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Por Giovanni Marquina

EL TEOREMA DE LA EXPROPIACIÓN SIN DESPEJAR X por Giovanni Marquina



EL TEOREMA DE LA EXPROPIACIÓN SIN DESPEJAR X por Giovanni Marquina

Para millones de latinoamericanos, el primer contacto con la rigurosidad del pensamiento y también con el pavor académico tuvo un nombre propio y un rostro inconfundible como El Álgebra de Aurelio Baldor, un texto con un mito transgeneracional, con más de 500 páginas y sus 5.790 ejercicios infatigables y la penetrante mirada del hombre de la portada, el volumen se convirtió en el auténtico terror de las aulas de secundaria. 

Generaciones enteras de estudiantes crecieron con la firme convicción de que aquel hombre barbudo, envuelto en un turbante y con el fondo del desierto de Bagdad, era el mismísimo "Baldor". La realidad, sin embargo era otra, la icónica ilustración correspondía a Al-Juarismi, el ilustre matemático persa del siglo IX considerado el padre del álgebra.

La mirada severa del sabio oriental terminó simbolizando la inminencia de un examen reprobado, mientras los diez casos de factorización y la interminable miscelánea de ecuaciones se transformaban en el rito de paso obligatorio para cualquier adolescente en el continente. Sin embargo, detrás de esa obra monumental que provocó noches de desvelo y sudores fríos a generaciones enteras, habitaba la tragedia personal de su verdadero autor, un prólogo de drama político que se repetiría, con exacta precisión matemática, cuatro décadas más tarde.

Aurelio Baldor no vestía túnica ni turbante, era un prominente abogado y educador cubano de traje y corbata que fundó en La Habana uno de los colegios privados más prestigiosos de la época. En 1941 publicó su célebre libro matemático, sin imaginar que el destino de su creación estaría marcado por la conmoción ideológica. Tras el triunfo de la "Revolución Cubana" en 1959, el nuevo régimen convirtió la iniciativa privada en un enemigo del Estado. 

El Colegio Baldor fue expropiado, sus bienes confiscados y el propio profesor acosado e invadido en su soberanía personal lo obligó al exilio en 1960 a los EE.UU. Este autor vio cómo su libro continuaba vendiéndose por millones desde México hasta la Patagonia, afianzándose como el fetiche matemático de América Latina, mientras él no recibía un solo centavo de regalías tras haber cedido los derechos comerciales antes del desplome institucional de su patria, luego de 18 años dando clases como profesor empleado, falleció en la ciudad de Miami  Florida, el 2 de abril de 1978, a causa de un enfisema pulmonar.

Exactamente cuarenta años después, en 1999, Venezuela inició un ciclo político que prometió redimir las deudas sociales bajo el sello de una nueva "Revolución Bolivariana". Premisa ideológica que resultó calcada, la anulación del individuo frente al absolutismo estatal.

Uno de los casos más emblemáticos fue el del productor agropecuario Franklin Brito, quien encarnó la vertiente más drástica de este patrón. Este académico, biólogo y profesor, que invirtió su vida en las 290 hectáreas del Fundo Iguaraya de su propiedad en el estado Bolívar, vio cómo el nuevo Instituto Nacional de Tierras (INTI) solapó linderos y entregó "cartas agrarias" a terceros sobre sus predios legítimos. 

Todo esto ocurrió al amparo de la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario aprobada bajo una Ley Habilitante apenas dos años después de la llegada de Chávez al poder. Aunque se dictó mediante el Decreto Ley N.º 1.546 y fue publicada en la Gaceta Oficial N.º 37.323 el 13 de noviembre de 2001, su entrada en vigor el 10 de diciembre de ese mismo año marcó el inicio de la política de despojo ejecutada por el régimen chavista que hoy aún gobierna.

Al igual que Baldor, Brito no solo enfrentó un conflicto administrativo contra el Estado, sino el arrollamiento de un aparato gubernamental que desreconoció la propiedad privada y la seguridad jurídica, la concatenación entre ambos episodios revela la mecánica de los regímenes totalitarios. Mientras a Baldor le confiscaron el colegio y lo empujaron al desierto del exilio, Brito optó por resistir en el terreno físico y moral. 

Su reclamo escaló desde la automutilación simbólica hasta una serie de desgarradoras huelgas de hambre. La respuesta del Estado venezolano que aún sigue en el poder fue la réplica exacta de los métodos de control cubanos, la psiquiatrización del disidente, el encierro forzado en el Hospital Militar de Caracas y la incomunicación. 

Cuando Franklin Brito falleció en agosto de 2010, reducido a 35 kilos tras una inquebrantable huelga de hambre por sus tierras, selló un paralelismo histórico con Aurelio Baldor, el humilde profesor que murió en el exilio sin ver las regalías del mayor bestseller pedagógico en la historia hispanoamericana. Más allá de los cuarenta años que separan a La Habana de 1959 de la Caracas posterior a 1999, la lógica revolucionaria operó con la misma frialdad, el despojo del individuo como doctrina de Estado. 

Si el destino de Baldor ilustra la confiscación sistemática del talento que enseñó a pensar a América Latina, el martirio de Brito revela la frontera más oscura de ese atropello, donde la vida misma se entrega en defensa de la justicia. En esta trágica ecuación, dos hombres y dos épocas distintas demuestran que cuando el poder lo expropia todo, la libertad humana se extingue por completo.