Mérida, Abril Martes 21, 2026, 09:37 am
Los pájaros escuchan de día y las ratas lo hacen de noche”, así
reza un antiguo proverbio coreano que parece reflejar el espíritu de
una nueva filmografía atenta al pulso terrible y seco de los tiempos que
corren. Ese dicho pareciera advertirnos que estamos siendo vigilados
por un gran espectro invisible, conformado por el resto de las fuerzas
vivas del universo.
Mucho cinismo, una tenaz precisión arquetípica y una serena disciplina narrativa describen a grandes rasgos la mirada de Bong Joon-Ho. Ganar el premio de la Academia norteamericana con una película que conversa cómodamente con la literatura y cine universal (y en especial latinoamericana e iberoamericana) es algo que no debemos dejar pasar por alto. El argumento está construido a base de bloques que se engranan limpiamente: una casa, unos dueños, unos inquilinos, una estrategia de ir tomando espacios y desplazando protagonistas. Poco a poco, el infiltrado y el trenzado de las decisiones de los personajes nos llevan hasta caminos inesperados y giros de trama sorpresivos y ejemplarizantes.
Cuentos como la Casa tomada (1947) de Julio Cortázar, novelas como The Talented Mr. Ripley
(1955) de Patricia Highsmith, llevada al cine en dos versiones
memorables, primero por René Clément (1960) y luego por Anthony
Minghella (1999) prefiguran la atmósfera opresiva y las psicopatías de
imitadores enfermizos, de aquellos seres desesperados que roban
personalidades y se vuelven el otro al que aman, pero que al final del
día, deben ser eliminados para no dejar los rastros de la impostura. Sin
duda, la principal influencia que se deja ver el film de Bong Joon-Ho
es con la trilogía de la cotidianidad moderna de Luis Buñuel: Viridiana (1961), La vía láctea (1969) y El discreto encanto de la burguesía (1972).
Es en esa doble conexión entre el mundo exterior de las apariencias y
el mundo interior de los vicios donde late el corazón del conflicto
entre el talento y el ascenso social real. La búsqueda de superación
choca contra la doble pared conformada por la nacionalidad, el sexo, la
raza, la religión, el dinero y ahora la tecnología. Estéticamente esa
disparidad (casi que estamental) impide la superación por el mérito y el
trabajo esforzado, haciendo que explote en la cara del espectador una
sucesión de abusos, pero también de complejos que son tanto más envidia
que instinto de superación. La metáfora visual nos va abriendo las capas
para ir descifrando, casi que psicoanalíticamente dónde empieza el
inframundo de las pulsiones y dónde vive la racionalidad que reprime
tanto a la furia, como a los apetitos contenidos en los cuerpos.
La puesta en escena es minimalista a ratos, claustrofóbica en otros momentos, paisajista y estética con líneas modernas… robusta en materiales flexibles y frescos (clave es el uso de la madera, de los cristales, de los ventanales y las escaleras) que ligan con las historias individuales o corales. Los espacios son también un manifiesto de cultura visual del director, entre los cuales figuran movimientos de cámara y escenarios a lo Alfred Hitchcock, a lo Jean-Luc Godard, a lo Brian De Palma y a lo Steven Spielberg. Incluso contemporáneos brillantes como Alexander Payne, Yorgos Lanthimos y Ari Aster desde el lado más occidental o compatriotas como Park Chan-wook, Hong Sang-soo o Na Hong-jin del lado asiático.
El crecimiento de su narrativa audiovisual ha sido constante y robusto: Barking Dogs Never Bite (2000), Memories Of Murder (2003), The Host (2006), Mother (2009), Snowpiercer (2013), Okja (2017) muestran un cine elástico y expresivo que conjuga géneros y temáticas contemporáneas: control de natalidad, locura y hacinamiento, adaptabilidad social, los límites de la modificación genética, el abuso de la propaganda política y los clásicos dramas del hombre contra la naturaleza… o el mundo exterior contra el espacio íntimo de las personas.
En Parasite el espectador se enfrenta a un fábula visual y física. Parece redundante, pero la arquitectura emocional es evidente ya que cada pasaje, cada cuarto, cada lugar para la observación o el escondrijo sirven para revelar psicologías y agendas dobles. Con los giros de trama, poco queda para la narración tradicional. Cada cambio de juego engarza a los personajes en sus propias costuras sociales, pero sobre todo biográficas Al parecer, todos son incapaces de abrir los ojos, incluso cuando ya es demasiado tarde. Estamos frente a una película que habla de la persistencia necia en el error.
Una sucesión de miedos, trampas y ambiciones cruzan de arriba abajo esta tragicomedia que nos mueve del dolor a la risa, circula por el suspenso, redescubre la crónica y se instala en nuestros sentidos desde un recelo irreal pero posible. Parasite es del tipo de obras de arte que despierta una voz asfixiada dentro de nuestra cabeza y que dice: “eso pudiera pasarme a mí”.
Joaquín Ortega es creativo y consultor político. @ortegabrothers