Mérida, Julio Miércoles 29, 2026, 11:15 pm
Un cuarto de milenio es el tiempo transcurrido desde la declaración de
independencia de las colonias británicas en la costa este de Norteamérica. No
son muchos los estados de hoy que existían entonces (y ninguno con su actual
régimen); tampoco las entidades que subsistieron en la antigüedad por un
período mayor. Se esperaba, pues, una celebración imponente –¿cómo los fastos
romanos?– porque, además, se trata de la primera potencia mundial (científica,
económica, militar). No ha sido así. Hubo una oficial, decadente, con más dudas
que optimismo. Otra, de los ciudadanos: masiva, alegre, alejada del poder.
Pero, dedicada a la reflexión.
Estados Unidos es el país más exitoso de los tiempos recientes. Surgido a
finales del siglo XVIII constituye la primera potencia mundial. Y, “a pesar del
declive –dice uno de sus más duros críticos (Noam Chomsky)–, en un futuro
previsible no existe un competidor para (su) poder global hegemónico”. Hace
tiempo superó a su antigua Metrópoli (el Imperio Británico) y a las potencias
que le prestaron apoyo para vencerla en los inicios (Francia y España). Dejó
atrás a otros actores importantes de la época de su crecimiento
(Prusia/Alemania, el Imperio Otomano, Rusia/URSS, el Imperio Qing-manchú y
Japón). Fue un proceso que se desarrolló en corto tiempo: en menos de 150 años,
desde 1773 (rebelión de los comerciantes de Boston) hasta el fin de la primera
guerra mundial (1918). Desde cuando se imponía el espíritu de la Ilustración
(Thomas Paine, The Common Sense, 1776), hasta el triunfo de las democracias
capitalistas.
Desde comienzos del siglo XX, Estados Unidos –muy a pesar de la
advertencia de G. Washington de 1796– se convirtió en centro de gravedad de lo
que comúnmente se llama Occidente (Europa Occidental, Norteamérica, América
Latina y, aunque en el Extremo Oriente, Japón y Australia). No lo consiguió por
la fuerza de las armas, sino por su capacidad para la producción de riqueza. En
realidad, su poder militar y su dominio económico están vinculados al
desarrollo científico y tecnológico que le ha proporcionado respuestas ante los
desafíos que le ha planteado la historia. A ello han contribuido las
universidades, casas de estudios e investigación, instrumentos de
transformación social; las empresas que cumplen la tarea de suministrar los
bienes y servicios necesarios; y, especialmente, millones de inmigrantes
llegados del mundo para cumplir sueños y participar en la creación de una
república donde se garanticen la libertad y los derechos del hombre.
Durante sus primeros 125 años, Estados Unidos aseguró su independencia
(tratado de París) y afirmó su unidad (guerra de secesión). Se extendió hacia
el golfo de México (compras de Florida y Luisiana) y la costa oeste (anexión de
Texas, California y tierras indígenas), se expandió en el Pacifico (compra de
Alaska e incorporación de Hawái) y el Caribe (cesión de Puerto Rico) y emergió
como potencia mundial: obligó a Japón a abrir sus puertos y a Gran Bretaña a
negociar (sobre Guayana) con Venezuela. En los siguientes 125 años intervino en
Europa (en dos ocasiones) para apoyar las democracias, frenó la expansión
soviética, animó la descolonización y obligó a regímenes supremacistas a
entregar el poder a las mayorías africanas. Además, difundió sus formas de vida
e impuso su sistema económico, incluso a sus rivales. Impulsó la cultura, el
desarrollo científico y tecnológico y la conquista del espacio. Llegó primero a
la luna.
Más allá de esos hitos históricos –Trump no ha alcanzado otro para
recordar–, Estados Unidos se tiene como lugar para vivir en libertad y realizar
los sueños. Lo ha sido para millones de personas. Lo era a finales del siglo
XIX: por eso Francia le donó (1886) la Estatua de la Libertad (del escultor
Bartholdi y estructura de Eiffel), colocada a la entrada del puerto de Nueva
York. Entre 1820 y 1930 Estados Unidos recibió 38 millones de personas (86%
europeos). Después de una caída durante la Recesión y la Segunda Guerra
Mundial, la cifra volvió a aumentar. Entonces la mayoría procedía de otros
lugares y muchos ingresaron en forma irregular (permanecen, así, más de 10
millones). La población de origen hispano pasó de 9,1 millones en 1970 a 60,6
millones en 2020. Al tiempo que mejoraban su condición, contribuyeron al
engrandecimiento de su nuevo país. ¿Lo ignora el mandatario actual?
Donald Trump tiene una visión equivocada de la historia de Estados
Unidos: “Hagamos grande a América otra vez”, no es solo una consigna electoral.
Expresa su pensamiento y aspiraciones. Debe restaurar la grandeza perdida.
Quiere ignorar que el éxito de su país se fundamenta en el ejercicio de la
libertad y la aplicación de ciertos principios esenciales (en medio y
circunstancias propicias) por todos los actores. No corresponde a grupo o
persona particular. Es obra colectiva, jefe partidista. Trump atribuye los
males al bando contrario y los éxitos a su campo. Así, no menciona la habilidad
de J. Kennedy para manejar crisis ni las fallas de Bush, hijo ante el colapso
financiero. Además, no toma en cuenta la evolución de los partidos. Los
demócratas no siempre fueron progresistas (dominaron el sur en los días más
oscuros de la segregación), los republicanos en sus inicios (Lincoln lo era)
representaron las nuevas ideas.
La historia de Estados Unidos está llena de contradicciones, como la del
ser humano. Se proclama garante de la dignidad y de la libertad del ser humano.
Sin embargo, durante las primeras ocho décadas de su existencia negó esa
condición a millones de sus habitantes (descendientes de los 385.000
trasladados forzosamente desde sus tierras africanas para trabajar en sus
plantaciones) y luego los discriminó –limitando sus derechos– durante un siglo.
Pero, por otra parte, utilizó su inmenso poder para garantizar la libertad de
millones de personas en todo el mundo, durante los dos conflictos globales del
siglo XX. Casi 117.000 soldados norteamericanos murieron y 204.000 resultaron
heridos en la lucha contra los imperios centrales (1917-1918). Otros 406.000
cayeron y 672.000 fueron heridos en acciones contra los totalitarismos del Eje
(1941-1945). Muchas de esas bajas –paradójicamente– eran personas cuya dignidad
no se reconocía plenamente. En América Latina ha mostrado ambas caras.
A lo largo de su historia, Estados Unidos ha tenido dos ejes centrales de
acción, que responden a los “temores“ de G. Washington en el discurso citado:
“afirmar y reafirmar” la libertad y los derechos de los ciudadanos (definidos
en 1791 en las 10 primeras Enmiendas de la Constitución de 1787) y mantener la
unidad entre las entidades integrantes (diferentes, con identidad propia),
“columna de la independencia” y “sostén” de la paz interna y externa. En torno
a los mismos se han librado grandes luchas por desacuerdos sobre sus
respectivos significados. Hasta 1861 se creía que los Estados podían abandonar
voluntariamente la Unión. Pero, cuando siete de ellos lo hicieron –decididos a
mantener la esclavitud y una estructura económica agraria– estalló la guerra,
en la que se impuso el Norte (abolicionista y capitalista). Y de seguidas, las
mayorías debieron conquistar su libertad y sus derechos. Esa tarea no ha
terminado aún.
La celebración de los 250 años de la independencia debió ser ocasión para
recordar la rica historia de Estados Unidos. Con tal propósito, el Congreso
creó en 2016 una Comisión Especial (no partidaria). No pudo lograrse, porque D.
Trump, en sus delirios de grandeza, pretendió aprovechar la fecha para exaltar
su figura, que considera entre las más grandes. Con ese fin estableció (2025)
un Grupo de Trabajo para organizar su propio programa conmemorativo. Los éxitos
de su país quedaron a un lado. Se hizo evidente el 4 de julio pasado, en el
acto celebrado en el Monte Rushmore (2025) en Dakota del Sur: allí él mismo
mostró su imagen, generada por IA, esculpida en la roca de granito, junto a las
de Washington, Jefferson, Lincoln y T. Roosevelt. Mientras, millones de
norteamericanos, indiferentes ante aquel gesto, en ciudades y pequeños pueblos
recordaban orgullosos los hechos que marcaron la existencia de la Nación.
Aquellas manifestaciones constituyen signos de decadencia unas, voluntad
de permanencia otras. Son temas recurrentes, entre pensadores y políticos de
Estados Unidos. Se plantean hoy con mucha fuerza, porque se viven momentos de
dificultades. El juego de potencias, antiguas o nuevas, ofrece un aspecto
distinto al que fuera recompuesto en 1945. Algunas se atreven a desafiar
hegemonías. Por otra parte, la sociedad norteamericana ha cambiado radicalmente
desde aquella fecha. Sometido a fuertes tensiones, internas o del exterior, el
“espíritu de la Nación” debe fortalecerse, para sostenerla. Necesita vencer las
dudas y afirmar los fundamentos seculares para iniciar el proceso de
renovación.
X: @JesusRondonN