Manuel Vilas y su orgía literaria por Ricardo Gil Otaiza
Sigo a Manuel Vilas (Barbastro, 1962) desde su celebrado libro Ordesa (2018), que pude leer en Venezuela gracias a la generosidad de una prima hermana de mi esposa, que me lo envió desde La Coruña (junto a otras obras de otros autores) en el 2019, y a partir de entonces estoy pendiente de su profusa actividad editorial, y veo una línea ascendente en su impronta literaria (aunque con uno que otro tropiezo, y lo digo por su Islandia, de 2026, que es, a qué dudarlo, un punto de inflexión en su obra y de eso hablo en otra reseña crítica ya escrita y que deberá salir muy pronto).
Estas líneas quiero dedicarlas a la nueva obra de Vilas titulada Zeta (en magnífica edición de Páginas de Espuma, 2026), que está en las librerías desde hace pocos días y que he leído de un tirón. De entrada, debo decir que se trata de una obra escrita entre 1999 y el 2000, y cuya primera parte se publicó en el 2002 y la segunda en el 2004 (bajo el título de Magia), y en esta nueva oportunidad se conjuntan ambas (aunque la segunda con el título de Gentes de Zeta) en una suerte de libro revulsivo, escatológico, con un lenguaje mordaz, rompedor y original, que nos mueve a reflexionar inmediatamente en torno del llamado canon literario.
Y hablo de reflexión, porque aquí Vilas va con todo: desbocado, fuera de sí y de sus cabales, libre de ataduras, y el resultado es un libro por demás fascinante, pero inclasificable (cuentos, crónicas, mentideros, ficción, auto ficción, novela fraccionada al mejor estilo gótico o surrealista, delirios esquizofrénicos, alucinaciones desternillantes, realismo sucio, realismo mágico, y a veces se erige en distopía), que no explica del todo su posterior obra, transijo, pero que debería enorgullecerlo (de hecho, lo dice en Unas notas para Zeta, pero con otras palabras), de allí que su editor, Juan Casamayor, no dudara en sacarlo y yo lo aplaudo por su visión literaria más allá de los clichés y de las exigencias de un mercado, que apunta hacia lo fácil y lo simplón.
Si de obras se trata, yo digo acá que este es el libro más literario del autor, y cuando digo “literario” quiero expresar, que es el que más se acerca a su espíritu rompedor y contestatario, el que cuenta desde la ambigüedad y la sinrazón, el que echa mano de todo lo posible e imposible y construye un artefacto delicioso, y muy subjetivo. Es un libro en el que el lenguaje es el gran protagonista y en el que las metáforas y muchas otras figuras retóricas se entrecruzan y nos llevan por inhóspitos pasajes, por territorios desconocidos e inexplorados, en los que los muertos hablan y dialogan con los vivos, en los que los animales se humanizan, pero también las plantas, las paredes, los objetos (las neveras, sobre todo; tiene obsesión por ellas).
En estas páginas nada falta y nada sobra, pero el lector desprevenido sufre un auténtico shock ante la desfachatez de un autor talentoso e imaginativo, al que nada le importan las convenciones sociales (que rompe a cada instante sin pudor y de manera deliberada y premeditada, o como le salga de los cojones, diría en un arranque de impostada sinceridad), al que no le cuesta llamar por su nombre aquello que “las buenas costumbres” aconseja matizar para no ofender ni mancillar, al que le importa un rábano describir con detalles lo obsceno y escatológico, si con ello responde a sus ímpetus narrativos fuera de todo cauce y control, al que cuenta con desparpajo su realidad (de Zaragoza para entonces, de allí la enunciada Zeta), que recorre en sus páginas y narra en primera persona (aunque con narradores interpuestos, que pueden ser mujeres u hombres, pero también animales y objetos), al que exprime la lengua hasta sus últimas consecuencias (aunque tengan que venir luego los editores para hacer sesudas correcciones de estilo, como les corresponde, es su oficio).
Es Zeta una auténtica orgía literaria, un festín de palabras, recursos, imágenes, sonidos, sensaciones, sentimientos, anhelos, sueños y demás, al que invita a sus lectores y nosotros cedemos gustosos ante una propuesta realmente innovadora, envolvente y seductora, en la que su tiempo histórico y su realidad son escenarios en los cuales discurre desde la ficción: patea latas de cerveza y basura en cualquier ciudad del mundo, habla con seres de aquí o de otras dimensiones (se codea de tú a tú con vampiros, fantasmas, así como con entes irreales y fantásticos), pero que es tan real y certero como cuando bebe una cocacola o una botella de agua mineral, o come pan Bimbo, o se mete un Valium Ocho Millones, o detalla y otea chicas a las que desea y posee (a lo mejor solo en su imaginación), o ve series de televisión, o va al McDonald´s o al Carrefour, o escucha música en cedés, o comenta de las protestas de los familiares de la tripulación siniestrada del submarino Kursk en la Rusia de Putin, o habla con ironía de la vida de escasez de todo asalariado. En fin… Vilas es un caso.
Hallo en Zeta a un enorme escritor, y aunque se empeñe en decir que él no es el autor de ayer, que aquél murió y se siente otro, considero que en estas páginas sí hay el sustrato del Vilas que leí en Ordesa (y que me fascinó), y que luego me decepcionó en Islandia y, que hoy, con su viejo libro reeditado por Páginas de Espuma, levanta vuelo ante mis ojos y lo posiciona como a un narrador nato, esencial, profundamente consustanciado con la literatura.
Este libro es un enorme acierto editorial, tenía que ser reeditado, ya que nos estábamos perdiendo de una obra relevante, pura, sin las ansias de querer gustar y de atrapar lectores, de allí su encanto y su aporte a las letras españolas (que transitan, debo decirlo, no sin preocupación, por oscuros y a veces ominosos territorios).
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