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Por Juan José Cañas

Juego de Azar por Juan José Cañas



Juego de Azar por Juan José Cañas


@juanjosecanaszambrano

​Existe un velo de misterio y seducción cuando escuchamos la frase «juego de azar». Por lo general, nuestra mente viaja de inmediato a los tapetes verdes de un casino, al sonido metálico de las tragamonedas o al brillo efímero de un billete de Lotería.

Asociamos la expresión al riesgo calculado y a la ilusión de cambiar la vida en cuestión de segundos por obra de una suerte caprichosa.

​Sin embargo, el problema no está en las fichas que se apuestan sobre una mesa, sino en cómo hemos transformado nuestra vida cotidiana en un casino permanente.

​Si observamos con atención el pulso de la sociedad actual, descubriremos que el verdadero juego de azar no se juega en las salas de apuestas, sino en las decisiones fundamentales que como comunidad hemos dejado en manos de la suerte.

Vivimos en una época donde el acceso a un empleo digno, la estabilidad económica de los jóvenes o la posibilidad de obtener una vivienda parecen depender más de una combinación fortuita de factores que de la cultura del esfuerzo y el mérito.

​Educamos a las nuevas generaciones bajo la premisa de que la constancia construye futuro, pero el contexto global muchas veces les demuestra lo contrario: que el éxito es una ruleta donde pocos ganan y la mayoría solo aporta la ficha de entrada.

Cuando las garantías sociales se debilitan, el destino deja de ser una construcción personal y pasa a ser, de nuevo, un simple lanzamiento de dados.

​Hasta en nuestras interacciones humanas más íntimas nos hemos acostumbrado a la lógica del azar.

Deslizamos pantallas en aplicaciones de citas esperando que un algoritmo caprichoso determine a quién conoceremos, tratando los afectos y las relaciones como si fueran boletos rasca y gana: si no hay premio inmediato, se desecha y se prueba con el siguiente.

​Aceptar que la vida tiene un componente incontrolable de suerte es un acto de humildad necesario. Pero convertir la existencia moderna en un constante juego de azar donde la incertidumbre lo gobierna todo y la planificación parece un chiste es renunciar a nuestro propio control.