Como les comenté hace cuatro años cuando escribí mi primer artículo
analizando la eficiencia (o más bien ineficiencia) de las sanciones
generales (que no tiene nada que ver con las personales que son otra
historia) para lograr el objetivo de provocar un cambio de gobierno,
repito el tema trimestralmente, simplemente para recordar que no se
trata de deseos o esperanzas, optimismo o pesimismo o intereses abiertos
u ocultos, sino hechos concretos que la historia nos ha mostrado una y
otra vez. Pues aquí... de nuevo.
Entiendo y comparto el
sentimiento de quienes exigen un cambio político. Pero ese deseo
necesita acciones inteligentes, no sacrificios inútiles.
Lo
que ha demostrado la aplicación de sanciones generales a regímenes
autoritarios, es que lejos de sacarlos del poder los apuntalan, mientras
empeora la situación que ya viven esos pueblos, originadas por el
primitivismo y la corrupción de sus gobiernos.
Las
sanciones generales aplicadas al gobierno de Venezuela: ¿qué cambio han
generado en la relación de poder político a varios años de su
aplicación? Aunque suene crudo y me gustaría decir algo distinto, la
respuesta es nada.
No se trata de una crítica ideológica,
pues si las sanciones generales estuvieran funcionando y se hubieran
convertido en el factor clave que elevara el poder de negociación de la
oposición, para presionar a la revolución a negociar una salida pacífica
a la crisis, yo sería el primero en respaldarlas. Pero es obvio que esa
vía no resuelve el problema, sino lo empeora o incluso origina que la
población termine huyendo o habituándose a una nueva forma de vida, con
la que termina sobreviviendo en un país más primitivo y retrasado, pero
donde el gobierno y sus instituciones son capases de surfear y preservar
el poder, tirándole una trompetilla a los intentos externos de sacarlo.
Decir
que aunque las sanciones no saquen al gobierno “es mejor sancionar que
no hacer nada” parte de un error dramático. No es verdad que sea mejor
castigar también al pueblo, sabiendo que no resuelves el problema, pero
que si le empeoras su vida. Es pedir un sacrificio inútil y absurdo. Es
una posición morbosa, que termina justificando que se castigue a un
pueblo, ya suficientemente castigado por el gobierno, para tener al
menos el fresquito de que algo pierden también los malos. Lo que no se
dan cuenta es que ellos pierden mucho menos que el pueblo y ganan en
cambio más poder. Pero el segundo error es pensar que rechazar las
sanciones significa pedir que no se haga nada. Claro que hay que hacer
lo que sea inteligente para presionar el cambio, pero se trata de
articular internamente a la oposición, fortalecer la capacidad de la
población para defender sus derechos adentro, fracturar a los
adversarios, para lo son mucho más eficientes las sanciones personales,
inocuas para el pueblo pero incomodísimas para los agentes de poder y,
en paralelo, construir una oferta integral de garantías, integridad
personal y familiar y recursos económicos a las élites dominantes,
civiles y militares, que realmente puede presionar a negociar temas
claves, que en un tiempo prudencial permitan una salida electoral, la
única que realmente puede conducirnos a una situación estable y en paz.
La
negociación no se trata de sentarse con el enemigo y pedirle
prepotentemente que nos de lo que nos pertenece, sin tener realmente
nada que lo obligue a hacerlo. Se trata de construir el poder de presión
y negociación que le obliga a él a sentarse para resolver el problema
que lo pone en peligro y esté dispuesto a ceder, en consecuencia,
elementos que en el tiempo, abran las compuertas a una solución
definitiva. Que pena, pero todo lo demás es paja.