Un largo etcétera por Ricardo Gil Otaiza
No en vano repetimos lecturas y volvemos una y otra vez sobre un mismo texto, nos aventuramos a buscar de nuevo aquel libro que nos gustó hace años y que perdimos en el camino, compramos nuevas ediciones de un mismo título que se convierten en trofeos ganados al olvido. Un libro que nos marca para siempre es una huella indeleble en nuestro inconsciente, es como un grato recuerdo familiar que llega a nosotros una y otra vez para rememorar espacios de felicidad absoluta, para decirnos que esas páginas forman parte de nuestras vidas y las llevaremos hasta el final de nuestros días. Al igual que una canción, una comida o un viaje en particular, un libro puede convertirse en anclaje de un momento idílico que nos causó un profundo impacto y un inmenso disfrute.
Atesoro con bastante claridad los títulos que más me han impactado en mi vida de lector y escritor. ¿Cómo olvidarlos si los leí con arrobo, en éxtasis, en sublimación absoluta? ¿Cómo olvidarlos si son ellos parte de mi patrimonio gnoseológico, familiar y espiritual? Aventuro aquí una lista de aquellos libros (y de sus autores) que leería una y mil veces (si la vida me alcanzara) y que jamás me aburrirían, o darían al traste con ese elevado altar que les he construido en mis gustos literarios e intelectuales desde hace unos cuantos años. Acoto que no necesariamente mis afectos literarios deban coincidir con los que plantea el canon; al fin y al cabo, lo "establecido" como inmortal no está muy claro para todos desde el corazón; tal vez sí, desde la conveniencia o el prestigio. No me interesa.
Con mi salida del país, tuve que escoger entre mis grandes amores librescos quiénes se irían conmigo, y los aparté, pero la realidad se sobrepuso y me vi obligado a depurar mi lista a su mínima expresión. Por fortuna, en España he podido hacerme de las obras de varios de mis autores favoritos en espléndidas ediciones, y, aquí, sentado en donde escribo, las miro de soslayo y me digo una y mil veces “¡quién lo hubiera creído, están de nuevo conmigo! Muchas otras se quedaron en casa, a la espera del reencuentro, de la mirada vidriosa que me certifique que hay sutiles hilos que enlazan cada suceso de nuestras vidas, que nos mecen en el vacío y luego nos sostienen para así amortiguar la caída.
Gracias al cariño de un buen amigo, pude traer tres de mis libros esenciales, pero para un vicioso lector y bibliófilo como yo eso no basta: los quiero todos aquí conmigo para refundirme en ellos, para solazarme en el recuerdo que cada uno trae consigo, para decirme que valió la pena la espera (no tan dulce) de tenerlos de nuevo en mis manos y así ver la pátina que los recubre, la amarillez de la oxidación en sus páginas, y poder sentir de nuevo el inconfundible olor de los tiempos idos.
La llama doble. Amor y erotismo, El arco y la lira y Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe de Octavio Paz. Viaje al centro de la fábula, La letra e y La vaca de Augusto Monterroso. La cabeza bien puesta, Educar en la era planetaria y Mi camino de Edgar Morin. Dios y el mundo y Caritas in veritate de Joseph Ratzinger. Ecología: grito de la Tierra, grito de los pobres de Leonardo Boff. Formas breves y El último lector de Ricardo Piglia. La cruz de San Andrés de Camilo José Cela. El viento ligero en Parma, El viaje vertical y Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas. La loca de la casa y La ridícula idea de no volver a verte de Rosa Montero. Mi vida junto a Pablo Neruda de Matilde Urrutia. Diario de invierno de Paul Auster. El tiempo envejece deprisa, Sostiene Pereira y Tristano muere de Antonio Tabucchi. Doña Inés contra el olvido de Ana Teresa Torres. 84, Charing Cross Road de Helene Hanff. En busca de Bolívar de William Ospina. El olvido que seremos, Traiciones de la memoria y Asuntos de un hidalgo disoluto de Héctor Abad Faciolince. El general en su laberinto y El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez. La visita en el tiempo de Arturo Uslar Pietri. Relatos reales de Javier Cercas. Mañana en la batalla piensa en mí, Mala índole, A veces un caballero, Vida del fantasma y Literatura y fantasma de Javier Marías. Adiós poeta de Jorge Edwards. Historia personal del boom de José Donoso. Obras completas de Jorge Luis Borges. El último encuentro y Diarios 1984-1989 de Sándor Márai. En esto creo de Carlos Fuentes. Alquimia de los espejos de José Ramón Medina. Cuentos de Tulio Febres Cordero. Obra selecta de Mariano Picón Salas. Ensayo sobre la ceguera y Cuadernos de Lanzarote de José Saramago. La verdad de las mentiras de Mario Vargas Llosa. Confesiones de un joven novelista de Umberto Eco. Lenta biografía de Sergio Chejfec. El telón y La insoportable levedad del ser de Milan Kundera. Guzmán Blanco. Tragedia en seis partes y un epílogo de Tomás Polanco Alcántara. Borges de Adolfo Bioy Casares. La obra entera de Francisco Herrera Luque. Los cuentos de Alberto Jiménez Ure, ¡etcétera!
Podría seguir citando libros, pero no tendría sentido. Ese largo, larguísimo etcétera dice más y tranquiliza mi memoria y mi conciencia que los cuatro mil libros que en mi desvarío digo y juro que poseo (quizás más; tal vez menos), porque son tantos los amados, trajinados y vueltos a trajinar en mi ya añeja existencia, que siempre habrá la excusa y la ventana para el olvido como para dejar en su oscuro rincón de mi biblioteca al ejemplar que en su día me propinó enorme placer, y que hoy no pude recordar por extravíos propios de mi cabeza, pero… ¡qué le puedo hacer!, allí queda la lista como la fotografía de una realidad que trasciende en demasía el espectro de lo que la lente pretende captar.
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