FERIA DE SAN ISIDRO – CUARTO FESTEJO – PRIMERA NOVILLADA
Puerta Grande para la impactante revelación de Álvaro Serrano en Las Ventas
ZABALA DE LA SERNA
Diario EL MUNDO de Madrid
Fotos: Plaza 1
Cuando la aguja del reloj pasaba las nueve y media
de la noche, Álvaro Serrano atravesaba la Puerta Grande con toda su impactante
revelación a cuestas. Madrid lanzaba a un torero bajo la luz de las farolas de
la desbordada calle de Alcalá, los flashes de los teléfonos y las luces de la
esperanza del mañana.
Hacía mucho tiempo que un novillero no me
impactaba de tal modo: Álvaro Serrano sorprendió por su preclara cabeza, por su
soltura y concepto y, sobre todo, por su determinación. A las 20.14 paseaba una
oreja de un peso mayúsculo. Atrás quedaba una estocada ejecutada con un
puñetazo como colofón a una lidia que había arrancado con un sensacional saludo
a la verónica, tan hundido, y un quite por el mismo palo, tan bien acompasado
el lance. La media revolera para colocar al novillo en el caballo cobró un airoso
brillo, pero es que la larga con la que remató otro quite fue un pasaje
deslumbrante. Una fotografía extraordinaria. La faena descolló por varios
motivos, cimentada en un valor sin figuras en mitad de aquel vendaval. Tragó
muchísimo con el utrero de Montealto, a veces toreando apenas con media muleta,
todo por abajo. Esa importancia creció sobre la mano izquierda, por donde la
embestida venía siempre por dentro, durmiéndose. La espera para que rompiese
adquirió un mérito mayúsculo. Y todo queriendo hacer el toreo por su camino.
Admirable. De chapó. Rindió Madrid. Cuando enterró la espada con una rectitud
bárbara, cesó el viento y estalló una tormenta de pañuelos. Pidieron las dos
orejas con fuerza; una tuvo el peso de lo auténtico. Llovía en la clamorosa
vuelta al ruedo.
Casi una hora después, con media Puerta Grande
abierta, saltó al ruedo un novillo alto, malandado de principio, muy voluminoso
pero simplón de cara. Escondía, sin embargo, las mejores calidades de la movida
novillada. O más entrega que ningún otro. Sobre todo por la mano izquierda.
Álvaro Serrano volvió a ser el desparpajo en persona, la listeza vivaz, los
resortes, los recursos y los detalles toreros, con la varita de la conexión con
la gente por encima de las imperfecciones lógicas y, en esencia, con un llamativo
sentido del toreo. Todo brota desde una colocación muy de verdad. Y desde ese
punto de partida, engancha las embestidas, gobierna y liga. La faena tuvo
momentos deslumbrantes —especialmente al natural— y otros donde el corazón se
aceleraba. Una trinchera quedó en la retina como un fogonazo. Atacó con la
espada a tumba abierta, pero la estocada se hundió con travesía y trajo una
muerte lenta. Qué digo lenta, agónica, con el puntillero fallando y levantando
al toro mientras caían los avisos, dos exactamente. Un golpe de descabello
atronó, por fin, al buen novillo. La oreja era irrebatible. Como la Puerta
Grande a la revelación de Álvaro Serrano.
De pronto, la presencia de Tomás Bastos en San
Isidro se convirtió en su despedida de novillero de Madrid. Veinticuatro horas
antes de esta comparecencia se conoció la fecha y la feria de su alternativa:
24 de julio en Santander. Hace 28 años su apoderada, Cristina Sánchez,
confirmaba alternativa como primera mujer de la historia, con Curro Vázquez de
padrino y David Luguillano como testigo. Los toros fueron de María Lourdes
Martín de Pérez Tabernero, a quien tanto admiro, pero Ansón recuerda siempre con
espanto un sobrero gigantesco de El Sierro. Bastos apechó con un primer novillo
amable pero no bonito —como la primera mitad de la novillada, realmente fuerte
en su segunda parte: una corridita—, que se movió muy descompuesto por el pitón
derecho, algo más acompasado por el izquierdo. Por esa mano, Bastos logró los
pasajes más notables. Pero no había clase ni calidad en el movimiento. Lo mató
con firmeza, saliendo apurado del volapié. Precisamente, la espada se le
encasquilló con un cuarto con aspecto de toro. No tenía mal aire, mucho mejor
que el anterior y que otros, pero se vino muy abajo. El portugués principió
faena de rodillas, por cambiados, arrebatado; pasado el arrebato, aquello
apenas trepó.
Martín Morilla se presentó en Madrid precedido de
un ambiente que no justificó. Su primero fue un novillo más feote que agresivo,
simplemente pasador. El sevillano se preocupó más de componer la figura que de
torearlo. Manejó la espada malamente. Fue el quinto un señor tremendo,
desabrido y levantisco, pero cuando alcanzó el último tercio no se comía a
nadie aunque tampoco valía. A la gente le gustó mucho la novillada, tan movida,
tan de público. A mí no por su falta de entrega y, en definitiva, verdad. Pero
me alegro por Agustín Montes. Ovacionaron fuertemente al mayoral como
despedida.