Mérida, Junio Domingo 21, 2026, 12:12 pm
@juanjosecanaszambrano
Hay carreteras que se recorren con el cuerpo y otras que se sufren y se
agradecen con el alma. Viajar a los Pueblos del Sur de Mérida es de estas
últimas.
Mientras el turismo masivo se concentra en el teleférico o en las paradas
exprés del norte, el sur permanece ahí, repleto de neblina, curvas de vértigo y
una dignidad que no se rinde. Ir hacia Canaguá o aventurarse a las
profundidades de Aricagua, Chacantá, Mucuchachí y San José es, hoy más que
nunca, un acto de fe.
No nos engañemos: el viaje es duro. Las vías exigen pericia y el abandono
institucional se hace evidente en cada tramo agrietado. Pero es justamente
allí, donde el asfalto cede, donde empieza la verdadera magia.
El paisaje cambia drásticamente: pasas del frío páramo al calor seco del
taparo, y de repente estás rodeado de cafetales milenarios.
Llegar a Canaguá, el corazón de la zona, es respirar un aire que sabe a
trabajo, ver las casas de tapia y teja en Chacantá es recordar de dónde
venimos; y perderse en el aislamiento casi místico de Aricagua o la calidez de
Mucuchachí y San José te hace entender que Venezuela tiene otra velocidad.
La verdadera joya del sur no son solo sus montañas imponentes, sino su
gente. El sur del sur está poblado por hombres y mujeres de una cortesía que ya
parece extinta.
Son herederos de una paciencia infinita, que siembran la tierra y reciben
al viajero con un café recién colado y una sonrisa que borra las horas de
traqueteo en el rústico. Ellos son el verdadero destino.
Apostar por los Pueblos del Sur en nuestras crónicas, en nuestras visitas
y en nuestra memoria es necesario.
No se trata solo de buscar paisajes bonitos para una foto de Instagram; se trata de volver la mirada hacia una región que, a pesar de las dificultades de conectividad y combustible, sigue latiendo con fuerza propia.
El sur no es el patio trasero de Mérida; es su reserva moral y cultural. Ojalá aprendamos a mirarlo con el respeto y la fascinación que se merece.