Mérida, Julio Sábado 25, 2026, 01:50 am
Han pasado exactamente 30 días desde aquella tarde del 24 de junio en que la tierra se sacudió con furia en Venezuela. Dos terremotos consecutivos, de magnitudes 7.2 y 7.5, separados apenas por 39 segundos, convirtieron edificaciones enteras en montañas de concreto y acero retorcido. Hoy, la herida no solo permanece abierta: parece que nadie ha decidido cómo empezar a cerrarla.
A un mes de la tragedia, el gobierno no ha entregado aún cifras oficiales actualizadas y confiables sobre el número de desaparecidos. Familias enteras siguen pegando fotos en paredes agrietadas, publicando en redes o recorriendo morgues improvisadas con la esperanza de encontrar a sus seres queridos.
Organizaciones independientes y sitios ciudadanos hablan de miles de desaparecidos —algunos reportes extraoficiales superan las 40.000 personas no localizadas en los primeros días—, pero la opacidad oficial alimenta la incertidumbre y la rabia.
Organizaciones independientes y sitios ciudadanos hablan de miles de desaparecidos —algunos reportes extraoficiales superan las 40.000 personas no localizadas en los primeros días—, pero la opacidad oficial alimenta la incertidumbre y la rabia.
El balance de víctimas mortales confirmadas supera las 5.398 personas, según datos del gobierno interino al 22 de julio (el jueves 23 de julio no fue publicado el balance), con más de 16.740 heridos.
Cientos de estructuras colapsaron, especialmente en La Guaira, Carabobo, Aragua y sectores de Caracas. Edificios de viviendas, casas y locales comerciales quedaron hechos escombros. El daño económico directo se estima en más de 20.000 millones de dólares, y la reconstrucción completa podría superar los 65.000 millones, según proyecciones de organismos como la ONU.
A diferencia de otros desastres en la región, en Venezuela la fase de reconstrucción se percibe lejana. Aún no hay un plan nacional visible de remoción masiva de escombros, ni un cronograma para la reparación de infraestructura crítica.
Muchas de las máquinas pesadas necesarias siguen sin aparecer, y la escasez crónica de combustible y materiales complica cualquier esfuerzo local.
Expertos señalan que la mala calidad de construcción en los últimos años —sumada a la falta de mantenimiento— multiplicó la tragedia. Edificios relativamente nuevos se derrumbaron como si fueran de cartón.
Mientras tanto, la gente hace lo que puede: vecinos organizados remueven escombros con palas y tobos, iglesias reparten comida y jóvenes voluntarios atienden a los heridos en clínicas improvisadas. La solidaridad venezolana, una vez más, es lo único que funciona cuando las instituciones fallan.
Un mes después, Venezuela no solo enfrenta escombros físicos. Enfrenta el dolor de no saber, la frustración de la lentitud y el miedo de que esta tragedia se sume a la larga lista de crisis que han marcado al país en las últimas décadas.
Los sobrevivientes no piden milagros. Piden cifras claras, maquinaria para remover los restos, un techo seguro y, sobre todo, que no se les olvide. Porque bajo esos montones de concreto no solo hay cuerpos: hay vidas, historias y el derecho a cerrar el duelo. /EC