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Por Jesús Rondón Nucete

Estados Unidos 250: ¿renovación o decadencia? por Jesús Rondón Nucete



Estados Unidos 250: ¿renovación o decadencia? por Jesús Rondón Nucete

Un cuarto de milenio es el tiempo transcurrido desde la declaración de independencia de las colonias británicas en la costa este de Norteamérica. No son muchos los estados de hoy que existían entonces (y ninguno con su actual régimen); tampoco las entidades que subsistieron en la antigüedad por un período mayor. Se esperaba, pues, una celebración imponente –¿cómo los fastos romanos?– porque, además, se trata de la primera potencia mundial (científica, económica, militar). No ha sido así. Hubo una oficial, decadente, con más dudas que optimismo. Otra, de los ciudadanos: masiva, alegre, alejada del poder. Pero, dedicada a la reflexión.

 

Estados Unidos es el país más exitoso de los tiempos recientes. Surgido a finales del siglo XVIII constituye la primera potencia mundial. Y, “a pesar del declive –dice uno de sus más duros críticos (Noam Chomsky)–, en un futuro previsible no existe un competidor para (su) poder global hegemónico”. Hace tiempo superó a su antigua Metrópoli (el Imperio Británico) y a las potencias que le prestaron apoyo para vencerla en los inicios (Francia y España). Dejó atrás a otros actores importantes de la época de su crecimiento (Prusia/Alemania, el Imperio Otomano, Rusia/URSS, el Imperio Qing-manchú y Japón). Fue un proceso que se desarrolló en corto tiempo: en menos de 150 años, desde 1773 (rebelión de los comerciantes de Boston) hasta el fin de la primera guerra mundial (1918). Desde cuando se imponía el espíritu de la Ilustración (Thomas Paine, The Common Sense, 1776), hasta el triunfo de las democracias capitalistas.

 

Desde comienzos del siglo XX, Estados Unidos –muy a pesar de la advertencia de G. Washington de 1796– se convirtió en centro de gravedad de lo que comúnmente se llama Occidente (Europa Occidental, Norteamérica, América Latina y, aunque en el Extremo Oriente, Japón y Australia). No lo consiguió por la fuerza de las armas, sino por su capacidad para la producción de riqueza. En realidad, su poder militar y su dominio económico están vinculados al desarrollo científico y tecnológico que le ha proporcionado respuestas ante los desafíos que le ha planteado la historia. A ello han contribuido las universidades, casas de estudios e investigación, instrumentos de transformación social; las empresas que cumplen la tarea de suministrar los bienes y servicios necesarios; y, especialmente, millones de inmigrantes llegados del mundo para cumplir sueños y participar en la creación de una república donde se garanticen la libertad y los derechos del hombre.

 

Durante sus primeros 125 años, Estados Unidos aseguró su independencia (tratado de París) y afirmó su unidad (guerra de secesión). Se extendió hacia el golfo de México (compras de Florida y Luisiana) y la costa oeste (anexión de Texas, California y tierras indígenas), se expandió en el Pacifico (compra de Alaska e incorporación de Hawái) y el Caribe (cesión de Puerto Rico) y emergió como potencia mundial: obligó a Japón a abrir sus puertos y a Gran Bretaña a negociar (sobre Guayana) con Venezuela. En los siguientes 125 años intervino en Europa (en dos ocasiones) para apoyar las democracias, frenó la expansión soviética, animó la descolonización y obligó a regímenes supremacistas a entregar el poder a las mayorías africanas. Además, difundió sus formas de vida e impuso su sistema económico, incluso a sus rivales. Impulsó la cultura, el desarrollo científico y tecnológico y la conquista del espacio. Llegó primero a la luna.

 

Más allá de esos hitos históricos –Trump no ha alcanzado otro para recordar–, Estados Unidos se tiene como lugar para vivir en libertad y realizar los sueños. Lo ha sido para millones de personas. Lo era a finales del siglo XIX: por eso Francia le donó (1886) la Estatua de la Libertad (del escultor Bartholdi y estructura de Eiffel), colocada a la entrada del puerto de Nueva York. Entre 1820 y 1930 Estados Unidos recibió 38 millones de personas (86% europeos). Después de una caída durante la Recesión y la Segunda Guerra Mundial, la cifra volvió a aumentar. Entonces la mayoría procedía de otros lugares y muchos ingresaron en forma irregular (permanecen, así, más de 10 millones). La población de origen hispano pasó de 9,1 millones en 1970 a 60,6 millones en 2020. Al tiempo que mejoraban su condición, contribuyeron al engrandecimiento de su nuevo país. ¿Lo ignora el mandatario actual?

 

Donald Trump tiene una visión equivocada de la historia de Estados Unidos: “Hagamos grande a América otra vez”, no es solo una consigna electoral. Expresa su pensamiento y aspiraciones. Debe restaurar la grandeza perdida. Quiere ignorar que el éxito de su país se fundamenta en el ejercicio de la libertad y la aplicación de ciertos principios esenciales (en medio y circunstancias propicias) por todos los actores. No corresponde a grupo o persona particular. Es obra colectiva, jefe partidista. Trump atribuye los males al bando contrario y los éxitos a su campo. Así, no menciona la habilidad de J. Kennedy para manejar crisis ni las fallas de Bush, hijo ante el colapso financiero. Además, no toma en cuenta la evolución de los partidos. Los demócratas no siempre fueron progresistas (dominaron el sur en los días más oscuros de la segregación), los republicanos en sus inicios (Lincoln lo era) representaron las nuevas ideas.

 

La historia de Estados Unidos está llena de contradicciones, como la del ser humano. Se proclama garante de la dignidad y de la libertad del ser humano. Sin embargo, durante las primeras ocho décadas de su existencia negó esa condición a millones de sus habitantes (descendientes de los 385.000 trasladados forzosamente desde sus tierras africanas para trabajar en sus plantaciones) y luego los discriminó –limitando sus derechos– durante un siglo. Pero, por otra parte, utilizó su inmenso poder para garantizar la libertad de millones de personas en todo el mundo, durante los dos conflictos globales del siglo XX. Casi 117.000 soldados norteamericanos murieron y 204.000 resultaron heridos en la lucha contra los imperios centrales (1917-1918). Otros 406.000 cayeron y 672.000 fueron heridos en acciones contra los totalitarismos del Eje (1941-1945). Muchas de esas bajas –paradójicamente– eran personas cuya dignidad no se reconocía plenamente. En América Latina ha mostrado ambas caras.

 

A lo largo de su historia, Estados Unidos ha tenido dos ejes centrales de acción, que responden a los “temores“ de G. Washington en el discurso citado: “afirmar y reafirmar” la libertad y los derechos de los ciudadanos (definidos en 1791 en las 10 primeras Enmiendas de la Constitución de 1787) y mantener la unidad entre las entidades integrantes (diferentes, con identidad propia), “columna de la independencia” y “sostén” de la paz interna y externa. En torno a los mismos se han librado grandes luchas por desacuerdos sobre sus respectivos significados. Hasta 1861 se creía que los Estados podían abandonar voluntariamente la Unión. Pero, cuando siete de ellos lo hicieron –decididos a mantener la esclavitud y una estructura económica agraria– estalló la guerra, en la que se impuso el Norte (abolicionista y capitalista). Y de seguidas, las mayorías debieron conquistar su libertad y sus derechos. Esa tarea no ha terminado aún.

 

La celebración de los 250 años de la independencia debió ser ocasión para recordar la rica historia de Estados Unidos. Con tal propósito, el Congreso creó en 2016 una Comisión Especial (no partidaria). No pudo lograrse, porque D. Trump, en sus delirios de grandeza, pretendió aprovechar la fecha para exaltar su figura, que considera entre las más grandes. Con ese fin estableció (2025) un Grupo de Trabajo para organizar su propio programa conmemorativo. Los éxitos de su país quedaron a un lado. Se hizo evidente el 4 de julio pasado, en el acto celebrado en el Monte Rushmore (2025) en Dakota del Sur: allí él mismo mostró su imagen, generada por IA, esculpida en la roca de granito, junto a las de Washington, Jefferson, Lincoln y T. Roosevelt. Mientras, millones de norteamericanos, indiferentes ante aquel gesto, en ciudades y pequeños pueblos recordaban orgullosos los hechos que marcaron la existencia de la Nación.

 

Aquellas manifestaciones constituyen signos de decadencia unas, voluntad de permanencia otras. Son temas recurrentes, entre pensadores y políticos de Estados Unidos. Se plantean hoy con mucha fuerza, porque se viven momentos de dificultades. El juego de potencias, antiguas o nuevas, ofrece un aspecto distinto al que fuera recompuesto en 1945. Algunas se atreven a desafiar hegemonías. Por otra parte, la sociedad norteamericana ha cambiado radicalmente desde aquella fecha. Sometido a fuertes tensiones, internas o del exterior, el “espíritu de la Nación” debe fortalecerse, para sostenerla. Necesita vencer las dudas y afirmar los fundamentos seculares para iniciar el proceso de renovación.

 

X: @JesusRondonN