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Por Juan José Cañas

EMAÚS: El Mercader de la iglesia por Juan José Cañas



EMAÚS: El Mercader de la iglesia por Juan José Cañas

Periodista CNP 19.030
@juanjosecanaszambrano

​En el panorama pastoral de la Iglesia católica contemporánea, pocos fenómenos han tenido un impacto tan masivo y revitalizador como los retiros de Emaús. Surgidos a finales del siglo XX, estos encuentros han logrado lo que muchas parroquias intentaron sin éxito durante décadas: llenar bancos vacíos, reinsertar a hombres y mujeres alejados de la fe y generar vivencias de conversión profunda que transforman vidas y familias.

Negar la huella positiva de Emaús en miles de personas sería ciego e injusto. Sin embargo, precisando la máxima evangélica, la fe también exige discernimiento, y es justamente en el apogeo de su éxito donde el movimiento enfrenta su mayor tentación: la mercantilización del espíritu.

​Esta reflexión no busca calumniar, sino encender un faro de alerta. Cuando hablamos del "mercader en la iglesia", la memoria nos remite inmediatamente a la escena evangélica del Templo. Jesús no expulsó a los vendedores por ofrecer un servicio necesario para los sacrificios, sino porque la logística, el costo y el espectáculo terminaron desplazando el verdadero sentido del encuentro con Dios.

Emaús, de manera sutil, corre el riesgo de caer en una dinámica similar si no revisa con humildad sus prácticas actuales.
​En primer lugar, salta a la vista la barrera de entrada económica. Los costos de los retiros, justificables en parte por hospedajes y logística, han ido en aumento progresivo en muchas diócesis, convirtiendo la experiencia en un privilegio accesible solo para ciertos sectores socioeconómicos.

Cuando el costo de una vivencia espiritual equivale a una fracción significativa del salario de un trabajador medio, la gracia deja de percibirse como gratuita e inmerecida y empieza a operar bajo las reglas del mercado: se paga por una experiencia premium.

​En segundo lugar, existe un celo excesivo a veces rozando el secretismo comercial en torno al método. El hermetismo que rodea las actividades del retiro, aunque concebido originalmente para preservar la sorpresa y el impacto emocional del participante, ha generado en algunos espacios un sentimiento de exclusividad.

Se escucha con frecuencia la frase "tienes que vivirlo para entenderlo", una consigna que, si bien es cierta en el plano del sentimiento, corre el peligro de crear una estructura de "iniciados" frente a una feligresía "no iniciada". La fe cristiana es un misterio para contemplar, no un secreto de marca registrada.

​A esto se suma el riesgo del consumo emocional. Emaús ofrece una vivencia intensiva, un choque emocional de alta intensidad donde se sanan heridas y se experimenta la fraternidad. No obstante, si esa efervescencia no se canaliza hacia la formación doctrinal sólida, la oración cotidiana y el compromiso social constante, el retiro corre el riesgo de convertirse en un "producto de consumo espiritual". La persona vuelve a la rutina, el "subidón" emocional disminuye con las semanas y surge la necesidad de buscar el siguiente evento o de volcarse compulsivamente a la logística del movimiento para replicar la emoción, descuidando a menudo la propia parroquia local o el servicio a los más necesitados.

​Por último, la relación entre la hermandad y la jerarquía eclesial requiere vigilancia. Un movimiento que funciona con tanta autonomía y con una identidad tan marcada puede caer fácilmente en el aislamiento pastoral, creando "parroquias paralelas" donde solo se comparte entre hermanos de Emaús, debilitando el tejido comunitario amplio de la Iglesia.

​La crítica constructiva no busca destruir el puente, sino reforzar sus columnas. Emaús es un instrumento valioso y una bendición para la Iglesia actual, pero sus líderes y servidores deben recordar que el evangelizador es un testigo, no un comerciante; un facilitador, no un propietario de la gracia.

​Para conservar su frescura original y no convertirse en un mercader más de la industria del bienestar emocional, Emaús debe apostar por la austeridad en sus costos, la apertura e integración parroquial, la formación continua de sus miembros y una profunda humildad pastoral.

El camino a Emaús no era una ruta de peaje; era una caminata gratuita donde dos discípulos desanimados reconocieron al Maestro en el pan compartido. Volver a esa sencillez es el único camino para que el fuego del corazón no se apague.