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Por Alberto Jiménez Ure

Revolución, de hermoso y seductor vocablo a palabreja por Alberto Jiménez Ure



Revolución, de hermoso y seductor vocablo a palabreja por Alberto Jiménez Ure

Durante las insólitas secuelas del Siglo de las Luces, el guillotinado Pierre Victurnien Vergniaud predijo que la Revolución Francesa -como Saturno- devoraría a sus propios hijos y acertó (1792) Poco tiempo después (1794, año III del nuevo calendario que los regía) Robespierre, Sanint-Just y Couthon, junto con 98 adherentes, fueron decapitados.

En postmodernidad los revolucionarios hispanoamericanos son presuntos y espurios, nunca fueron, en realidad, individuos preclaros ni bienintencionados pero sí vándalos con poder y mal habidas fortunas mutuamente devorándose tras aliarse con el imperio al cual neurasténicos combatían. Hoy, mientras prosiguen hostiles frente a quienes protestan contra la iniquidad, todos miran lo descaradamente insaciables que son aun cuando ya consagrados nuevorricos y dolarfagos (01) de impoluto.

Reaccionan idénticos a pendencieros de comarca cuando se les critica o impele conductas delictivas, aun cuando es notoria la paternidad que el vulgo les atribuye sobre el saqueo de riquezas nacionales y la devastación ética e infraestructural. Son, con o sin antifaces, enemigos de la humanidad. Habilidosos para instaurar estados fallidos y venenosos a los cuales urge desplazar con ingenio, sin violencia. Ha sido extremadamente ardua la tarea impostergable de consumar el propósito de liberarnos de tantas escorias.

Los girondinos, curso de la Revolución Francesa, fueron moderados y contrarios al Gran Terror mediante la guillotina que los necrófilos y radicales jacobinos promovían. Genocidas que fueron ajusticiados virtud a la pena capital que acabaría con sus vidas el día de termidor o decapitación, tras cuyo suceso se deploró institucionalmente el uso de una de las más espectaculares ejecuciones públicas (02).

Concedo entender y hasta promover una verdadera revolución cuando, sin artificios o circunloquios, nos enseñe ser mujeres y hombres bienaventurados, modestos, fraternos, solidarios, respetuosos de los derechos fundamentales e inalienables de cada individuo. Me he declarado contrarrevolucionario frente a quienes han torcido un concepto sencillo para transformarlo en represión, hostigamiento, censura, bloqueo de medios de comunicación, torturas síquicas y corporales, apropiación indebida, aprovechamiento del erario público para fundar partidos políticos, encarcelamientos de librepensadores, hacedores de literaturas y artes o contestatarios purísimos.

La revolución que anhelo no es treta en un juego practicado por sujetos macabros y malvivientes sino estrategia de cohabitación pacífica entre seres humanos. No tiene parentesco con ninguna religión, no puja por deificar el pugilato que pretende dominar o fomentar exterminios. Es cambio, cierto, prorrumpimos a favor de dignas condiciones de existencia. El humanista no legitima abusos ni enriquecimientos ilícitos, la praxis del prevaricato ni aprueba juicios distorsionados por alimañas.

He forzosamente sobrevivido como funámbulo, caminaré sobre una cuerda floja hasta el final de mis días. He conocido toda clase de palurdos y timadores, reclutadores de humildes personas y confiscadores del libre albedrío de intelectuales no sumisos. He tenido que resistir amenazas subliminales de hombres económica y socialmente poderosos, pero también agradezco reconocimientos de portentosos ciudadanos cuya integridad moral nunca podría ser mancillada. Me han innumerables veces amenazado de muerte sin ser un púgil de cuadrilátero. No tengo bienes de fortuna (ni quiero ser pudiente) y resido en un suburbio de la ciudad mítica de Venezuela. Soy un funcionario jubilado de la Oficina de Prensa de la Universidad de Los Andes, departamento administrativo del cual fui uno de los fundadores.

A quienes se auto invisten o califican revolucionarios sugiero, por enésima vez, contrición, apartarse del país en los momentos aciagos que experimentamos. Por causa de los tozudos, todavía lucen oscuras las tentativas de transición política hacia la democracia. No se irán pobres, háganlo, váyanse para que, con sus dimisiones, les den oportunidades a generaciones de relevo para idear fórmulas de cohabitación pacífica e impulsar la prosperidad de todos los ciudadanos. La emancipación no debe ser obstruida virtud a sus inauditas ambiciones de poder perpetuo.

 

albertjure2009@gmail.com