Mérida, Abril Martes 21, 2026, 09:17 am
«Yo
sólo tengo este “sí” …»
Siervo de Dios Luigi
Giussani, sacerdote, fundador de Comunión y Liberación
Este viernes, 4 de julio,
coincidiendo con la celebración del día del arquitecto venezolano, y mis
cincuenta años de graduado en tan noble profesión, se conmemoró la fiesta de
San Mateo Apóstol, (antes llamado Leví, de profesión publicano). Días antes
había recorrido de nuevo la exposición “José Gregorio Hernández: el médico del
pueblo”, alojada en el Museo Arquidiocesano de Mérida.
Aunque pareciera incongruente,
los cuatro hechos se reunieron en mi cabeza alrededor de una célebre obra de la
pintura: La vocación de Mateo, cuadro del Caravaggio que permanece en San Luigi
dei Francesi, iglesia de Roma.
El cobrador de impuestos
Leví vio su vida transformarse de ser judío renegado, al servicio de los
invasores romanos, a ser devoto judío seguidor de Jesús. El cuadro plasma el
momento en que éste irrumpe en la estancia donde Leví cuenta dinero y,
señalándolo, lo llama, para notorio estupor del señalado y los presentes. Quizá
nunca hayamos imaginado el asombro del publicano ante el acto del Rabí, ni
percibido lo inaudito de la reacción que lo lleva a seguirlo sin titubeos.
La exposición sobre San José
Gregorio, por otra parte, resume los dos intentos del médico venezolano para
consagrarse a la vida religiosa. En abril de 2021, quien suscribe publicó “José
Gregorio Hernández: un laico a pesar suyo”, subrayando el fracaso de ambos
intentos que lo devuelven al servicio del prójimo, como salidas hacia el camino
de la canonización. Podemos decir que tanto Mateo como José Gregorio llegaron a
ser santos por vías diferentes a sus respectivas aspiraciones y empeños.
¿Está el cumplimiento de
nuestra vida en seguir la verdadera vocación, como la siguió Mateo, como la
siguió José Gregorio?
La vocación es a menudo
confundida con aptitud o aspiración, impulsos subjetivos que pueden sustentar
nuestras decisiones en lo que respecta a lo laboral. “Vocación”, en cambio, proviene
del latín "vocatio", que significa "llamado" o
"acción de llamar" (vocare). La vocación es el llamado de
otro, no podemos llamarnos a nosotros mismos. ¿Es decir, entonces que somos
llamados a desempeñar determinada misión o función?
Recapacitando sobre estos
cincuenta años de carrera, me doy cuenta de que la palabra que más me ha
ayudado es “disponibilidad”; que la vida ha avanzado de “sí” en “sí”, a los
llamados ¡Cuánta razón tuvo Picasso al reconocer “Yo no busco; yo encuentro”!
Desde la escogencia de mi
profesión, cuando aún no tenía idea de lo que significaba, pero hubo encuentros
que me la pusieron ante los ojos, hasta los cargos interesantes que han marcado
mi trayectoria, fueron desafíos que, sencillamente, acepté. Y mi mayor y mejor obra
que he visto construir fue un encargo que, con alguna renuencia, terminé
aceptando.
Estar disponible a lo que se
presenta me cambió la vida, abriendo la salida de lo que mis pretensiones, mis aspiraciones,
definían como lo cierto, lo confortable. Ese proyecto que vino de la nada me
convirtió, haciendo de mí lo que en realidad podía ser.
Si aquel genial médico de
Isnotú hubiera cumplido su aspiración de dejar el mundo, para consagrarse a la
forma de adoración a Dios que significan la cartuja o el presbiterado, seguramente
hubiera encontrado la santidad, pero de manera menos significativa para su
pueblo. La realidad lo llamó y su verdadera santificación fue aceptar y cumplir
lo que hubo de aceptar.
Don Luigi Giussani tenía suficiencia
para continuar su carrera como teólogo, y escalar como estrella de la función
eclesiástica; un grupo de muchachos hallados en el tren, según contaba, lo hizo
mirar hacia lo que desde fuera lo necesitaba, lo llamaba. Así se dispensó de
sus lecciones del seminario, dando un paso aparentemente absurdo: entró a
enseñar en un liceo público y, casi sin saberlo, salió al mundo entero, como
semilla de un movimiento presente en más de 90 países alrededor del mundo,
abarcando todos los continentes.
Muy probablemente, no todos somos
llamados a tan amplio alcance, pero estoy seguro de que nuestro lugar en el
mundo, nuestra verdadera y libre satisfacción, está en llegar a ser lo que misteriosamente
se nos llama a ser. Y mi experiencia, que todavía no termina, me ha
mostrado que hago mucho más bien en este mundo respondiendo a mi vocación que
empeñándome en mis aspiraciones solamente.
Pertenezco a esa gozosa y
misteriosa aventura de mi humanidad. Al final, si me preguntan sobre mi
estrategia, respondería también: “Yo sólo tengo este sí”.