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POr Frank Roberto Castillo Salazar

La Parsimonia: Ejercicio de vida por Frank Roberto Castillo Salazar



La Parsimonia: Ejercicio de vida por Frank Roberto Castillo Salazar

En mis años de estudiante en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas, tuve el privilegio de presenciar cómo la verdadera sabiduría prescinde de la estridencia. Bastaba escuchar a profesores de la talla de Rafael Quintero Moreno, José Luis Malaguera, Alfonso Sánchez, o Abdón Sánchez   para comprender que la autoridad no se impone con el volumen de la voz ni con la prisa del discurso, sino con el peso justo de las palabras. En cada una de sus clases, la parsimonia emergía como una virtud humana y pedagógica: una capacidad entrañable para desmenuzar lo complejo con paciencia quirúrgica. En ellos entendí, por primera vez, que la serenidad es el reflejo visible de un pensamiento profundo.

Lo que en las aulas nació como una lección académica cobró su dimensión más real en el ejercicio profesional y en el transitar por la vida pública. Al observarlos en el foro judicial comprendí que la parsimonia no era una pose, sino una filosofía de vida, y los que conocen al doctor José Francisco Rincones, "El Poeta Paraima", saben de lo que estoy escribiendo. Ver a hombres de esta estirpe conducirse ante los tribunales, con el temple de quien no necesita sobreactuar para hacerse entender, dejaba una huella indeleble. La verdadera maestría no reside en arrollar al adversario con ráfagas de elocuencia vacía, sino en la solidez del argumento expresado con aplomo.

En el ámbito del ejercicio legal, esta enseñanza se vuelve un deber ético. El derecho moderno, sumergido con frecuencia en la inmediatez y la vorágine procedimental, tienta constantemente al abogado a responder con prisa, a reaccionar antes que a reflexionar. Sin embargo, el impulso apresurado suele ser presa del sesgo o de la provocación. En cambio, aprender a escuchar más de lo que se habla, observar los vacíos con serenidad y actuar solo cuando la razón es incontestable, es un acto de responsabilidad profunda.

La justicia requiere de pausas deliberadas. Un expediente no se desentraña con la prisa del ansioso, sino con la mirada escrutadora y pausada del cirujano. En el foro y en la vida, la precisión no es solo efectividad; es respeto hacia el otro, hacia la contraparte y, fundamentalmente, hacia la verdad que se busca tutelar. Cuando un profesional del derecho actúa desde la templanza, transforma el debate en un ejercicio de altura intelectual, alejando el pleito del fango de la visceralidad.

Elevar la parsimonia a la categoría de arte transforma la existencia personal. Simplemente es cuidar la energía vital para lo que verdaderamente importa, evitando que las tribulaciones menores nos roben la paz. En una sociedad marcada por la cultura del ruido y la urgencia desmedida, cultivar la templanza se convierte en un acto de resistencia silenciosa. Nos permite transitar los conflictos cotidianos con una perspectiva mucho más amplia, discerniendo con claridad lo trascendente de lo efímero.

De aquellos maestros aprendí que la vida se vuelve sustancialmente más humana y plena cuando descubrimos que la verdadera elegancia del pensamiento habita en la serenidad.

Al mirar en retrospectiva el camino recorrido desde aquellas aulas universitarias, reafirmo que las mejores lecciones no quedaron escritas en los libros de texto, sino en la actitud de quienes nos enseñaron a pensar. Aquellos profesores y juristas no solo nos entregaron herramientas conceptuales para la praxis del derecho; nos legaron una postura ante la vida. Una forma de caminar erguidos sin prisa, de hablar con sustancia y de recordar siempre que la fuerza del espíritu no habita en la vehemencia del grito, sino en la calma inquebrantable de la razón.