el número de objetos, pueda este Gabinete pasar a la categoría de Museo.” De igual manera, excitaba “a todos los amantes del estudio de la naturaleza para que remitan a este Rectorado los objetos que encuentren en sus localidades, ya en animales, plantas, piedras o minerales…” Para el Jardín Botánico y al Acuario, se destinaron dos solares del edificio. El Jardín, mientras no existiera la clase de Botánica estaría a cargo del catedrático de Química y cooperación de los estudiantes de la clase, por la carencia de recursos para el titular correspondiente. La inauguración tuvo lugar el 27 de octubre de 1889. Las invitaciones, los discursos, la música y el “convite” de costumbre, junto a la siembra de dos plantas que simbolizarían el punto de partida de nuevas siembras. Se encargó el Jardín al Profesor de Química Pierre Henry George Bourgoin.

Todo lo acontecido fue comunicado el 1 de enero de 1890 al Presidente del Estado Los Andes, destacando su importancia y pidiendo su intervención para que “…todos los empleados del Estado, hasta los de los caseríos, que recojan y pongan a disposición de este Rectorado, muestras de piedras, tierras, minas, arenas que presenten alguna particularidad; reptiles y animales de todas las clases y sin excepción, procurando que se vienen muertos no se maltraten sino que se conserven su estado natural, para lo cual y para impedir la putrefacción debe echárseles por el pico por dos o tres días, inyecciones de aguardiente del más fuerte que se consigan; deben también remitir semillas y plantas raras y cuanto les llame la atención.” Semejante petición hizo el Rector al Provisor y Vicario General de la Diócesis, atendiendo con prontitud los requerimientos a favor del Gabinete de Historia Natural recientemente creado en la Universidad, como lo comunicó el 9 de enero de 1890. El Presidente del Estado procedió a difundir en el territorio bajo su jurisdicción la petición del Rector Parra, así como su publicación en el periódico El Voto de Los Andes, en su última edición. El 8 de mayo de ese año ingresaron al Gabinete doscientas muestras de minerales que había traído de Alemania el catedrático Bourgoin. Los derechos de importación debió cancelarlos la institución, ya que el Gobierno Nacional no autorizó la exoneración de los impuestos correspondientes.

El Herbario y la Clase de Taxidermia. Pronto advirtió el Rector una necesidad en ese Gabinete, por lo que dictó un decreto complementario el 8 de mayo de 1890, mediante el cual disponía “que para la disecación de animales y plantas se necesitan operarios que no existen en la ciudad”, por lo que era necesario un Herbario y el arte de la Taxidermia, a fin de que todas las adquisiciones que se hicieran serían indefectiblemente perdidas. Con sus propios recursos se propuso también la adquisición de animales, plantas y minerales, así como su traslado a la ciudad desde otros lugares de Mérida y el país. Así, tuvo lugar la creación de la “clase para la desecación de flores y plantas, reptiles y toda clase de animales”, garantizando la gratuidad del aprendizaje a quienes quisieran cursarla, escogiendo que entre todos los que manifiesten mayores aptitudes, así como los materiales requeridos y los textos de enseñanza. Los alumnos seleccionados quedarían al servicio del Gabinete, bajo la supervisión del propio Rector.

En las Memorias que anualmente debía rendir el rector ante el Ministerio de Instrucción Pública, entre 1892 y 1900, iba dando cuanta de la evolución del Gabinete de Historia Natural, el que para 1899 se había definido con un Museo de Historia Natural. Entonces el Rector comunicó al Gobierno la designación, el 1 de julio de 1899, del Señor Pablo Gazzotti como su Director, quien al decir de Caracciolo Parra “presta sus servicios con esmero, constancia e inteligencia y sin remuneración: hasta ahora ha hecho la clasificación científica de muchos de los objetos del Museo, de manera que ya tendrá Mérida, en su Universidad, un establecimiento en donde se puedan conocer muchas de las riquezas de nuestras montañas y algunos otros objetos extraños o raros de estos lugares.” No menos importante fue la preocupación de Caracciolo Parra de informar sobre la creación y el desarrollo del mismo, a otras instituciones de la misma naturaleza, como fue el caso de la comunicación dirigida el 27 de mayo de 1897 al Servicio de Aclimatación del Jardín Botánico de Saigón, Cochinchina Francesa, para enviarles el Anuario de la Universidad de Los Andes de los años 1892-1894 y solicitarle “varias plantas para aclimatación en Mérida”. Petición que fue respondida el 6 de agosto de ese año, y en la que su Director manifestó, lamentándolo, no poder remitir “por ahora” ejemplares, por estar “muy jóvenes para producir”, esperando “enviar estos granos tan pronto como sea posible.”

El Observatorio Astronómico. El 8 de diciembre de 1889 el Rector Parra se dirigió a la Legislatura del Estado Los Andes exponiéndole la situación económica de la Universidad y los proyectos que tenía en estudio, por lo que suplicaba que ese órgano legislativo interpusiera su influencia para que el Ejecutivo Federal suministrara a la institución la cantidad de 120.000 bolívares para la reedificación del Edificio y su Capilla, la compra de útiles e instrumentos y, sobre todo, para que “la Legislatura auxilie la fábrica del Observatorio Astronómico con veinte mil bolívares, obra digna del grande Estado Los Andes, de la Universidad y de la juventud ávida de instruirse.” Con fecha 3 de enero de 1890, la Legislatura emitió un Decreto al respecto, autorizando al Presidente del Estado a prestar la asistencia económica para dicha fábrica, cuando las posibilidades del Tesoro lo permitieran. El propósito del Rector era edificar el Observatorio Astronómico a lado de la Capilla, en una extensión de cuarenta metros de frente, con cuatro pisos. El último para colocar un Telescopio. El tercero para el Gabinete de Historia Natural. El segundo para la Biblioteca que había sido fundada en 1888 y que todavía no tenía local. Y el primero para habitación de los estudiantes pobres, sin medios para pagar alquiler de residencia. La Legislatura acordó, el 3 de enero de 1890, dirigirse al Congreso Nacional solicitado destine “una suma destinada a las reparaciones y ensanche del edificio de la Universidad, aparatos y demás elementos que sirvan a facilitar la enseñanza de la juventud.” No hubo una atención y solución inmediata al proyecto del Rector, pues en el informe académico de 1895-1896, acerca del Observatorio, dice: “Ya que la Universidad tiene un embrión de Observatorio y no pocos instrumentos de meteorología, sólo nos falta la dotación de una persona competente que pueda contraerse a esa clase de observaciones.” En el Tomo X del Anuario de la Universidad de Los Andes (1900) se inserta una nota sobre la Torre del edificio, del siguiente tenor: “…El quinto piso está descubierto y destinado para un pequeño Observatorio de donde se divisa toda la ciudad y los campos a más de una legua; tiene sus asientos de mampostería en contorno en donde caben más de 20 personas. Las dos piezas laterales del primer piso rematan en azoteas de bastante capacidad, también con asientos de mampostería en contornos; los bordes de estas azoteas y los del Observatorio se han hecho de modo de poder colocar en ellos las estatuas de hombres célebres en las letras.”

La Oficina Meteorológica. Esta fue creada por decreto del Rector Parra del 22 de diciembre de 1891, para dar comienzo a sus observaciones el 1 de enero de 1892. Para su dirección se nombró al doctor Alfredo Carrillo. Como todos los anteriores proyectos, éste fue desarrollándose lenta y progresivamente, lo que pareciera una constante histórica en la Universidad de Los Andes. Es decir, las cosas se quedan enunciadas o a medio camino, sin exigencia de resultados, y las investigaciones que logran concluirse, por lo general, no terminan aplicándose, pues solo son de interés particular para sus proyectistas, y no de la institución, sin proyección en la solución de problemas de la sociedad. En el Considerando de creación de esta Oficina Meteorológica se señaló “…Que el estudio y la observación de los fenómenos de que es teatro la atmósfera no puede ser indiferente a los cuerpos científicos, por la influencia soberana y vital que esos fenómenos ejercen sobre la salud de la especie humana y de los animales, y…que esa influencia es también poderosa en las plantas y la agricultura.” Las funciones del Director de la Oficina fueron señaladas en diez artículos, comprensivos de los instrumentos disponibles, adquisición de un higrómetro, un electrómetro y un pluviómetro; los fenómenos naturales serían registrados en hojas diseñadas al efecto, para ser publicadas en el Anuario de la Universidad, entre otros: temperaturas, lluvias, truenos, nieblas, aerolitos y eclipses. Los registros serían considerados para la salud de los habitantes y la agricultura. Este decreto es un ejemplo de la preocupación que tenía el Rector Caracciolo Parra y Olmedo en asuntos que, sin ser de su especialidad, pues él era un estudioso y docente de cuestiones jurídicas, advertía la necesidad de que la Universidad incursionara en asuntos de interés social y económico. Las actividades del doctor Carrillo redesarrollaron entre 1891 y 1896, ya que el 24 de junio de este último año la dirección pasó a manos del Br. Emilio Maldonado.

El Cronómetro Solar. Contaba la Universidad con este aparato, desde hacía cierto tiempo, pero “que hasta ahora no ha tenido ninguna aplicación, a tiempo que ni la ciudad, ni el reloj público tienen un regulador fijo que uniforme los trabajos y demás ocupaciones”. En razón de ello, el 11 de noviembre de 1891 el Rector resolvió “levantar en el patio principal de la Universidad…una columna de mampostería… que se colocará una piedra grande de mármol, en la que se fijará el Cronómetro por medio de un tornillo… que  quedarán guardados bajo un techo de plancha de cobre que se abra a voluntad, y cerrado con su llave…”  Los gastos de la obra, al decir de la autoridad universitaria, “…se harán de los mezquinos fondos que ha podido procurarse este Rectorado…”. Los Calendarios Médico y Agrícola. Como complemento a las actividades de la Oficina Meteorológica, el 23 de diciembre de 1891, Parra y Olmedo decretó en bien de la salud y de la agricultura la formación de los Calendarios Médico y Agrícola. El primero a cargo de los catedráticos de la Facultad de Medicina; mientras que el segundo lo encomendaba “a individuos dedicados a la agricultura, nombrados en número indefinido por el Rector entre los vecinos de la ciudad que tengan amor por la ciencia y espíritu de progreso.” En el Calendario Médico, cada miembro de aquella Facultad debía llevar un libro de notas para registrar número de enfermos atendidos, enfermedad del paciente, aparición y desaparición de enfermedades esporádicas o epidémicas, número de víctimas y manifestación en animales. El último día de cada mes debía hacerse para la evaluación de lo acontecido al respecto, conformándose un cuadro con las debidas observaciones del origen, desarrollo y curación de las enfermedades, concluyéndose con un informe del estado sanitario de la ciudad, causas y posibles remedios a los males observados. Los resultados de los doce meses serían consolidados en cuadro general que sería publicado en el Anuario de la Universidad. En cuanto al Calendario Agrícola sería “llevado por cuatro miembros que constituirían una Sociedad llamada de Agricultura…”  Este incluiría las plantas que se cultivaban y las que espontáneamente daban los suelos de la las cuatro parroquias de la ciudad; resaltándose su siembra, florecimiento, cosecha, producto bruto de la misma, número de cargas anuales para consumo o exportación, gastos ocasionados para el cultivo, valor de los salarios y manutención de los jornaleros, insectos y enfermedades advertidas en las plantas.

El Cronista de la Universidad. Después de todos los mencionados decretos que abarcan los años de 1888 a 1891, relacionados mayormente con las ciencias físicas y naturales, el Rector Caracciolo Parra y Olmedo decretó el 30 de septiembre de 1892 la creación del Cargo de Cronista de la Universidad, con la finalidad de que se escribiera “…día a día, y legajando por meses y después por años esos sucesos diarios, todos los acontecimientos que se suceden de un carácter público o que afecten de algún modo, el orden social, la salubridad pública, los descubrimientos o invenciones, la introducción de nuevas industrias y demás hechos que tiendan a ilustrar la historia…” Ello mediante la narración “…de los hechos con las circunstancias que los acompañan y sean subsecuentes, absteniéndose el Cronista de todo comentario o juicio privado…” Hechos tanto de carácter local, regional o nacional. Se designó para el cargo al catedrático Br. Tulio Febres Cordero, el 14 de octubre de 1892, quien debía comenzar a escribir la crónica el 1 de noviembre de ese año, abriendo un libro con el título de Crónica del Estado Los Andes mandado llevar por su Universidad, en tomos anuales, cuyo contenido sería publicado en el Anuario de la Universidad. Antes de finalizar, debemos hacer observaciones sobre este decreto. Algunos historiadores merideños identifican a Tulio Febres Cordero como el primer Cronista de la Universidad de Los Andes, cuando en verdad su preocupación se orientó entonces a dar cumplimiento a lo dispuesto por el Rector, y no a registrar hechos relacionados exclusivamente con la institución universitaria. Solamente se incluyó una crónica en dicha publicación periódica. La historia de la Universidad de Los Andes no fue de interés particular de Febres Cordero, pues son pocos los escritos al respecto, si se comparan con los que dedicó a la ciudad de Mérida y a la región andina en general incluidos, por ejemplo, en su Clave Histórica de Mérida (Mérida, Tip. El Lápiz, 1920);  Archivo de Historia y Variedades (Caracas, Editorial Sur-América, 1930, 2 Tomos) y en Décadas de la Historia de Mérida (Mérida, Tip. El Lápiz, 1941).

Concluimos esta nueva Crónica haciendo algunas consideraciones acerca de las distintas propuestas del Rector Caracciolo Parra y Olmedo, iniciadas en 1888 y con vigencia hasta la finalización de su cuarta gestión rectoral en 1900. Se trató de una inquietud más personal que de la propia institución, pues en la estructura académica de ésta no estaban dadas las condiciones para llevar a la práctica algunas de sus ideas orientadas a propiciar los estudios científicos, económicos y sociológicos a partir de la biblioteca, observatorio, aparatos, instrumentos, gabinete, museo y demás actividades relacionadas con la medicina y la agricultura que, en verdad, no tuvieron proyección en su momento en una transformación de la caduca enseñanza escolástica predominante del derecho, la teología y la filosofía, como tampoco en la ciudad. Fueron realizaciones a lo interno de la Universidad, con la exclusiva actuación de los catedráticos designados para los distintos cargos. Prácticamente, los mencionados decretos del Rector Parra no se cumplieron a cabalidad, fueron más una utopía que logros efectivos. Son escasos los documentos que dan cuenta de ello. Probablemente fue la Biblioteca la que tuvo mayor suerte. Cabe mencionar que en 1894 ocurrió el llamado Gran Terremoto de Los Andes, que derrumbó gran parte de la edificación de la Universidad, por lo que esta autoridad universitaria puso su empeño en reconstruirla en los tres siguientes años, perdiéndose gran parte de los espacios ocupados por algunas de las propuestas, así como del instrumental adquirido. En otra crónica hablaremos de las preocupaciones por la instalación de Gabinetes y Laboratorios para el estudio de las ciencias físicas y naturales ocurridas entre 1910 y 1920, sin que tampoco se lograra entonces, definitivamente, un cambio estructural en materia de enseñanza e investigación en la Universidad de Los Andes. Medio siglo después se podría hablar de una propuesta más orgánica en ese sentido, después de 1970. Los documentos citados pueden ser leídos, particularmente, en Eloi Chalbaud Cardona: El Rector Heroico (Mérida, Universidad de Los Andes  Ediciones del Rectorado, 1965, pp. pp. 113-154). Véase También los 10 Tomos del Anuario de la Universidad de Los Andes (1891-1900). El Archivo Histórico de la Universidad de Los Andes resguarda de manera bien organizada las fuentes documentales que se corresponde con los rectorados del Dr. Caracciolo Parra y Olmedo.


(*) Coordinador de la Cátedra Libre de Historia de la Universidad de Los Andes. Doctor en Historia. Profesor Titular Jubilado Activo. Premio Nacional de Historia “Francisco González Guinám” (1989). Premio Nacional de Historia (2019). Premio Nacional de Cultura (2024).





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