Mérida, Julio Domingo 26, 2026, 02:09 pm
Queridos hermanos jesuitas de la Provincia de Venezuela, apreciados compañeros de camino de José Manuel junto a su querida familia Gómez González, apreciada comunidad de esta insigne Universidad Católica Andrés Bello que hoy nos acoge, hermanas y hermanos todos:
La Iglesia que peregrina en Venezuela se congrega esta mañana alrededor
de un altar donde un hijo de la Compañía de Jesús recibirá la imposición de las
manos y la unción con el crisma sagrado para convertirse, por pura gracia y no
por mérito propio, en sacerdote de Jesucristo para siempre. No es un
acontecimiento privado entre José Manuel y la Compañía de Jesús: es una fiesta
de toda la Iglesia venezolana, que en medio de tantas heridas, -las que nos ha
dejado el doble terremoto de La Guaira y Caracas, las que arrastramos desde
hace años en nuestra convivencia como país, las heridas del que se fue y del
que se quedó-, necesita hoy más que nunca, signos vivos de que Dios sigue
llamando, sigue perdonando y sigue enviando obreros a su mies.
Tiene lugar esta celebración en un marco multicolor con aristas que
sobresalen en un poliedro en el que hay discernir el centro: ayer, fiesta
nacional que pregona soberanía por su gran caudillo, la batalla naval del Lago
de Maracaibo y día de la Armada, que se desdibuja en el tutelaje; coincide,
además, con el primer mes de los terremotos que han puesto al descubierto el
deslave telúrico, político y ético. Hoy, además, es la fiesta solemne de
Santiago Apóstol patrono de esta ciudad capital, uno de los hijos del Zebedeo,
cuya madre le pidió a Jesús, nada más y nada menos que sus hijos se sentaran a
su lado en su reino. La respuesta del Señor dirigida a los hijos y no a la
mamá, fue: no saben lo que están pidiendo porque hay que ser capaces de beber
el cáliz que Él ha de beber. El que quiera ser grande al estilo de Jesús no lo
será por la ambición de poder ni por el dominio de los demás sino por el
servicio desinteresado a los otros que remite a la auctoritas de la Charitas. Benedicto XVI denunció la ambición
de poder en la misma Iglesia y se preguntaba: “¿no es una tentación el afán de
hacer carrera o la tentación de poder? No busquemos el poder, el prestigio o la
estima para nosotros mismos; la Iglesia sufre por el hecho de que cuando a una
persona se le ha conferido una responsabilidad trabaje para sí y no para la
comunidad”. Buena lección este día no solo para el ordenando sino para todos
nosotros.
Mañana 26, fiesta de San joquín y Santa Ana se celebra el día de los
abuelos. Su papel es en estos momentos de mayor trascendencia por la velocidad
de la vida cotidiana y por la suplencia ante la ausencia física de los
progenitores. Dentro de cuatro días conmemoraremos también el aniversario 59
del terremoto de 1967, invitación permanente a preguntarnos sobre nuestra
relación con la casa común y sus exigencias prácticas y éticas. Y al fin de
este mes, haremos memoria de la fiesta de San Ignacio que en los Ejercicios
Espirituales nos llama a conocer el rostro misericordioso de Dios, que
desemboca en consolación espiritual y en la certeza gozosa de haber sido
reconciliado. José Manuel, por su parte, ha querido asumir en las lecturas de
esta celebración, tanto el mensaje del Apóstol como el tema ignaciano del
perdón que evidencia que la gracia no elimina el conflicto con un gesto mágico,
sino que genera una resistencia activa al mal y una creatividad sorprendente en
el bien. Como cristianos, vemos las tinieblas y las llamamos por su nombre pero
no nos quedamos paralizados contemplándolas; sirven al bien incluso donde el
dolor parece tener la última palabra, en palabras de León XIV (cfr. MH 211).
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Las tres lecturas que hemos escuchado tienen un mismo centro: el perdón
de Dios no se gana, se recibe. Es un don, un regalo no una paga por servicios
prestados. El siervo doliente de Isaías carga sobre sí el pecado de todos sin
abrir la boca; el salmista confiesa la dicha inmensa de quien ha sido absuelto;
Pablo enseña a los romanos que a Abrahán se le contó como justicia su fe, no
sus obras. En el centro de esta liturgia, José Manuel, que ha recorrido durante
años el mismo itinerario que transitó hace casi cinco siglos un soldado herido
en Pamplona: el itinerario de descubrirse pecador amado y perdonado, para poder
convertirse él mismo en instrumento de esa misma misericordia.
El cuarto canto del Siervo que hemos proclamado nos describe a alguien
maltratado, sin proceso ni defensa, que "como cordero llevado al
matadero... no abría la boca". Es la imagen más honda del amor que se
entrega sin condiciones ni reclamos, que carga con lo que no le pertenece,
-"por los pecados de mi pueblo lo hirieron"-, para que otros puedan
vivir. La Iglesia ha reconocido siempre en este siervo el rostro anticipado de
Jesucristo crucificado, y por eso San Ignacio de Loyola coloca precisamente
ante el Cristo puesto en cruz el coloquio central de la Primera Semana de sus
Ejercicios: "mirando a mí mismo lo que he hecho por Cristo, lo que hago
por Cristo, lo que debo hacer por Cristo" [EE 53]. No hay teología del
perdón en Ignacio que no pase por esta contemplación: alguien inocente que
muere por mis culpas, y ante quien la única respuesta razonable no es el
terror, sino la gratitud que se convierte en entrega.
El salmo responsorial añade la otra cara de la misma moneda: "Feliz
el que está absuelto de su culpa, a quien le han enterrado su pecado". El
salmista había experimentado, antes de confesar, el peso insoportable del
silencio: "se consumían mis huesos cuando callaba... tu mano pesaba sobre
mí". Y solo cuando se atreve a decir la verdad de su vida,"te declaré
mi pecado, no te encubrí mi delito"-, recibe la paz.
Quienes conocen de cerca la vida de Ignacio de Loyola reconocerán aquí,
casi palabra por palabra, la experiencia de Manresa: aquel Ignacio que, después
de una confesión general hecha con toda diligencia en Montserrat, seguía
atormentado por escrúpulos que no le dejaban descansar, hasta que aprendió, -no
sin lucha, no sin la tentación de quitarse la vida-, a distinguir entre la
culpa que purifica y la angustia que encadena. José Manuel ha estudiado, rezado
e interiorizado este itinerario. Hoy la Iglesia le pide que lo encarne como
pastor: que sea, para quienes se acerquen a él cargando su propio peso de
silencio, alguien que ayude a decir la verdad sin miedo, porque sabe, en carne
propia, que del otro lado de esa verdad no le espera la condena, sino el abrazo.
San Pablo, en la segunda lectura, desmonta cualquier ilusión de que el
perdón se pueda ganar por obras: "al que no hace nada, sino que se fía en
el que hace justo al malvado, se le tiene en cuenta la fe para su
justificación". Es una frase incómoda, casi escandalosa, y sin embargo es
el corazón mismo del Evangelio: Dios no perdona a quien ya ha saldado su deuda,
sino precisamente a quien no puede pagarla. Ignacio de Loyola vivió esta lógica
en su propio cuerpo antes de escribirla en los Ejercicios. En el Primer
Ejercicio de la Primera Semana no invita al ejercitante a calcular méritos ni a
equilibrar la balanza de sus pecados con sus buenas obras, sino a un asombro
muy concreto: si tantos han sido castigados por una sola falta, y yo he
cometido tantas y sigo con vida, la única explicación posible es la pura
misericordia inmerecida de Dios. El coloquio que cierra ese ejercicio [EE 61]
no es un balance contable, es una acción de gracias: "dando gracias a Dios
nuestro Señor porque me ha dado vida hasta ahora, proponiendo enmienda con su
gracia para adelante".
Este es, queridos hermanos, el sacramento del orden al que José Manuel es
llamado hoy: no el de un administrador de méritos, sino el de un testigo de la
gratuidad. Un sacerdote ignaciano no sube al altar ni se sienta en el
confesonario para verificar si el penitente ha cumplido ya su cuota de
sufrimiento o de reparación; sube y se sienta para hacer presente, con su
propia vida perdonada, la misma mirada que Jesús puso sobre Mateo el publicano,
-"miserando atque eligendo", lo miró con misericordia y lo eligió-,
la mirada que un papa jesuita, sucesor de Pedro, quiso llevar como lema toda su
vida. Que esa mirada sea también la tuya, José Manuel, cada vez que alguien se
acerque a ti sintiéndote, como Mateo, indigno de ser llamado o como Santiago,
bebiendo el cáliz de su entrega total.
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No podemos celebrar esta ordenación como si viviéramos en otro país o en
otro tiempo. Porque hay razones para seguir esperando. Llevamos arrastrando
desde hace tiempo una serie de carencias: familias separadas por la migración,
heridas de la convivencia política que no terminan de cicatrizar, el cansancio
de tantos años de incertidumbre. En un contexto así, la pregunta no es teórica:
¿qué clase de sacerdote necesita hoy Venezuela?
La tradición jesuitica tiene una respuesta que no inventamos ahora, sino
que es parte de la misión de la Compañía de Jesús; misión de reconciliación,
que ayuda a las personas a reconciliarse con Dios, consigo mismas, con los
demás y con la creación entera. San Ignacio no llegó a esta convicción por
especulación, sino por experiencia: el mismo peregrino que en Montserrat dejó
su espada de caballero a los pies de la Virgen, y que en Manresa aprendió a
discernir entre la culpa acusadora y la libertad apostólica, terminó fundando
una orden religiosa cuya razón de ser era extender a otros esa misma
reconciliación que él había recibido inmerecidamente.
José Manuel: en nombre de esta Iglesia herida y esperanzada, te toca ser
un presbítero y misionero reconciliador, allí donde el Espíritu te envíe a
través de tus superiores. Es un aprendizaje permanente que surge de la vida, no
de un concepto o doctrina: acompañar a quien llora a un desaparecido bajo los
escombros de La Guaira; tender puentes donde otros solo ven trincheras;
perdonar setenta veces siete, como pide el Evangelio, sin cansarte ni
endurecerte; y que jamás olvides que tú mismo eres, antes que nada, un pecador
perdonado enviado a anunciar el perdón, no un juez que dicta sentencias.
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Querido José Manuel: en la andadura de la Compañía tienes muchos
testimonios valiosos. Los conoces mejor que yo. Me atrevo a sugerirte que mires
también a los hijos de Ignacio que en esta tierra de gracia sembraron
evangelio, cultura y servicio a los más necesitados; desde los intrépidos
misioneros en el Amazonas como José Gumilla reflejado en su libro el Orinoco
Ilustrado; como los centenares que pasaron por el famoso colegio San Francisco
Javier de Mérida, procedentes de más de veinte nacionalidades distintas. Como
los expulsados de la casa de Maracaibo que sobresalieron en diversas cátedras
en Italia.
En el siglo XIX, el jesuita José Manuel Jáuregui, nacido en la naciente
Venezuela, huérfano desde muy niño por razones de la guerra, rescatado por un
tío paterno y llevado a la Península, profesó en la Compañía, conservó el
gentilicio patrio y llegó a ser maestro de novicios y provincial de España en
los tiempos de la Reina Isabel II.
Y a comienzos del siglo XX, Tomás Morales Pérez, hijo de padres canarios,
nacido en Macuto, bautizado y confirmado en 1909 en la parroquia caraqueña de
San Pablo donde se veneraba la imagen del Nazareno, emigró junto con sus padres
por los avatares políticos de la época. Estudió en el colegio de los jesuitas
de Madrid en Chamartín. En 1932 obtuvo la beca para continuar estudios en el
Colegio San Clemente de los Españoles en Bolonia donde obtuvo el título de
doctor en derecho en el Alma Mater de dicha ciudad italiana. Decidió no volver
a España e inició su noviciado en la Compañía de Jesús en Chevetogne, Bélgica.
Finalizada la guerra civil española comenzó los estudios de Teología en el
Collegium Maximum de la Compañía de Jesús en Granada donde recibió la ordenación
sacerdotal en 1942. A su vocación religiosa unió una especial sensibilidad por
el trabajo social con los jóvenes y los desplazados. Su legado principal: la
creación del Instituto Secular Cruzados de Santa María, el Instituto Secular de
Cruzadas de Santa María, el Movimiento Apostólico de jóvenes milicia de Santa
María y la Asociación pública de fieles Hogares de Santa María. Falleció el 1
de octubre de 1994 en Alcalá de Henares. Su causa de beatificación está en
curso y han sido aprobadas sus virtudes heroicas recientemente. No renunció a
su origen, añoró Macuto al que no volvió y es hoy intercesor por el sufrido
pueblo del litoral guaireño y de toda Venezuela.
Y no son menos los hijos de Ignacio que llegaron a Venezuela en el siglo
XX en plena dictadura gomecista, con la reciedumbre de ser originarios de la
Vascongadas. Los de la primera hora como los de la segunda oleada misionera de
los años 30 son un faro de luz en la historia más cercana en el tiempo. Los
hermanos Aguirre Elorriaga, los hermanos Vélaz con el soñador e intrépido José
María, el P. Iriarte y tantos otros. Los primeros frutos en hijos de la tierra
con Pedro Pablo Barnola en la primera hora, Carlos Guillermo Plaza y ayer no
más, Joseíto Virtuoso para no recordar a tantos otros. Las obras allí están en
el campo educacional, en la investigación en múltiples campos, en la formación
de generaciones de hombres y mujeres con conciencia social y entrega generosa.
Los recordamos no para admirarlos sino para seguir sus huellas. No hay dualismo
alguno entre la historia de la salvación y la historia humana. La tarea es
discernir la vivencia de la vida espiritual y el espíritu de Dios presente en
ella.
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Dentro de unos minutos extenderemos las manos obispo y presbiteros sobre
tu cabeza, José Manuel, en el mismo gesto silencioso con que la Iglesia ha
transmitido el sacerdocio de Cristo durante veinte siglos. En ese silencio
están presentes tus padres y tu familia tachirense , que te han acompañado
desde que naciste hasta hoy; están tus hermanos jesuitas de esta Provincia, que
compartieron contigo los años del noviciado, del magisterio y del estudio; está
la universidad, la Católica del Táchira y la Andrés Bello, que ha visto nacer
tantas vocaciones al servicio del pensamiento y de la fe; y está, sobre todo,
la Venezuela que hoy sufre y que hoy también espera. No te ordenas para tiempos
fáciles. Te ordenas para un tiempo en el que nuestro pueblo necesita, más que
discursos, sacerdotes capaces de guardar silencio como el Siervo cuando hace
falta, de decir la verdad como el salmista cuando también hace falta, y de
anunciar sin condiciones la gratuidad del perdón de Dios, como enseñó Pablo a
los romanos y como Ignacio aprendió a fuerza de experimentarlo en su propia
carne herida.
Que la Virgen de Coromoto, Reina de Venezuela, San Ignacio, peregrino de
la misericordia, y las devociones y santos de a pie, de la acera de enfrente de
esta tierra bendita, intercedan por ti en este día. Que el Espíritu Santo, que
hoy te consagra, te mantenga siempre asombrado, -nunca acostumbrado,- ante la
magnitud del don que recibes. Y que esta Iglesia venezolana, tantas veces
golpeada y tantas veces resucitada, encuentre en tu ministerio presbiteral un
motivo más para seguir creyendo ya que donde abundó el dolor, sobreabundará
siempre la misericordia de Dios. Recuerda que en esta tierra donde estás es
lugar sagrado y santo como lo fue la cueva de Manresa para San Ignacio. Que así
sea.
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