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Por Jesús Roncón Nuicete

Nuevos y más intensos colores en América Latina por Jesús Roncón Nuicete



Nuevos y más intensos colores en América Latina por Jesús Roncón Nuicete

SELECCIÓN DE FOTOS PRELIMINAR

 

PROFESOR VIGILIO CASTILLO

3246/ 3249 / 3367 / 3320

PROFESOR ÁNGEL ANDARA

3239 / 3240 / 3347 / 3308

PROFESOR VICTOR MOLINA

3259 / 3268 / 3269 / 3351 /3323

PROFESOR GUSTAVO ALCANTARA

3254 / 3268 / 3358 / 3252 / 3329

Grupal 1

3291

Grupal 2

3374

 

Con normalidad (a pesar de algunos gestos de protesta) se ha producido el traspaso de poderes en Lima. Luego de unas elecciones de resultados muy cercanos –avaladas por los órganos oficiales y por todos los observadores imparciales– juró su cargo Keiko Fujimori (n. 1975), la hija del antiguo dictador, quien con constancia admirable formó un movimiento (Fuerza Popular) para adelantar un programa de desarrollo basado, en gran medida, en las ideas de su padre.

En contraste, no fue tranquila la sucesión en Colombia: Gustavo Petro (2022-2026) no reconoció el triunfo sorpresivo del candidato opositor, Abelardo de la Espriella (n. 1978).

Cabe preguntarse si la elección de Fujimori hace parte del movimiento pendular que llevó al poder a líderes conservadores en casi todos los países de Sur América o si se trata de una reacción del electorado peruano ante la inestabilidad reinante desde hace algunos años. Pedro Pablo Kuczynsk (2016-2018), Martin Vizcarra (2018-2020), Manuel Merino (2020) y Francisco Sagasti (2020-2021) cumplieron un período y Pedro Castillo (2021-2022), Dina Boluarte (2022-2025), José Jeri (25-26) y José María Balcázar (2026) el siguiente. Con anterioridad, desde la caída (2000) de Alberto Fujimori (años de terrorismo y dictadura), habían concluido sus mandatos –no sin sobresaltos– Alejandro Toledo (electo al final de un interinato constitucional), Alan García y Ollanta Humala (2001-2016). A lo largo de su historia, el país ha vivido vicisitudes diversas: hegemonías progresistas (Ramón Castilla, Augusto Leguia), dictaduras militares tradicionales (Manuel Odria) o revolucionarias (1968-1980) y ensayos democráticos, con largos intervalos de inestabilidad.

La calma no ha reinado en ocasión de actos similares en Colombia. A ello ha contribuido la conducta del presidente saliente, que se negó a admitir la derrota de su candidato (según resultados avalados por los observadores imparciales). La diferencia fue clara: con una alta participación del electorado (63,59%) su opositor (de la Espriella) obtuvo 251.854 votos más que el oficialista (I. Cepeda). El exmandatario tuvo gestos ajenos al espíritu democrático, pero sus llamados a la protesta fueron seguidos por pocos. No ha ayudado a la tranquilidad el recién electo. Falto de experiencia, ha jugado a la provocación. No es práctica recomendada, menos aún en Colombia. El país sufrió varias guerras civiles en el siglo XIX y desde 1948 no ha conocido la paz. Incluso ha perturbado la de sus vecinos. Siempre ha estado prendida la hoguera de la violencia, atizada desde los años 70 por las actividades ligadas al narcotráfico

Desde mediados del siglo XX, en muchos países latinoamericanos el poder ha pasado (en ajetreo pendular) de un extremo al otro del espectro político: de la democracia a la dictadura militar, de la derecha (en diversas expresiones) a la izquierda (y hasta ensayos fantasiosos de socialismo). Los intentos democráticos posteriores a la Guerra Mundial fueron interrumpidos por la internacional de las espadas. A finales de los años 50 se restablecieron los gobiernos de partido (solo subsistieron los de Colombia y Venezuela). Pero, so pretexto de frenar la expansión del comunismo cubano (posesionado desde 1959), surgieron terribles dictaduras: Argentina, Brasil, Uruguay, Chile. En los años 80 pareció renacer el espíritu democrático. Incluso en México, tras siete décadas se abrió el sistema político. Eso permitió la adopción de la Carta Democrática Interamericana (Lima, 2001). Lamentablemente, para entonces comenzaba a soplar el vendaval chavista, que impulsó diversas formas de un llamado poder popular.

En el nuevo siglo, el movimiento pendular se aceleró. La Carta Democrática, garantía de estabilidad, libertad y derechos, pareció guardarse en algún cajón burocrático. Con el apoyo de los ingresos petroleros de Venezuela, líderes de movimientos de izquierda (algunos adherentes al Foro de Sao Paulo) fueron elegidos en Brasil (2002), Argentina (2003), Bolivia (2005), Ecuador, Honduras y Nicaragua (2006), Paraguay (2008), El Salvador (2009) y Perú (2011). Iniciaron procesos revolucionarios y desmontaron las instituciones democráticas. En un segundo tiempo, tras el fracaso de los ensayos, los pueblos de casi todos aquellos países decidieron ejecutar cambio de rumbo, hacia la derecha. Pero algunos reincidieron (como Brasil, Argentina y Honduras). En todo caso, desde 2023 dirigentes muy conservadores, apoyados por Donald Trump, triunfaron: Javier Milei (2023), Daniel Noboa (2023), Rodrigo Paz (2025), José Antonio Kast (2026) y Abelardo de la Espriella (1926), y en Venezuela se produjo la extracción de Nicolás Maduro (2026).

Hubo un tiempo en que los cambios estaban dirigidos a liberar a los pueblos oprimidos y mejorar la suerte de hombres y mujeres desposeídos. Entonces, las ideas (el nacionalismo, el liberalismo) alentaban a los revolucionarios. Durante siglos fue la lucha por la tierra y después la defensa de los trabajadores. Luego de la emancipación se enfrentaron las ambiciones de otros imperios (Juárez en México, Martí en Cuba, Sandino en Nicaragua). Pasada la gran guerra, aparecieron movimientos inspirados en los soviets. ¡Otro mundo era posible! Lo predicaban activistas comunistas (Prestes en Brasil) e intelectuales (muralistas en México, poetas al Sur: Vallejo, Huidobro). También otros que creían en la revolución democrática: Betancourt en Venezuela, Figueres en Costa Rica, Lleras en Colombia. Al mismo tiempo, desde los años 30 hubo intentos de organizar movimientos nacionales sin vínculos extranjeros: el Estado Novo (de Vargas) en Brasil y el justicialismo en Argentina (de J.D. Perón).

Los dirigentes demócratas de la segunda mitad del siglo XX aspiraban al poder para realizar el cambio social. En América Latina era posible alcanzar el desarrollo, mediante la ejecución en libertad de un programa convenido, como en Europa gobiernos libres levantaban las viejas naciones de las ruinas que había dejado la guerra. Una circunstancia favorable resultaba la elección en Estados Unidos (1960) de John F. Kennedy, quien ofrecía una Alianza para el Progreso. Hubo avances (en educación, salud, infraestructura), pero el objetivo central no se cumplió. No se superó la pobreza mediante la extensión de la capacidad productiva a las clases populares. Lo impidieron, entre otros factores, la falta de proyectos de país que comprometiera en cada caso a todos los sectores; el asalto al poder por los militares (sin capacidad para manejar tareas civiles) y la corrupción en los equipos dirigentes (públicos y privados), que se apoderaron de los recursos necesarios.

¿De dónde viene a los latinoamericanos esa tendencia a la inconstancia y la informalidad que provoca la inestabilidad que ha caracterizado sus sistemas políticos? El asunto se planteó desde los inicios de nuestras repúblicas, incluso en los debates de sus primeros congresos. Francisco de Miranda suscribió con reparos la primera constitución de Venezuela: “no está ajustada con la población, usos y costumbres de estos países”. En el momento en que se les entregó prisionero a los españoles (31.7.1811), expresó: “Bochinche… Bochinche. Esta gente no sabe hacer sino bochinche”. Guerreaban entre sí los aborígenes y sus discordias facilitaron las conquistas de Cortés y de Pizarro. No faltaron las disputas, incluso armadas, entre españoles durante los siglos siguientes. De manera que aquella inclinación venía de atrás, en ambas ramas. Concluido el proceso independentista no se impuso la paz. “No hemos tenido un momento de sosiego”, recordó García Márquez en Estocolmo (1952).

Distintas explicaciones se han dado a esa conducta. Muchos la atribuyen a la falta de experiencia de los primeros ciudadanos en instancias de gobierno (que sí tenían los colonos del Norte): lo observaron el precursor venezolano y el novohispano Fernado de Mier. El argentino Juan Bautista Alberdi sostuvo, por su parte, que la causa de los males sociales estaba en el poder excesivo del Estado: se requería la mayor libertad posible. Pero, los positivistas alegaron la tendencia natural a la anarquía y la carencia de preparación para explicar los regímenes de caudillos (o de gendarme necesario) desde finales del siglo XIX. Más recientemente, se atribuye la inestabilidad al subdesarrollo que provoca tensiones entre los diversos sectores de la población. El maestro Leopoldo Zea consideró que la clave estaba en la situación de dependencia de la región, mientras que el filósofo Briceño Guerrero en el encuentro traumático de las tres culturas originarias.

Parece pronto para predecir la duración de la nueva ola que ha invadido casi todos los países de América Latina. Según muchos puede estar vinculada a la suerte política de Donald Trump en Estados Unidos, que se pondrá en juego en menos de tres meses. Ha manifestado su apoyo a algunos de los ganadores y sostiene (en inédita y ajurídica intervención) el régimen poschavista de Venezuela. Pero también es evidente que el retorno del péndulo en otros casos mostró la inconformidad de los pueblos ante sus antiguos gobernantes y pueden volver a compartir el mismo sentimiento y repetir la acción de protesta.

 

X: @JesusRondonN