Mérida, Junio Viernes 19, 2026, 10:07 pm
JOSÉ CARLOS ARÉVALO
Foto: Plaza 1
La verdad, hay días en que me cuesta hablar de
Madrid, Y hoy, de la pasada Feria de San Isidro. Porque ha sido una feria
interesante y no me gusta ir de aguafiestas. Pero como lo prometido es deuda y
yo tengo el vició de escribir lo que pienso… Eso sí, prometo no ser tan triste
como los del Tendido 7, que el domingo pasado hicieron su balance sobre la
Feria en la sala Antonio Bienvenida de la Plaza de Las Ventas. ¡Cómo sufren por
culpa de ganaderos, toreros y taurinos varios! Lo que me lleva a concluir que se
debe ser crítico pero no quejica, censurar lo que se hace mal y reconocer que
la feria, lo reitero, ha sido muy interesante.
Se ha cortado un buen número de orejas, ha habido
algunas grandes faenas y algunos buenos toros. Y sin embargo, hay que
jerarquizar los hechos. Las dos mejores faenas de la feria las han hecho
Alejandro Talavante y Sebastián Castella. El mejor toreo de la feria (de capa y
muleta) lo ha hecho Diego Urdiales, y también la mejor estocada. Aunque a las
empresas y taurinos que constituyen lo que llamamos “el sistema”, les importe
un rábano y no pongan al de Arnedo ni en La Rioja. Y es que los empresarios hoy
programan la Fiesta con una libertad absoluta y no hay periodista que diga esta
boca es mía. Pero lo curioso es que no trabajan (los empresarios) por una
Fiesta más rentable sino más suya. Antaño no lo tenían tan fácil. Porque la
prensa no tragaba y de alguna manera, a través de ella, los aficionados
fiscalizaban la programación de las ferias. Ya veremos qué opciones tendrán
esta temporada los jóvenes espadas como Israel Marín, Samuel Navalón y Víctor
Hernández. Me temo lo peor.
Como también sospecho lo bien que lo van a tener
los de siempre, que están más vistos que el TBO y todos sabemos quiénes son.
Pero al sistema le gusta lo previsible. Lo imprevisto molesta. Por ejemplo, no
estaba previsto que Burdeos tuviera una figura del toreo. Y menos aún, que lo
llevara un apoderado independiente. Ese osado se llama Clemente. Y es un torero
bueno, pero bueno de verdad. El año pasado fue el triunfador absoluto de la
temporada en Francia. Al menos en Madrid tuvieron el detalle de confirmarle la
alternativa… con una corrida que pegaba brincos, dentelladas, cornadas.
Clemente respondió, no como el artista que lleva dentro, sino con la casta del
torero aguerrido. Este año, la empresa mejoró el detalle: ponerle con una de
Juan Pedro Domecq. Pero resultó que de Juan Pedro solo tenían el nombre.
Sinceramente pienso que todos, toreros, público y
empresa se sorprendieron tanto como yo. El caso es que sus toros fueron más
malos que una de Escolar, pero Clemente se jugó la vida muy en torero, muy de
verdad y terminó en la enfermería con el húmero fracturado. Tampoco tuvieron
opción diestros en quienes la afición ha depositado todas sus esperanzas, como
Daniel Luque, Juan Ortega, Jiménez Fortes, Pablo Aguado, Álvaro Lorenzo, o
Uceda Leal, a quien se admira como maestro incuestionable. Pero nunca les cae
en suerte el premio de un galafate que embista como un toro bravo en esa ruleta
antitaurina reseñada por Florito, croupier estrella del casino de toros y bar
de copas instalados en Las Ventas.
Naturalmente, el panorama resulta tan cabreante
como respetable, Pero no culpemos al
mayoral de la plaza por haber sido el último y más eficiente gestor de una
deriva que abandonó el toro entipado por el toro grande y engordado, que
comenzó cuando Juanito Martínez descubrió que una corrida torista y tres
toreros baratos era más rentable que tres figuras y una ganadería que embiste.
Pero alto parado, no caigamos en la demagogia antitorista. Entonces, una
corrida de Victorino para Madrid tenía el mismo trapío que una corrida actual
de Victorino para Bélmez. (Que nadie se escandalice, lo comprobé con el propio
ganadero en su casa cotejando la corrida en que Ortega Cano indultó a “Velador”
en Madrid, con otra más reciente y de similar trapío, que iba destinada a un
pueblo manchego).
Seamos ecuánimes. Al actual toro de Madrid se ha
llegado paulatinamente. Quizá el núcleo impulsor haya sido la minoría torista
madrileña, no sin gran parte de razón, pues el toro más bravo, ergo más fijo,
más noble, logrado por el éxito genético del ganadero a finales del siglo
pasado, necesitaba compensar la pérdida de emoción provocada por su brava
obediencia a los engaños con una presencia intimidante. Y el toro, que ya tenía
certificada su edad cuatreña, creció paso a paso. Pero no con facilidad, sino creando
peligrosos contratiempos. Los jefes de las cuadras de caballos, aterrorizados,
temieron no ser capaces de cumplir temporadas completas (ya la cabaña equina no
proporcionaba suficientes caballos) y adoptaron dos medidas. Una negativa, la
adopción del voluminoso y fuerte caballo de tiro, cobardón, antitorero y
posiblemente dopado, y otra positiva y posterior, la creación, por primera vez
en la historia del toreo, del caballo profesional de picar, especialmente
domado para la suerte de varas.
Hasta aquí lo positivo. Lo negativo se impuso
aceleradamente: el peso excesivo del nuevo caballo cruzado, en realidad entre
700 y 800 kilos a los que se suma la carga del jinete y los arreos protectores,
en definitiva un muro inexpugnable. A todo esto, el reglamento seguía en la
inopia, con asombro e impaciencia de los buenos aficionados (pocos) y con
sorprendente pasividad por parte de los profesionales (casi todos), pues lo que
pasaba era lo siguiente: la suma del peso del toro por la velocidad de su embestida
al caballo centuplicaba la violencia del encuentro del toro con un equino
inamovible. El tremendo golpe -dejemos aparte la lesiones óseas y oculares
provocadas por su choque frontal con el estribo derecho del picador- sumado a
la superior bravura que el ganadero había conseguido ya en el toro a finales de
siglo, se tradujo en puyazos interminables, en los que el bravo encelado
persistiría hasta la muerte en su desigual pelea si no fuera por la insistencia
de los capotes al quite. Por cierto, un quite novedoso, pues por primera y
única vez durante toda la lidia, se hace al toro para salvarlo de la agresión
impune del jinete y su montura, y no al revés, como siempre había sucedido.
Pero este necesario y atípico quite desprestigia
al animal, que ya no siembra de respeto el ruedo nada más salir del chiquero.
Nadie piensa que ese toro, enfrentado a un caballo flaco, viejo y sin peto,
gozaría de igual respeto que su antepasado, ni a nadie se le ocurre pensar que
seis erales acabarían en una tarde con la cuadra de Las Ventas si salieran al
ruedo sin peto. No, los toristas primarios no aceptan estas observaciones
amariconadas, y le echan, como siempre, la culpa al degenerado toro actual, y reclaman
a gritos “¡Toros! ¡Toros!”. Pero esta vez tienen parte de razón. Estábamos en
los años 90, España entera había padecido un lustro de feroz sequía, los
ganaderos desconocían -o no existían- las nuevas formulaciones de nutrición
para el bovino y los toros -gordos, gordísimos- se derrumbaban por un mírame y
no me toques.
Afortunadamente, la entonces UCTL estaba gobernada
por Juan Pedro Domecq Solís, quizá el mejor presidente que ha tenido este
organismo ganadero y quien tomó medidas decisivas, como la introducción del
programa informático para controlar el mapa genético de cada ganadería, la
creación de un equipo de nutricionistas expertos en el vacuno que contuvo diez
años después las crónicas caídas, y la invención del tauródromo, que devolvió
cierto vigor al toro regordió, de aparente trapío. Se impuso entonces el monopuyazo,
y en las plazas de primera un segundo más simbólico que real. En realidad dicho
monopuyazo equivalía a tres de los que estuvieron en vigencia hasta los años
70.
Y es que el ministro Corcuera, alarmado por el
escandaloso primer tercio, había redactado un reglamento tan bienintencionado
en esta cuestión como ingenuo. Por ejemplo, se redujo el tamaño de la puya,
pero como el toro ahora embiste de verdad al caballo, su carne cede a la
penetración del hierro, y los puyazos, inferidos por un picador impunemente
asentado en un caballo indestructible, duplicaban y hasta triplicaban la
dimensión de la puya. Eran y son más dañinas las pequeñas puyas actuales que
las idénticas, pero de mayor tamaño, usadas con el caballo más ligero de los
años 60. Entonces, el picador tenía más trabajo defendiéndose que picando; la
puya avivaba más al toro que lo castigaba; y éste, que era la mitad de toro que
ahora, conservaba más vivacidad en el tercio de muleta y no se le podía dar
pases, había que torearlo. No como sucede hoy con no pocos toreros, que dan
muchos pases y apenas torean.
Hay muchos malentendidos en el toreo. Uno de ellos
es que el toro grande es el toro-toro cuando solo es el toro grande. Seamos
claros, el toro-toro es aquel que con la edad cumplida es bravo y fiel al
trapío de su estirpe. Por lo demás, el trapío es un concepto que desborda lo
puramente físico, Es la seriedad, el respeto, el peligro, la inquietud
admirativa que provoca su presencia. Y más todavía, ese trapío exterior dura
nos instantes, porque más fuerte es el trapío interior, el que el toro lleva
dentro y manifiesta in crescendo a lo largo de la lidia. Al respecto, no me
canso de evocar al toro «Bastonito», de Baltasar Iban, protestado de salida por
el 7, que terminó asustando a los tendidos de Las Ventas y que fue vencido por
el gran trapío de un pequeño y grandioso torero, César Rincón.
Lo que no me gusta de los dogmas es que son una supuesta verdad que prohíbe el pensamiento. En todo caso son una verdad que el pensamiento no alcanza a desvelar. Pero el toro grande como prototipo del toro-toro, dogma del torismo primario, casi ha consumado en este último San Isidro su principal objetivo, que los toreros no triunfen y se jodan. Lo primero lo ha conseguido con la colaboración del toro elefantiásico, imposible de ser reseñado por nota, hechuras y reata, obligadamente elegido por volumen, cuernos y kilos -vaya, vaya con la primera plaza del mundo-. Pero no lo segundo, porque todos los toreros, absolutamente todos, incluidos los novilleros, que han matado auténticas corridas de toros, han triunfado o han estado por encima de torancones que se comportaban como lo que eran, lo peor de cada casa.
Y hubo uno a quien debió de inspirar tanto dogma, tanta chulería, tanta estupidez, porque salió a la plaza a divertirse, a romper falsos prestigios y dogmas estúpidos. Y toreó en la plaza de Madrid como si estuviera en un tentadero propio, al amanecer, después de una noche loca. Pero si hizo quites porque sí, mató perfilándose a 15 metros del toro, y hasta se subió a un caballo y picó, también es verdad que todo lo hizo como un bohemio y como un maestro y que cuando llegó el momento toreó como los ángeles. El caso es que rompió todos los tabúes y salió a hombros por la Puerta Grande. Naturalmente, hablo de Antonio Ferrera. Supongo que cuando volvió a su casa, se sentó a mirar el campo, encendió un buen habano y prorrumpió en una larga carcajada.
O sea, el toreo lo arreglan los toreros.