Mérida, Noviembre Lunes 02, 2026, 05:55 am
El Olimpo descorrió sus viejos goznes y la portilla magna separó sus hojas ante la entrada del poeta nacido en Táriba, La Perla del Torbes, el rojizo y soberbio caudal que baña la capital tachirense, tórrida tierra de sus añoranzas y afanes. En esta egregia ciudad de Mérida, tan altiva como su espíritu andariego y fecundo, a la que entregó su vibrante alma soñadora, espíritu creador y colosal aura de diario trabajo; rindió su vital jornada el lírico virtuoso Eleazar Ontiveros Paolini.
Se marcha para permanecer entre nosotros porque un jirón suyo queda en cada uno desde la multiplicidad de sus facetas terrenales; en la profesión universitaria que coronó con éxito, en el desempeño deportivo con lauros nacionales, en el afán gremialista de fogosidad declarada, en su expresión crítica por el arte universal, en la tenaz vocación de hacer con novedosas ideas que jamás cerraron la vena creativa y en la anchura de bondad para los amigos que fueron legión en su corazón.
Tuvimos la honra de conocerlo y disfrutar en buena hora las mieles de su inagotable erudición. Atesoramos en legado una lección de vida y como la nuestra está a buen recaudo realzo la que lo calca en su cautela. Situarse delante de alguien, decía, a quien se pudiera considerar de inferior condición pero que por ser humano tiene fortalezas diferentes a las nuestras es entender la propia falibilidad y reconocer su primacía de salud, edad o resiliencia es descubrirnos iguales ante la humanidad.
Su partida achica la presencia activa de hombres de su fuste; hechos para la construcción positiva de la sociedad, con criterio de servir a los demás sin solapadas intenciones. Una serena sencillez fue el sello proverbial que escoltó todos los actos de su vida en la impronta de hacer las cosas con sentido de grandeza. Se marcha un intelectual hecho ciudadano merideño, sin tacha ni sombra, porque su obra material y espiritual lo duplica a plenitud, pero en esencia se marcha un amigo de todos.
Afecto en lealtad, respeto franco y reconocimiento generoso signaron la amistad incondicional que en unos 30 años recibí del Dr. Eleazar Ontiveros. Cuando leí su poesía nativista mientras viajábamos a Táchira y Apure en el homenaje que propuso desde la Universidad a la figura legendaria del Indio Figueredo, calibraba la pasión que ponía en cada propósito. Si alguien dudaba de su juicio, oía la contraparte con la paciencia de Job y en nueva arremetida convencía con sólido argumento.
Fui por causalidad editor de su novela Muriendo desde la Z y me pidió unas palabras para presentarla. Acepté gustoso porque hay honores que no se rechazan y éste era uno de ellos, como abrevio: “sin ser academicista, la obra seduce en su contexto de proveer de elementos que le den valoración al goce estético de la lengua (..) en la novela de Ontiveros hay argumentos que facilitan los senderos del conocimiento a través de la palabra espontánea pero no ayuna de nobles intenciones".
Dos años más tarde, en 2023, para su poemario Eco de los Murmullos Interiores, impreso en Bogotá, me solicitó el proemio que titulé Ante el Breviario Lírico del Bardo Iluminado: “hay sí una advertencia prístina en la integralidad de la obra poética de Eleazar Ontiveros que, en sentido literal es socorrerle un sentido de trascendencia como creador inminente que es además, poesía vivencial en extensión de su propio periplo vital. Nada le es ajeno y por tanto, la vive intensamente, sin disgregación".
Hablábamos de lírica y le atendía boquiabierto -literal- sus hondas reflexiones sobre la poética alemana, china o norteamericana pues las había leído en sus etapas boyantes con claridad meridiana. Su incorporación a la Academia de Mérida fue un tratado universal de poesía, al que sumó la selección rigurosa de casi 500 de hechura propia. Más temprano que tarde un crítico hablará del antes y después de la poesía de Eleazar Ontiveros Paolini en Venezuela. Plauditis Civis.